PARÁBOLA DE LAS DIEZ VÍRGENES

 


 

#Jesús está hablando en presencia de los campesinos de Yocana, Isaac, de muchos discípulos y de mujeres, entre las que está la Virgen, Marta y de muchos de Betania.   

 #quiero proporcionaros ahora una consoladora parábola. Consoladora para los hombre de buena voluntad, amarga para los demás, los cuales con todo tienen la posibilidad de destruir esta amargura.  

 #Parábola de las diez vírgenes   

#Y ahora escuchad el sentido que se encierra en esta parábola.   #Jesús se detiene un momento y mira a su Madre que se pone roja bajo el velo y se inclina   

#Os bendigo a quienes partís. Llevad en vosotros y llevad a vuestros compañeros estas palabras mías. La paz del Señor sea siempre con vosotros

 


 

Jesús está hablando en presencia 

de los campesinos de Yocana, Isaac, de muchos discípulos 

y de mujeres, entre las que está la Virgen, 

Marta y de muchos de Betania.

 

Jesús está hablando en presencia de los campesinos de Yocana, Isaac, de muchos discípulos y de mujeres, entre las que está la Virgen, Marta y de muchos de Betania. Están presentes todos los apóstoles. El niño sentado enfrente de Jesús, no se pierde ni una palabra suya. El discurso tal vez empezó hace poco, porque veo que todavía sigue viniendo gente...

 

quiero proporcionaros ahora 

una consoladora parábola. 

Consoladora para los hombre de buena voluntad, 

amarga para los demás, 

los cuales con todo tienen la posibilidad 

de destruir esta amargura.

 

Jesús dice; "... por el temor que siento vivo en muchos, por eso quiero proporcionaros ahora una consoladora parábola. Consoladora para los hombre de buena voluntad, amarga para los demás, los cuales con todo tienen la posibilidad de destruir esta amargura. Que también se hagan limpios de buena voluntad, y el reproche, que la parábola suscite en sus conciencias, desaparecerá.

El Reino de los cielos es la casa de las nupcias celebradas entre Dios y las almas. El momento de la entrada, es el día de los esponsales.

Ahora bien, escuchad. Entre nosotros existe la costumbre de que vírgenes acompañan al esposo que llega, para llevarlo entre lámparas y cantos a la casa nupcial junto con su hermosa esposa. Cuando el cortejo sale de la casa de la novia, que velada y emocionada se dirige a su lugar de reina, a una casa que no es suya, pero desde el momento en que con su esposo se convierte en una sola carne, se hace suya, el cortejo de vírgenes, que son generalmente amigas de ella, corre al encuentro de ambos, para rodearlos con un anillo de luces.

 

Parábola de las diez vírgenes

 

Sucede, pues, que en un pueblo se celebraron unos esponsales. Mientras los novios con sus padres y amigos se alegraban en la casa de la novia, fueron diez vírgenes a su lugar, al vestíbulo de la casa del novio, prontas a salir a su encuentro cuando el lejano rumor de tambores y cánticos les advirtiese que los novios habían salido de la casa de la novia para venir a la del novio. El convite en la casa de los esponsales se prolongaba, y la noche cubrió todo. Las vírgenes, vosotros lo sabéis, tienen siempre las lámparas encendidas para no perder tiempo cuando llega el momento. Ahora bien, entre esas diez vírgenes de lámparas encendidas y que aluzaban bien, cinco eran sagaces y cinco necias. Las sagaces, llenas de buen sentido, se habían provisto de pequeños vasos llenos de aceite para poder alimentar sus lámparas por si la espera se prolongase más de lo previsto, entre tanto que las necias se habían limitado a llenar tan sólo sus lámparas.

Pasó una hora, pasó otra. Bellas conversaciones, historietas, chascarrillos animaron la espera, pero después no supieron decir otra cosa, ni hacer nada y fastidiadas o bien cansadas las diez jovencillas se sentaron cómodamente, con sus lámparas encendidas junto a ellas, y poco a poco se durmieron. Llegó la media noche, y se oyó un grito: "Llega el novio, salid a encontrarlo". Las diez jovencillas se levantaron al oírlo, tomaron sus velos y las guirnaldas, se arreglaron y corrieron a la mesa donde estaban las lámparas. Cinco de ellas estaban ya casi apagadas... el pabilo, sin tener más aceite, echaba humo o chispazos cada vez más débiles, que se apagaría al punto con el menor soplo de aire; entre tanto que las otras cinco lámparas, a las que les habían puesto más aceite antes de dormirse las más sagaces, conservaban aún una fuerte llama, la que se encendió todavía más con el aceite que le echaron.

"¡Oh!" con voz suplicante dijeron las necias, "dadnos un poco de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se pueden apagar tan sólo con moverlas. ¡Las vuestras están muy hermosas!..." Pero las sagaces respondieron: Afuera sopla el viento nocturno y cae el rocío a gotas gruesas. Nunca es suficiente el aceite para sostener una llama fuerte que pueda resistir a los vientos y a la humedad. Si os damos, nos podrá suceder que nuestra luz se debilite. Y ¡sería muy triste el cortejo de las vírgenes sin la danza de la llama! Id pronto al tendero más cercano. Rogad, llamad, hacedlo que se levante para que os dé aceite". Y las necias, deprisa, arrebujando el velo, manchándose los vestidos, perdiendo las guirnaldas en el chocar entre sí y en el correr, siguieron el consejo de sus compañeras.

Y mientras iban a comprar el aceite, sucedió que del fondo de la calle aparecieron el novio y la novia. Las cinco vírgenes, que tenían las lámparas encendidas, corrieron a su encuentro, y en medio de ellas los novios entraron en casa para finalizar la ceremonia, después de que las vírgenes hubiesen acompañado finalmente a la novia hasta la habitación nupcial. Se cerró la entrada después de que hubieron pasado los novios, y quien estaba afuera se quedó allá. Y esto sucedió también a las cinco necias, que llegadas con el aceite, encontraron la puerta cerrada e inútilmente llamaron, lastimándose las manos, y con gemidos decían: "Señor, Señor, ¡ábrenos! Somos del cortejo de las bodas. Somos las vírgenes propiciatorias, escogidas para traer honra y fortuna a tu tálamo". Pero el novio desde arriba de la casa, dejando por un momento a sus invitados íntimos, que le acompañaban, mientras la novia entraba en la habitación nupcial, les dijo: "En verdad os digo que ni os conozco. No sé quienes sois. Vuestras caras alegres no estuvieron junto a mi amada. Sois unas mentirosas. Y por esto quedaos fuera de la casa de las bodas". Y las cinco necias llorando, se fueron por las calles oscuras con sus lámparas que para nada les servían, con los vestidos arrugados, y los velos quitados, las guirnaldas deshechas o perdidas...

 

Y ahora escuchad 

el sentido que se encierra en esta parábola.

 

Y ahora escuchad el sentido que se encierra en esta parábola. Os dije al principio que el Reino de los cielos es la casa de los esponsales celebrados entre Dios y las almas. A las nupcias celestiales son llamados todos los fieles, porque Dios ama a todos sus hijos. Quién antes, quién después se encuentra en el momento de las nupcias, tiene una gran suerte.

Pero escuchad todavía más. Sabéis cómo las doncellas tienen por honor y suerte el que las llamen para ser esclavas de la esposa. Apliquemos a nosotros los personajes y entenderemos mejor. El novio es Dios. La novia el alma de un justo que, pasado el tiempo de su noviazgo en la casa del Padre, o sea bajo la tutela de la doctrina de Dios y bajo su obediencia, viviendo según su justicia, es llevada a la casa del Esposo para las nupcias. Las esclavas vírgenes, son almas de los fieles que, tratan de llegar a este honor por medio de la santidad, de igual manera que la novia fue escogida por el novio por sus virtudes. Su vestido es blanco, limpio, y fresco con velos blancos y coronas de flores. Tienen las lámparas encendidas en la mano. Las lámparas están bien limpias. El pabilo se alimenta con mucho aceite y del mejor para que no oliera mal..

Vestido blanco. La justicia que se practica de todo corazón proporciona un vestido cándido y pronto llegará el día en que lo será en grado incomparable, sin el recuerdo de mancha alguna; de una candidez sobrenatural, de un candor angélico.

Vestido limpio. Es necesario conservar siempre limpio el vestido con humildad, pues es muy fácil empañar la pureza del corazón. Y quien no es limpio de corazón no puede ver a Dios. La humildad es como el agua que lava. El humilde cae pronto en la cuenta, porque sus ojos no están empañados con los humos del orgullo para no ver que su vestido se ha manchado. Corre a su Señor y le dice: "He quitado la limpieza a mi corazón. Lloro por quererme limpiar, a tus pies lloro. Tú, Sol mío, ¡emblanquece con tu perdón benigno, con tu amor paternal, mi vestido!"

Vestido fresco. ¡Oh, frescura de corazón! Los niños la tienen por una gracia de Dios. Los justos la tienen por don de Dios y voluntad propia. Los santos la tienen por don de Dios, y por voluntad que llegó al heroísmo. Y los pecadores de alma hecha jirones, quemada, envenenada, manchada, ¿no podrán jamás tener un alma fresca? Sí pueden tenerla. Empiezan desde el momento en que se miran con horror; la aumentan cuando deciden cambiar de vida, la perfeccionan cuando con la penitencia se lavan, se desintoxican, ponen en orden su pobre alma; con la ayuda de Dios, que socorre a quienes se lo piden, y con su propia voluntad, llevada al heroísmo mucho mayor, porque no tiene necesidad de defender lo que tienen, sino de reconstruir lo que han destruido. Por esto deben trabajar, dos, tres y siete veces más. Finalmente con una penitencia que debe durar, con una penitencia que no tiene compasión por el yo que fue pecador, vuelven a dar al alma una nueva frescura infantil que es embellecida con la experiencia que los hace capaces de enseñar a los demás, pues en otro tiempo ellos fueron pecadores.

Velos blancos. ¡La humildad! Ya he dicho: "Cuando oréis o hagáis penitencia, haced de tal modo que el mundo no os vea". En los libros Sapienciales está escrito: "No está bien revelar el secreto del Rey". La humildad es el velo cándido que se pone para cubrir el bien que se hace, y el bien que Dios concede. No gloria por el amor de privilegio que Dios concede, ni gloria humana necia, el don sería quitado al punto sino un cántico interno del corazón dirigido a Dios: "Mi alma te engrandece, oh Señor... porque has vuelto tu mirada a la inutilidad de tu sierva". "

 

Jesús se detiene un momento y mira a su Madre 

que se pone roja bajo el velo y se inclina

 

Jesús se detiene un momento y mira a su Madre que se pone roja bajo el velo y se inclina, como para componer los cabellos del niño que está sentado a sus pies, pero en realidad para ocultar el emocionante recuerdo...

"Coronada de flores. El alma debe tejerse su guirnalda diaria con actos virtuosos, porque delante del Altísimo, no deben haber cosas marchitas, ni ajadas. He dicho, diaria. Porque el alma no sabe cuándo Dios-Esposo puede aparecer y decirle "ven". Por esto es menester nunca cansarse en renovar las guirnaldas. No tengáis miedo. Las flores no se marchitan. Las flores de las coronas virtuosas no se ajan. El ángel de Dios, que cada uno tiene a su lado, recoge estas guirnaldas diarias y las lleva al cielo. Y allí servirán de trono al nuevo bienaventurado cuando entre como una novia a la casa nupcial.

Lámparas encendidas. Son para honrar al Esposo y para que sirvan de guía en el camino. ¡Cuán radiante es la fe, y qué amiga tan dulce es! Produce una llama brillante como una estrella, una llama que ríe porque tiene seguridad en su certeza, una llama que hace luminoso aún al instrumento que la lleva. Aun el cuerpo del hombre alimentado de fe, parece ya desde la tierra, que es más luminoso y espiritual, inmune de un marchitamiento tempranero. Pues quien cree que se gobierna con las palabras y mandamientos de Dios para llegar a poseerlo, a El que es su fin, y por esto huye de cualquier corrupción, no tiene turbaciones, miedos, remordimientos, no está obligado a un esfuerzo para acordarse de sus mentiras o para esconder sus malas acciones, y se conserva bello y joven con la incorrupción de santo. Una carne y una sangre, una inteligencia y un corazón limpio de cualquier clase de lujuria para tener consigo el aceite de la fe, para alumbrar sin humo. Una voluntad constante de alimentar siempre esta luz. La vida diaria, con sus desilusiones, experiencias, contactos, tentaciones, discrepancias, tienden a disminuir la fe. No. No debe de suceder. Id diariamente a las fuentes del oloroso aceite, del aceite de la sabiduría, del aceite de Dios.

Lámpara que tiene poco aceite, puede, apagarla el viento más débil, puede apagarla el rocío de la noche. La noche... la hora de las tinieblas, del pecado, de las tentaciones llega a todos. Es la noche para el alma. Pero si está llena y colmada de fe, el viento del mundo no puede apagar su llama, ni las tinieblas de la sensualidad.

En fin, vigilancia, vigilancia, vigilancia. Quien se confía imprudentemente y dice: "Dios me socorrerá a tiempo, mientras tengo luz en mí", quien se duerme en lugar de velar, o se duerme sin lo necesario para levantarse al punto a la primera llamada, quien espera hasta el último momento proveerse del aceite de la fe, o de un pabilo fuerte de buena voluntad, incurre en el peligro de quedarse fuera cuando llegue el esposo. Vigilad, pues, con prudencia, con constancia, con pureza, con esperanza, para estar siempre prontos a cuando llame Dios, porque en realidad no sabéis cuando llegaré a él.

 

Os bendigo a quienes partís. Llevad en vosotros y llevad 

a vuestros compañeros estas palabras mías.

La paz del Señor sea siempre con vosotros

 

Queridos discípulos míos, no quiero que tengáis miedo de Dios, sino más bien fe en su bondad. Ya sea los que os quedáis, como los que os vais, pensad que, si hiciereis lo que hicieron las vírgenes sabias, seréis llamados no sólo a hacer cortejo al Esposo, sino como la doncella Ester, que se convirtió en Reina en lugar de Vasti, seréis elegidos y escogidos para que vuestras almas tengan al Esposo que "encontró en vosotros toda gracia y favor en grado supremo". Os bendigo a quienes partís. Llevad en vosotros y llevad a vuestros compañeros estas palabras mías. La paz del Señor sea siempre con vosotros".

Jesús se acerca a los campesinos para saludarlos nuevamente y Juan de Endor le dice en voz baja: "Maestro, ya está Judas..."

"No importa. Acompáñalos al carro y haz lo que te dije que tenías que hacer".

La asamblea se disuelve lentamente. Muchos hablan a Lázaro... este se dirige a Jesús que, dejados a un lado los campesinos, se vuelve a donde le llaman: "Maestro, antes de que nos dejes, háblanos nuevamente... Lo desean los corazones de Betania".

"La tarde baja. Es plácida y serena. Si queréis reuniros en la paja cortada, os hablaré antes de que me vaya de este lugar acogedor. O también mañana, al amanecer, pues ha llegado la hora de la despedida".

"¡Más tarde! ¡Esta noche!" gritan todos.

"Como queráis. Idos ahora. Os hablaré a la mitad de la primera vigilia"... 

IV. 404-409.

 

A. M. D. G.