JOAQUÍN Y ANNA 

HACEN UNA PROMESA AL SEÑOR

 


 

#CÓMO ES ANNA, LA MADRE DE MARÍA  

#LE VISITA UNA VECINA CON SU NIÑO ALFEO QUE LE VIENE A AYUDAR  

#CÓMO ES JOAQUÍN  

#ANNA DESEABA MUCHO TENER UN HIJO  

#PROMETEREMOS AL SEÑOR QUE SI NOS CONCEDE UN HIJO SE LO DAREMOS

 


 

EN LA CASA DE LOS PADRES DE MARÍA

 

Veo el interior de una casa. Está sentada dentro y cerca del telar una mujer de edad.  Diría yo, al ver sus cabellos que en un tiempo fueron negros, y ahora ya grises, y al ver su cara que no está arrugada sino más bien llena de esa seriedad que viene con los años, que tendrá de cincuenta a cincuenta y cinco años. No más.

 

COMO ES ANNA

 

La mujer que veo está tejiendo en una habitación llena de luz que entra por la puerta abierta que da a un huerto-jardín -un pequeño predio más bien- que se extiende con bajadas y subidas suaves tapizadas de verdor, esta mujer, digo, es hermosa con sus rasgos típicamente hebreos. Son negros sus ojos, y no sé por qué me recuerda la mirada de los ojos negros y profundos del Bautista. Pero si tienen majestad de una reina, son con todo dulces aunque un poco tristes, algo así como de alguien que piensa, que se acuerda de cosas perdidas. El color de la cara es moreno, pero no mucho. La boca, un poquitín grande, está bien diseñada. Sus movimientos no tienen nada de dureza. Su nariz es grande y delicada, ligeramente aguileña, que hace juego con esos ojos. Es robusta pero no gorda. Bien proporcionada, por lo que me parece, y alta, según lo que veo al verla sentada.

Me parece que está tejiendo una cortina o una alfombra. Las lanzaderas se mueven rápidamente sobre el tejido que es de color café oscuro. En lo que está ya terminado se ve un cierto entrecruce de grecas y rosas en que los colores verde, amarillo, rojo y azul celeste se entrelazan y se funden como en un mosaico. La mujer lleva un vestido muy sencillo y de color muy oscuro. Un color que tiende al púrpura, cual si hubiese sido copiado de la flor llamada "pensamiento".

 

LE VISITA UNA VECINA CON SU NIÑO ALFEO 

QUE LE VIENE A AYUDAR

 

Se levanta al oír que llaman a la puerta. En realidad es alta. Abre. Una mujer le pregunta: "Anna, ¿quieres darme tu cántaro? Te lo llenaré."

La mujer trae consigo a un pequeñín de cinco años, que se cuelga al punto del vestido de la mujer llamada Anna, que lo va acariciando mientras va a otro lugar de la casa y regresa con un hermoso cántaro de bronce que entrega a la mujer diciendo: "Tú siempre buena con la vieja Anna. Dios te lo pague en éste y en los hijos que tuvieres. ¡Eres dichosa!" y Anna lanza un suspiro.

La mujer la mira, pero no le reprocha el haber suspirado. Para evitar que se sienta más afligida, le dice: "Te dejo a Alfeo, si no te molesta. Así termino pronto y te llenaré muchas jarras y cántaros."

Alfeo está muy contento de quedarse y se comprende el motivo. Apenas se ha ido su madre, Anna lo toma en sus brazos, lo lleva al huerto, lo levanta hasta un emparrado de uvas de color topacio y dice: "Come, come, que están sabrosas" y le besa en la carita sucia de las uvas que el niño come con tantas ganas. Después contenta ríe y parece haber rejuvenecido de pronto al mostrar su bella dentadura, y por el gozo que se le ve en los ojos, que le borran los años, cuando el niño dice: "¿Y ahora qué me vas a dar?" y la mira con dos ojitos teñidos de un color gris azul subido. Ríe y juguetea inclinándose sobre sus rodillas diciendo: "¿Qué cosa me das si te doy... si te doy?... ¡adivina!"

El niño que sigue riendo, bate sus manitas: "Besos, besos te daré hermosa Anna, buena Anna, mamá Anna..."

Anna al sentirse llamar: "mamá Anna" da un grito de grande alegría, estrecha contra el pecho al pequeñín diciendo: "¡Oh amor mío! ¡corazoncito mío!" y a cada palabra le da un beso en las rosadas mejillas. Luego van a una alacena y saca Anna un plato lleno de panecillos con miel. "Los hice para ti, tú que eres la esperanza de la pobre Anna, para ti, tú que me quieres mucho. Pero dime: ¿cuánto me quieres?"

El niño, pensativo al oír estas palabras, responde: "Como al templo del Señor."Anna lo besa en sus vivaces ojitos, en su boquita de color rosa, y el niño se restriega contra ella como un gatito.

Ha regresado la mamá con el cántaro lleno, sonríe, pero no dice nada. Los deja que sigan contentos.

 

CÓMO  ES JOAQUÍN

 

Del huerto entra un hombre ya de edad, un poco más bajo de estatura que Anna; su cabeza es una madeja de blancos cabellos. En su cara se ve la barba recortada en forma rectangular. Dos ojos azules como turquesas en medio de pestañas de un color castaño claro, casi rubio. Su vestido es de color café oscuro.

Anna no lo ve porque está de espaldas. Se le acerca por detrás diciendo: "¿Y para mí no hay nada?"

Anna se voltea y dice: "¡Joaquín! ¿Acabaste ya tu trabajo?"

Y al mismo tiempo el pequeño Alfeo se le pega a las rodillas diciendo: "También para ti, también para ti" y cuando el hombre se inclina y lo besa, el niño se le agarra del cuello, descomponiéndole la barba con sus manecitas y besos.

También Joaquín tiene algo que darle. Levanta por detrás de la espalda la mano izquierda y le ofrece una hermosísima manzana que parece de cera, y dice al niño que con ansias extiende sus manitas: "Espera que te la parta. Así no puedes. Es más grande que tú" y con un pequeño cuchillo que tiene en la cintura, un cuchillo de podar corta pedazos y tan pequeños como si se los fuese a dar a un pajarito, y se los da en la boca abierta, que mastica y mastica.

"Pero mira qué ojos, ¡Joaquín! ¿No parecen acaso dos pedacitos del Mar de Galilea cuando el viento de la tarde echa un velo de nubes sobre el cielo?" Anna está hablando teniendo una mano apoyada en la espalda de su marido y levemente se recarga sobre él: es un acto que manifiesta un profundo amor de esposa, un amor siempre el mismo después de tantos años de matrimonio.

Joaquín la mira con amor y dice: "¡Hermosísimos! Y estas guedejas ¿no tienen acaso el color de las mieses que el sol ha secado? Mira: el oro y el cobre se mezclaron en ellas."

 

ANNA DESEABA MUCHO TENER UN HIJO

 

"¡Ah si tuviéramos un hijo, me gustaría que fuera así: que tuviese esos ojos y esos cabellos!..." Anna se ha inclinado, mejor dicho arrodillado. Besa con un suspiro esos dos ojitos azul-grises.

También Joaquín suspira. Trata de consolarla. Le pone la mano sobre sus cabellos encrespados y encanecidos y le dice: "Hay que esperar todavía. Dios todo lo puede. Mientras uno viva, el milagro puede suceder, sobre todo cuando se le ama, y se nos ama." Joaquín recalca las últimas palabras.

Anna guarda silencio, desconsolada, y sigue con la cabeza inclinada para que no se vean las dos lágrimas que le bajan por las mejillas y que ve sólo el pequeño Alfeo, quien sorprendido y afligido de que su gran amiga llore, como le pasa a él algunas veces, levanta su manita y le enjuga las lágrimas.

"¡No llores, Anna! Somos igualmente felices. Al menos yo lo soy, porque te tengo a ti."

"También yo lo soy por ti, pero no te he dado ni un hijo... Pienso en qué habré desagradado al Señor porque me ha secado las entrañas..."

 

PROMETEREMOS AL SEÑOR QUE SI NOS CONCEDE

 UN HIJO SE LO DAREMOS

 

"¡Oh mujer! ¿En qué cosa puedes haberle desagradado, tú que eres tan buena? Oye. Vamos otra vez al templo por este motivo, no sólo por los tabernáculos. Oraremos mucho... Puede ser que te suceda lo que sucedió a Sara... como a Anna la mujer de Elcana. Por mucho tiempo esperaron y pensaron que Dios no los amaba porque eran estériles. Pero ya ves, en los cielos de Dios, se preparaba un hijo santo. Sonríe, esposa mía. Tu llanto me causa más dolor que el que no tengamos hijos... Llevaremos a Alfeo con nosotros. Haremos que pida, él que es inocente... y Dios aceptará su plegaria y la nuestra juntamente y nos escuchará."

"De acuerdo. Prometeremos al Señor que si nos concede un hijo se lo daremos... ¡Oh! oír que me llamen "¡mamá!"

Y Alfeo, que está oyendo todo esto sin comprender, dice: ¡Yo te llamo así!"

"Sí, corazoncito... pero tu tienes tu mamá y yo... no tengo un hijo..."

I. 4-7

A. M. D. G.