EL SÁBADO EN LA SINAGOGA DE 

NAZARET

 


 

#el apólogo contra Abimelec   

#Miserables son aquellos maestros que no les gusta la fatiga y la satisfacción de extraer cada vez una nueva enseñanza, esto es, el espíritu que las palabras antiguas y sabias siempre contienen.   

#Dije: los pueblos sienten la necesidad de elegir a alguien que cargue toda la responsabilidad para con sus súbditos, para con las naciones cercanas y para con Dios, y esto último es lo más terrible de todo.   

#Sería pues necesario que los elegidos para ser cabezas de pueblos y creadores de la historia obrasen con justicia heroica propia de los santos, para que no cayese infamia alguna sobre su nombre en los siglos por venir y para que Dios no los castigase en los siglos de los siglos.   

#Los árboles, pues, quisieron elegirse un rey fueron al olivo.   

#Entonces los árboles fueron a la higuera, a invitarla a que fuese su rey.   

#Los árboles fueron a la vid a pedirle que fuese su rey.  

#Entonces los árboles se fueron a la zarza.   

#APÓLOGO QUE LES PROPONE DE JESÚS  

 #vieron a un corderito "Fácilmente se contenta con todo. No tiene ni armas ni veneno. Es ingenuo. Hagámosle nuestro rey".   

#Pasó el tiempo y el cordero se convirtió en un carnero y dijo: "Ahora es tiempo de que empiece realmente a gobernar. Es pues justo que la ejercite de modo cabal, y también para no despreciar los dones de Dios   

#El corderito que se había hecho ya un carnero, se intranquilizó y dijo: No quería usar mis cuernos ni mi fuerza. También yo tengo fuerza en mi cuello, y la usaré para destruir barreras. Vosotros y Dios me pusisteis aquí para guiaros a la justicia y al bien. Y yo aquí exijo que reinen la justicia y el bien, esto es, el orden  

 #"Este rey se ha hecho muy fuerte. Verdaderamente quiere reinar. Quiere que vivamos como cuerdos. Esto nos choca. Hay que destronarlo" dijeron.   

#Esto es el apólogo. ¡Toca a ti, pueblo de Nazaret, entenderlo! "No seáis más hostiles. No queráis que algún día se diga: 'De Nazaret partió su traidor y de allá sus jueces inicuos' ".   

#JUDAS TADEO HABLA CON SUS HERMANOS JOSÉ Y SIMÓN  

 #El pueblo comenta: ¿PERO DE DÓNDE LE VIENE A ESE TAL la sabiduría? 

 


 

EL APÓLOGO (FÁBULA EN QUE POR MEDIO DE UNA FICCIÓN ALEGÓRICA SE DA UNA ENSEÑANZA ÚTIL O MORAL) CONTRA ABIMELEC

 

Es sábado. Están en la sinagoga de Nazaret, Jesús acaba de leer el apólogo contra Abimelec y termina con las palabras: " 'que salga de él fuego y que devore los cedros del Líbano' ." Devuelve el rollo al sinagogo.

"¿No lees lo que falta? Estaría bien para hacer comprender el apólogo" dice el sinagogo.

"No es necesario. La época de Abilemec está muy lejana. Aplico el apólogo antiguo al momento actual.

Oíd, gentes de Nazaret.

Sabéis, gracias a las instrucciones que os ha dado vuestro sinagogo, quien fue instruido en su tiempo por un rabí, y este por otro, y así sucesivamente, y con el mismo método y con las mismas conclusiones, las aplicaciones del apólogo de Abimelec.

Os propondré una explicación diversa. Por lo demás os ruego que sepáis usar vuestra inteligencia y que no seáis como sogas de garrucha (polea) de pozo, que mientras no están gastadas resbalan muy bien: de la garrucha al agua, de esta a aquella, sin necesidad de que se les sustituya. El hombre no es una soga, ni un instrumento mecánico. El hombre está dotado de cerebro inteligente y debe emplearlo, según las necesidades y circunstancias.

 

MISERABLES SON AQUELLOS MAESTROS QUE NO LES GUSTA 

LA FATIGA Y LA SATISFACCIÓN DE EXTRAER CADA VEZ UNA 

NUEVA ENSEÑANZA, ESTO ES, EL ESPÍRITU QUE LAS PALABRAS 

ANTIGUAS Y SABIAS SIEMPRE CONTIENEN.

 

Si la letra de la palabra es eterna, las circunstancias cambian. Miserables son aquellos maestros que no les gusta la fatiga y la satisfacción de extraer cada vez una nueva enseñanza, esto es, el espíritu que las palabras antiguas y sabias siempre contienen. Se asemejan a los ecos que no hacen sino repetir tal vez diez y diez veces, una sola palabra, sin poner nada de su parte.

Los árboles, esto es, el linaje humano figurado en el bosque donde está reunida toda clase de plantas, arbustos, hierbas sienten la necesidad de que quien los conduzca se cargue de todas las glorias, pero también y es un peso mucho mayor, con todas las responsabilidades de la autoridad, de ser responsable de la felicidad o infelicidad de sus súbditos. Responsable ante sus súbditos, ante los pueblos vecinos, y lo que es más, ante Dios. Las preeminencias sociales o coronas, cualesquiera que sean,  las concede Dios a los hombres y las permite, y sin esta condescendencia no puede imponerse ninguna fuerza humana. Lo cual explica los cambios imprevistos e inimaginables de dinastías que se antojaban eternas, y de poderes que parecían intocables, y que cuando sobrepasaron la medida de ser castigo de pueblos o prueba de ellos, fueron destruidas por estos mismos, porque Dios lo permitió y se convirtieron en nada, en polvo, y tal vez en fango de cloacas.

 

Dije: los pueblos sienten la necesidad de elegir a alguien 

que cargue toda la responsabilidad 

para con sus súbditos, 

para con las naciones cercanas 

y para con Dios, 

y esto último es lo más terrible de todo.

 

 

 Sería pues necesario que los elegidos 

para ser cabezas de pueblos y creadores de la historia

 obrasen con justicia heroica propia de los santos, 

para que no cayese infamia alguna sobre su nombre 

en los siglos por venir 

 

y para que Dios no los castigase en los siglos de los siglos.

 

Dije: los pueblos sienten la necesidad de elegir a alguien que cargue toda la responsabilidad para con sus súbditos, para con las naciones cercanas y para con Dios, y esto último es lo más terrible de todo.

Si el juicio de la historia es tremendo, y en vano los pueblos llevados de intereses propios, tratan de cambiarlo, si los eventos y los pueblos futuros lo devolverán a su forma primordial, verdad digna de temerse, todavía mayor es el juicio de Dios, quien no sufre presión de nadie, y no está sujeto a cambios de humor o de parecer, como sucede frecuentemente entre los hombres, y mucho menos está sujeto a errar en sus resoluciones. Sería pues necesario que los elegidos para ser cabezas de pueblos y creadores de la historia obrasen con justicia heroica propia de los santos, para que no cayese infamia alguna sobre su nombre en los siglos por venir y para que Dios no los castigase en los siglos de los siglos.

Pero volvamos al apólogo de Abimelec.

Los árboles, pues, quisieron elegirse un rey fueron al olivo.

Este árbol sagrado y consagrado para usos sobrenaturales, gracias al aceite que arde delante del Señor y es parte importante en los diezmos y en los sacrificios, porque su líquido sirve para confeccionar el bálsamo santo con que se unge el altar, se ungen los sacerdotes y reyes, y desciende por los cuerpos sanos y enfermos con propiedades, podría decir, taumatúrgicas, respondió: "¿Cómo puedo faltar a mi vocación santa y sobrenatural para envilecerme en cosas terrenas?".

¡Oh dulce respuesta del olivo!

¿Por qué no la aprenden y practican todos los que Dios elige para una santa misión? digo, ¿a menos ellos? porque en realidad cualquier hombre podría dar tal respuesta a las sugestiones del demonio, puesto que cada hombre es rey e hijo de Dios, dotado con un alma que lo hace tal, real, filialmente divino, llamado a un destino sobrenatural. Tiene un alma que es un altar y una casa. El altar de Dios, la casa donde el Padre de los cielos desciende a recibir amor y reverencia de su hijo y súbdito. Todos los hombres tienen un alma y cada alma, que es altar, hace del hombre, que la tiene, un sacerdote, un guardián del altar. En el Levítico está dicho: "Que no se contamine el sacerdote".

El hombre, pues, debería responder a la tentación del demonio, del mundo y de la carne: "¿Puedo cesar de ser espiritual para ocuparme de cosas materiales y pecaminosas?"

Entonces los árboles fueron a la higuera, a invitarla a que fuese su rey. Pero la higuera respondió: "¿Cómo puedo renunciar a mi dulzura y a mis delicadísimos frutos para convertirme en vuestro rey?".

Muchos se vuelven al que es dulce para tenerlo como rey. No tanto porque admiren su dulzura cuanto porque esperan que debido a su dulzor se convierta en un rey de burla, de quien se pueda esperar todo.

Pero la dulzura no es debilidad. Es bondad: justa, inteligente, decidida. No cambiéis jamás la dulzura con la debilidad: la primera es virtud, la segunda defecto. Y como es virtud, da a quien la posee una rectitud de conciencia que le permite resistir a las solicitaciones y seducciones humanas, que tratan de doblegarlo hacia sus propios intereses, que no son los de Dios, permaneciendo fiel a su destino a toda costa.

El dulce de espíritu jamás combatirá con aspereza los regaños de otros, no rechazará jamás con dureza a quien le pide ayuda. Con excusas y sonrisas dirá: "Hermano, déjame con mi dulce suerte. Vine a consolarte y a ayudarte, pero no puedo ser rey, como tú piensas, porque sólo me preocupo de mi realeza, de la de mi alma, y de la tuya: de la realeza espiritual".

Los árboles fueron a la vid a pedirle que fuese su rey. La vid respondió: "¿Cómo puedo renunciar a ser la alegría y fuerza, para reinar entre vosotros?"

El ser rey, ya por la responsabilidad, ya por los remordimientos, pues un rey que no peca y no tiene remordimiento es más raro que un diamante negro tiene siempre hosquedades de espíritu. El poder seduce durante el tiempo en que brilla como un faro lejano, pero cuando se acerca uno, se ve que no es más que destello de luciérnaga, y no de estrella.

Además: el poder no es más que una fuerza ligada con miles de lazos de miles de intereses que se envuelven alrededor de un rey. Intereses de cortesano, intereses de aliados, intereses personales y de parentela. ¿Cuántos reyes juran consigo mismos, cuando el aceite se derrama sobre sus frentes: "Seré imparcial" y después no lo son? Como robusto árbol que no protesta al primer abrazo de la yedra o de cualquier otra hierba trepadora, dice: "Es tan delgada que no me hará daño", aun más se complace en que se le enrede y en ser protector de la trepadora. De este modo podría yo decir que casi siempre el rey cede al primer abrazo de un interés de algún cortesano, aliado, propio o de la familia, y se complace en ser un protector espléndido."Es tan poco" dice, aun cuando si la conciencia le dice: "¡Ten cuidado!" Y piensa que no puede causar ningún daño ni al poder ni a su buena fama. También el árbol así cree. Pero llega el día en que, rama después de rama, crece robusta, crece con la linfa que absorbe del suelo y sube a la conquista de la luz y del sol, ella la yedra ha envuelto todo el árbol, el árbol gigante, lo cubre, lo ahoga, lo mata. ¡Y era tan delicada la hierba trepadora y el árbol muy fuerte!

Lo mismo sucede con los reyes. Primeramente una transacción con el propio cargo, un alzar de hombros a la voz de la conciencia, porque las alabanzas son dulces, porque el hecho que lo busquen como protector, complace, y viene el momento en que el rey no es el que reina, sino los intereses ajenos y lo aprisionan, lo amordazan hasta querer ahogarlo y lo hacen a un lado, al hacerse más fuertes que él, y al ver que no se apresura en morir.

También el hombre de la calle, que es siempre un rey en su alma, se pierde si acepta realezas inferiores a través de la soberbia, de la avaricia. Y pierde su serenidad espiritual que le viene de su unión con Dios. Pues el demonio, el mundo y la carne pueden proporcionar un poder y alegría ilusorios, pero a costa de la alegría espiritual que procede de la unión con Dios. Alegría y fuerza de los pobres de espíritu, de modo que el hombre pueda decir: "Y ¿cómo puedo aceptar ser rey en la parte inferior, si al hacer alianza con vosotros, pierdo fuerza y alegría interna, además el cielo y su verdadera realeza?"

Pueden también decir estos bienaventurados pobres de espíritu que tienen por meta el poseer el reino de los cielos y desprecian cualquier otra riqueza que no sea ese reino, y pueden decir: "Y ¿cómo podemos abandonar nuestra misión que es la de tener jugos que dan fuerza y alegría para nuestros hermanos los hombres que viven en el seco desierto de la animalidad, y que tienen necesidad de que no se les deje morir de sed, de que se les alimente de jugos vitales como si fuesen un niño huérfano de nodriza? Somos las nutrices del género humano que perdió el seno de Dios, que estéril y enfermo anda errante, que llegaría a desesperarse, que llegaría a aceptar el negro escepticismo, si no nos encontrase a nosotros que con alegre actividad de quienes están libres de cualquier lazo terreno, los podemos persuadir de que hay una vida, una alegría, una libertad, una paz. No podemos renunciar a esta caridad por un interés mezquino".

Entonces los árboles se fueron a la zarza. No los rechazó. Les impuso condiciones duras: "Si queréis que sea vuestro rey, venid a poneros debajo de mí. Pero si no lo queréis hacer, después de haberme elegido, haré que cada zarza sea un tormento, y os quemaré a todos vosotros, y aun a los cedros del Líbano".

Esta es la realeza que aún el mundo acepta hasta con gusto. La prepotencia y ferocidad son, para el decaído género humano, como la verdadera realeza, mientras la mansedumbre y bondad son consideradas como necedad y sentimientos viles.

El hombre no se somete al bien sino al mal. Es seducido, y por lo tanto arde.

Esto es el apólogo de Abimelec.

 

APÓLOGO QUE LES PROPONE DE JESÚS

 

Ahora os propongo otro, que no es ni lejano, ni se refiere a hechos lejanos, sino cercano, actual.

Los animales pensaron elegirse un rey, y siendo astutos pensaron en elegirse uno que no les causase temor de que fuese feroz o fuerte.

Al león lo descartaron al punto, lo mismo que a todos sus congéneres. Decidieron no aceptar el águila de pico curvo, ni a ningún ave de rapiña. Desconfiaron del caballo que con su rapidez podía alcanzarlos y ver sus acciones, hasta desconfiaron del asno, cuya paciencia conocían, pero que también conocían muy bien sus arranques de ira, y sus coces. Se les pararon los pelos de punta y se estremecieron de temor al pensar que su rey pudiese ser un mono, por ser muy inteligente y vengativo. Con la excusa de que la serpiente había sido instrumento de Satanás para engañar al hombre, dijeron que no la querían por rey, no obstante sus diversos colores y elegancia de sus movimientos. En realidad no la aceptaron porque conocían su silencioso caminar, la fuerza de sus anillos y la acción poderosa de su veneno. Tomar por rey a un toro o a otro animal de punzantes cuernos, ni por pienso. ¡Uy! "También el diablo los tiene" dijeron. Y luego entre sí razonaban: "Si nos rebelásemos un día nos acabaría con sus cuernos".

 

vieron a un corderito 

"Fácilmente se contenta con todo. 

No tiene ni armas ni veneno. Es ingenuo. 

Hagámosle nuestro rey".

 

Descartando a este, descartando a aquel animal, vieron a un corderito, gordo y blanco que alegre en el prado saltaba, y que daba trompazos en las ubres maternas. No tenía cuernos. Tenía ojos mansos como un cielo de abril. Era suave y sencillo. De todo estaba contento: del agua de un riachuelo donde había metido su trompita color de rosa; de las flores de diversos sabores que satisfacían la vista y el paladar; de la hierba tupida en que se encontraba placer al echarse en ella cuando estaba lleno; de las nubes que parecían otros corderitos que corriesen por los prados azules de allá arriba, y que lo invitasen a jugar y a saltar por los prados como ellos por el firmamento; y sobre todo, de las caricias de su nana que le permitía que le mamase leche tibia, mientras le lamía la blanca lana con su lengua rosada; y del redil seguro y defendido de los vientos, de la cama de paja suave y olorosa, en la que sería muy dulce para él dormir junto a su madre.

"Fácilmente se contenta con todo. No tiene ni armas ni veneno. Es ingenuo. Hagámosle nuestro rey".

Y como dijeron, hicieron. Se gloriaban de él porque era bello y bueno. Los pueblos cercanos lo admiraban, sus súbditos los amaban por su paciencia tan dulce.

 

Pasó el tiempo y el cordero se convirtió en un carnero

 y dijo: 

"Ahora es tiempo de que empiece realmente a gobernar. 

Es pues justo que la ejercite de modo cabal,

 y también para no despreciar los dones de Dios

 

Pasó el tiempo y el cordero se convirtió en un carnero y dijo: "Ahora es tiempo de que empiece realmente a gobernar. Ahora sé muy bien cual es mi misión. La voluntad de Dios, que permitió que fuese elegido por rey, me formó para esta misión, al darme capacidad de reinar. Es pues justo que la ejercite de modo cabal, y también para no despreciar los dones de Dios". 

Y al ver a súbditos que hacían cosas contrarias a la honestidad de las costumbres, o contra la caridad, dulzura, lealtad, morigeración, obediencia, respeto, prudencia, etc. levantó su voz para amonestarles.

Los súbditos se rieron de su balido inteligente pero dulce, que no causaba ningún temor como lo haría el rugido del león; ni como el graznido de los buitres, cuando se arrojan sobre su presa; ni como el silbido de la serpiente, ni siquiera como el ladrido del perro.

El corderito que se había hecho ya un carnero, no se limitó tan sólo a balar. Se fue a los culpables para llevarlos al cumplimiento de su deber. Pero la serpiente se le escapó entre las patas; el águila se elevó entre los aires y lo dejó plantado. Los felinos con sus zarpas lo amenazaron diciéndole: "Mira qué cosa hay en la zarpa cubierta de pelo. Por ahora no se toca. Son garras". Los caballos, y todos los de la misma clase, se dieron a galopar a su alrededor, y a burlarse de él. Los fuertes elefantes y otros paquidermos, con un golpe de su trompa, lo arrojaron aquí y allá, mientras los monos, desde lo alto de los árboles, le disparaban piedras.

 

El corderito que se había hecho ya un carnero,

 se intranquilizó y dijo: 

No quería usar mis cuernos ni mi fuerza.

 También yo tengo fuerza en mi cuello, 

y la usaré para destruir barreras.

 Vosotros y Dios me pusisteis aquí 

para guiaros a la justicia y al bien.

 Y yo aquí exijo que reinen la justicia y el bien, 

esto es, el orden

 

El corderito que se había hecho ya un carnero, se intranquilizó y dijo: "No quería usar mis cuernos ni mi fuerza. También yo tengo fuerza en mi cuello, y la usaré para destruir barreras. No quería usarla porque prefería emplear el amor y la persuasión. Pero ya que no os doblegáis ante estas armas, usaré la fuerza, porque si vosotros faltáis a vuestro deber para conmigo y para con Dios, yo no quiero faltar para con Dios y para con vosotros. Vosotros y Dios me pusisteis aquí para guiaros a la justicia y al bien. Y yo aquí exijo que reinen la justicia y el bien, esto es, el orden".

Y castigó delicadamente con sus cuernos, pues era bueno, a un perro testarudo que continuaba molestando a sus vecinos, y luego con su robusto cuello rompió la puerta de la cueva donde un gordo y egoísta marrano había amontonado comida con menoscabo de los demás, y echó abajo igualmente el montón de lianas que dos lujuriosos monos se habían hecho para sus amores ilícitos.

 

"Este rey se ha hecho muy fuerte. 

Verdaderamente quiere reinar. 

Quiere que vivamos como cuerdos. 

Esto nos choca. Hay que destronarlo" dijeron.

 

"Este rey se ha hecho muy fuerte. Verdaderamente quiere reinar. Quiere que vivamos como cuerdos. Esto nos choca. Hay que destronarlo" dijeron.

Pero un mono astuto dio el siguiente consejo: "No nos comportemos bien sino por aparentar un motivo justo; de otra manera los pueblos cercanos se burlarán de nosotros, y Dios se enojará. Espiemos, pues, cada acción del carnero para que lo podamos acusar con apariencia de justicia". 

"Yo lo tomaré a mi cargo", dijo la serpiente.

"También yo" añadió el mono.

Ella arrastrándose entre la hierba, el otro desde los altos de los árboles no perdían jamás de vista al cordero que se había hecho carnero, y cada noche cuando se retiraba a meditar y a descansar de las fatigas de su misión, y a pensar también sobre las providencias que tenía que adoptar, las palabras que tenía que emplear para domar la rebelión y suprimir los pecados de sus súbditos, estos, a excepción de uno que otro que le eran fieles, se reunían para escuchar las relaciones de los dos espías, de los dos traidores.

Pues otra cosa no eran.

La serpiente decía a su rey: "Te sigo porque te amo y si viese que alguien te atacase, te defendería".

El mono decía a su rey: "!Cuánto te admiro! Te quiero ayudar. Mira: desde aquí diviso que más allá de este prado, se está pecando. Corre". Y luego decía a sus compañeros: "También hoy tomó parte en el banquete de algunos pecadores. Fingió ir allá por convertirlos, pero en realidad, se ha hecho cómplice de sus glotonerías".

La serpiente daba su relación en estos términos: "Fue más allá de los confines de su pueblo. Se acercó a mariposas, moscones, y a feos caracoles y babosas. Es un infiel. Tiene trato con extranjeros inmundos".

Así hablaban a espaldas del inocente, pensando que él no lo sabía. Pero el espíritu del Señor que lo había formado para su misión, lo iluminaba también en la conjura de sus súbditos. Podía huir, despreciándolos, maldiciéndolos, pero era dulce y humilde de corazón. Amaba. Su defecto era el amar, y tenía también el de perseverar, amando y perdonando conforme a su misión, a pesar de que pudiese morir, y sólo por cumplir la voluntad de Dios.

¡Oh! cuán grandes eran estos defectos ante los ojos de los hombres. Imperdonables eran, y tanto que fueron causa de que se le condenase.

"Que muera, para que nos veamos libres de su opresión".

La serpiente se encargó de matarlo porque siempre era traidora...

 

Esto es el apólogo.

 ¡Toca a ti, pueblo de Nazaret, entenderlo!  

"No seáis más hostiles. 

No queráis que algún día se diga:

 'De Nazaret partió su traidor y de allá sus jueces inicuos' ".

 

Esto es el apólogo. ¡Toca a ti, pueblo de Nazaret, entenderlo! Yo, por el amor que me liga a ti, te deseo que por lo menos seas un pueblo hostil, y no más. El amor a la tierra a la que de pequeño vine, en la que crecí amándoos y siendo amado me obliga a que diga: "No seáis más hostiles. No queráis que algún día se diga: 'De Nazaret partió su traidor y de allá sus jueces inicuos' ".

Adiós. Tratad de juzgar rectamente y sed constantes en el querer. La primera cosa, la digo a todos vosotros, mis conciudadanos. La segunda a los que todavía no están dominados por pensamientos no rectos. Me voy... La paz sea con vosotros."

Y Jesús, en medio de un silencio penoso, interrumpido sólo por dos o tres voces que lo aplauden, sale triste, con la cabeza inclinada, de la sinagoga de Nazaret. Los apóstoles lo siguen.

 

JUDAS TADEO HABLA CON SUS HERMANOS JOSÉ Y SIMÓN

 

Los últimos que van tras Él son los hijos de Alfeo. Sus ojos no son los de un cordero manso... Miran con dureza a la multitud y Judas Tadeo no duda en plantársele a su hermano Simón y decirle: "Creía tener un hermano más honrado y de carácter más decidido."

Simón baja la cabeza y calla, pero el otro hermano protegido por otros de Nazaret dice. "Avergüénzate de ofender a tu hermano mayor."

"No. Me avergüenzo de vosotros. No una buena madrastra, sino una depravada madrastra es Nazaret para el Mesías. Pero oíd estas palabras proféticas. Lloraréis tanto que podréis llenar una fuente, pero de nada servirán vuestras lágrimas para borrar de los libros de la historia el nombre verdadero de esta ciudad y el vuestro. ¿Sabéis cuál es? "Necedad". Adiós."

Santiago en su saludo augura luz de sabiduría. Salen juntos con Alfeo de Sara y con dos jovenzuelos, que si no veo mal, son los dos que llevaron los borricos, en los que cabalgaron para ir al encuentro de Juana de Cusa que estaba muriendo.

 

EL PUEBLO COMENTA "¿PERO DE DÓNDE LE VIENE A ESE TAL 

SABIDURÍA?"

 

La multitud que se ha quedado, dice entre dientes: "¿Pero de dónde le viene a ese tal sabiduría?"

"¿Y de dónde el poder para hacer milagros? Porque los hace. Toda Palestina habla de ellos."

"¿No es el hijo de José el carpintero? Todos lo hemos visto en el banco del carpintero de Nazaret, que hacía mesas y lechos, y ajustaba ruedas y cerraduras. Ni siquiera fue a la escuela, y solo su madre fue su maestra."

"Es un escándalo también este que nuestro padre criticó" dice José Alfeo.

"Pero también tus hermanos terminaron la escuela con María de José."

"¡Bien! mi padre fue débil con su mujer..." responde de nuevo José.

"Entonces, ¿también el hermano de tu padre?"

"También."

"¿Pero es en realidad el hijo del carpintero?"

"¿Y no lo estás viendo?"

"¡Oh, tantos se parecen entre sí! Me imagino que sea uno que quiera pasar por tal, pero que no lo es."

"¿Y entonces dónde está Jesús, el hijo de José?"

"¿Te parece que su Madre no lo conozca?"

"Aquí están sus hermanos y sus hermanas, y todos lo llaman pariente suyo. ¿No es así, vosotros dos?"

Los dos hijos mayores de Alfeo asienten con la cabeza.

"Entonces ha enloquecido o está endemoniado, porque lo que dice no puede proceder de un carpintero."

"Sería mejor no escucharlo. Su pretendida doctrina es delirio o posesión."

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Jesús está de pie en la plaza, en espera de Alfeo hijo de Sara, que está hablando con un hombre. Y mientras aguarda, uno de los que llevaron los borricos, y que se había quedado cerca de la puerta de la sinagoga, le cuenta las calumnias que dijeron contra él.

"No te aflijas. Un profeta generalmente no recibe honores en su patria o en su casa. El hombre es tan necio que cree que para ser profeta es menester ser como algo que esté fuera de la vida. Mis conciudadanos y mis familiares mejor que todos conocen y recuerdan que su conciudadano y familiar es un verdadero hombre. pero la verdad triunfará. Te saludo. La paz sea contigo."

"Gracias, Maestro, porque curaste a mi madre."

"Lo merecías porque supiste creer. Mi poder aquí es inerte, porque no hay fe. Vámonos, amigos. Mañana al amanecer partiremos."

IV. 659-668

A. M. D. G.