PREDICACIÓN EN EL BIVIO VECINO 

AL POBLADO DE SALOMÓN

 


 

#Ananías acompaña a Jesús por el poblado mientras los demás se dividen de dos en dos para predicar y hacer milagros   

#"No. Eres mi padre. Cada anciano justo es un padre y una bendición para el lugar que lo hospeda y para quien lo socorre. ¡Bienaventurados los que aman y honran a los viejos!" dice Jesús solemne.  

#Dios ayudará siempre a quien como puede auxilia al pobre. Y siempre hay medios de hacerlo. Muchas veces decir "no puedo" es una mentira. 

#"Vamos allá y predicamos. ¿Quieres hacerlo también tú, padre?" "No soy capaz. ¿Qué debo decir?" "Lo eres. Tu alma conoce la sabiduría del perdón, de ser fiel a Dios y la resignación aun en las horas del dolor. Sabes que Dios socorre a quien espera en El. Ve y dilo a los peregrinos."   

#Un peregrino presenta a Jesús su familia y le pide su bendición y que les hable  

#Los que recorren los caminos que el Señor ha señalado, y los recorren con buena voluntad, terminan por encontrarlo.   

#Son tantas las encrucijadas que el hombre encuentra en el camino de su vida. Diariamente la conciencia se encuentra en las encrucijadas del bien y del mal. Debe escoger atentamente para no equivocarse.   

#parábola de los contratistas de obreros  

#Bienaventurados los que son firmes y generosos en querer seguir el camino del bien.  

 #Jesús cura a una mujer que tiene fiebres malignas que le acaban los huesos   

#Jesús cura a un hombre que tiene un cáncer en la lengua   

#¡No te vayas! ¡Vendrán otros enfermos! "Todos los días, desde la mañana hasta la hora de siesta vendré aquí. Si alguien quiere acomedirse, procure reunir a los peregrinos."  

 #Los apóstoles refieren a Jesús lo que han hecho. Pedro y Judas salieron de compras

 


 

El grupo sale de la casita. El anciano se le ha unido trayendo un vestido de algún apóstol de pequeña estatura.

 

Ananías acompaña a Jesús por el poblado 

mientras los demás se dividen de dos en dos 

para predicar y hacer milagros

 

"Si quieres quedarte, padre..." le empieza a decir Jesús.

Pero el otro interrumpe: "¡No, no! ¡También voy yo! ¡Oh, déjame que vaya! ¡Ayer comí! ¡Dormí esta noche y en cama! No tengo ninguna pena en el corazón. me siento tan fuerte como un joven..."

"Entonces, ven. Estarás conmigo, con Bartolomé y con mi hermano Judas. Vosotros, de dos en dos, esparcios como se os dijo. Antes de la siesta estad todos aquí. Idos y la paz sea con vosotros."

Se separan. Unos van en dirección del río, otros hacia los campos. Jesús es el último en partir. Atraviesa despacio el poblado. Lo ven los pescadores que han regresado del río o que van. Las mujeres mañaneras que se han levantado para lavar la ropa, para limpiar los huertecillos o para hacer el pan. Nadie habla.

Sólo un muchachillo que lleva siete ovejas al río, pregunta al anciano: "¿A dónde vas, Ananías? ¿Te vas de aquí?"

"Voy con el Rabí. Y regreso con El. Soy su siervo."

 

"No. Eres mi padre. 

Cada anciano justo es un padre 

y una bendición para el lugar que lo hospeda 

y para quien lo socorre. 

 

¡Bienaventurados los que aman y honran a los 

viejos!" dice Jesús solemne.

 

"No. Eres mi padre. Cada anciano justo es un padre y una bendición para el lugar que lo hospeda y para quien lo socorre. ¡Bienaventurados los que aman y honran a los viejos!" dice Jesús solemne.

El muchachillo lo mira atemorizado, y luego: "Yo... siempre le daba un poco de mi pan..." como para decir. "No me regañes que no lo merezco."

"Miguel fue siempre bueno conmigo. Era amigo de mis nietos... y siguió siendo mío. Tampoco su madre es mala. me ayudaría pero tiene once hijos y viven de la pesca...."

Varias mujeres curiosas se acercan y escuchan.

 

Dios ayudará siempre 

a quien como puede auxilia al pobre. 

 

Y siempre hay medios de hacerlo. 

 

Muchas veces decir "no puedo" es una mentira.

 

"Dios ayudará siempre a quien como puede auxilia al pobre. Y siempre hay medios de hacerlo. Muchas veces decir "no puedo" es una mentira. Cuando se quiere, se encuentra siempre un bocado de sobra, una manta deshilachada, un vestido que se ha arrinconado porque no se le usa más. El cielo recompensa. Dios te devolverá, Miguel, los pedazos de pan que le diste." Y acaricia al muchacho. Se va.

Las mujeres se quedan avergonzadas, luego preguntan al muchacho que les cuenta lo que sabe. El miedo se apodera de las mujeres avaras que no quisieron ayudar al anciano.

Jesús ha llegado a la última casa, se dirige a un bivio, que dobla del camino principal hacia el poblado. Desde aquí se ve que pasan caravanas que van a la Decápolis o a la Perea.

 

"Vamos allá y predicamos. 

¿Quieres hacerlo también tú, padre?"

 

 "No soy capaz. 

¿Qué debo decir?" 

 

"Lo eres. 

 

Tu alma conoce la sabiduría del perdón, 

de ser fiel a Dios 

y la resignación aun en las horas del dolor. 

Sabes que Dios socorre a quien espera en El. 

 

Ve y dilo a los peregrinos."

 

"Vamos allá y predicamos. ¿Quieres hacerlo también tú, padre?"

"No soy capaz. ¿Qué debo decir?"

"Lo eres. Tu alma conoce la sabiduría del perdón, de ser fiel a Dios y la resignación aun en las horas del dolor. Sabes que Dios socorre a quien espera en El. Ve y dilo a los peregrinos."

"¡Oh, esto sí!"

"Judas, ve con él. Yo me quedo con Bartolomé en el bivio."

Llegados, se mete bajo la sombra de un grupo de plátanos frondosos y pacientemente espera

Los campos del alrededor están llenos de mieses y de árboles frutales. Frescos cuando es de mañana. Es un placer contemplarlos. Las caravanas pasan por el camino... Pocas personas paran mientes en los dos que están allí junto a los plátanos. Tal vez pensarán que se trata de viajeros cansados. Alguien reconoce a Jesús, lo señala, o bien se inclina saludándolo.

 

Un peregrino presenta a Jesús su familia 

y le pide su bendición y que les hable

 

Finalmente hay uno que detiene su asno y los de sus familiares. Se baja, se dirige a Jesús: "¡Dios sea contigo, Rabí! Soy de Arbela. Te oí en el otoño. Esta es mi mujer. Esta su hermana que ha quedado viuda, y esta mi madre. Este anciano es su hermano. Aquel joven es hermano de mi mujer. Todos estos son nuestros hijos. Tu bendición, Maestro. Supe que hablaste en el vado. Yo llegué tarde... ¿No tienes una palabra para nosotros?"

"La palabra no se niega nunca. Pero aguarda unos instantes, pues otros están viniendo."

Los del poblado poco a poco están viniendo, los que habían pasado y tomado el norte, regresan, otros picados por la curiosidad o se detienen y se quedan montados, o se bajan de sus animales. Un pequeño grupo se ha ido formando.

Regresa Judas de Alfeo con el anciano. Jesús empieza a hablar.

 

Los que recorren los caminos que el Señor 

ha señalado, y los recorren con buena voluntad, 

terminan por encontrarlo.

 

"Los que recorren los caminos que el Señor ha señalado, y los recorren con buena voluntad, terminan por encontrarlo. Encontrasteis al Señor después de haber cumplido con vuestro deber de fieles israelitas en la pascua santa. Y ved que la Sabiduría os habla como lo deseabais en este bivio donde la Bondad divina ha hecho que os encontraseis.

 

Son tantas las encrucijadas que el hombre 

encuentra en el camino de su vida. 

 

Diariamente la conciencia se encuentra 

en las encrucijadas del bien y del mal. 

 

Debe escoger atentamente para no equivocarse.

 

Son tantas las encrucijadas que el hombre encuentra en el camino de su vida. Más sobrenaturales que materiales. Diariamente la conciencia se encuentra en las encrucijadas del bien y del mal. Debe escoger atentamente para no equivocarse. Si se equivoca debe saber regresar humildemente cuando alguien se lo advierte. Y aunque le parezca más bella la vía del mal, o sencillamente el de tibieza, debe saber escoger el camino difícil, pero seguro del bien.

Escuchad la siguiente parábola.

 

parábola de los contratistas de obreros

 

Un grupo de peregrinos, vino de lejanas regiones en busca de trabajo, se encontró en la frontera de un país, donde esperaban contratistas de obreros, enviados por diversos patrones. Algunos querían trabajadores para las minas, otros para lo campos y bosques, otros para un rico infame, no faltaba quien contratara soldados para un rey que tenía su castillo en la cima de un monte, al que se llegaba por un camino demasiado pendiente. El rey quería soldados, pero quería que más que robustos en el cuerpo lo fueran en su inteligencia, para mandarlos después a las ciudades para que enseñasen a sus súbditos la rectitud. Esta es la razón por la que vivía arriba, como en eremitorio, para educar a sus siervos sin que las distracciones mundanales los corrompiesen. No prometía otras recompensas, ni vida cómoda, pero les aseguraba que al servirle se convertirían en hombres rectos y justos, lo que ya era un premio.

De este, modo hablaban sus mensajeros a los que llegaban a la frontera. Los que eran mensajeros de los dueños de minas o de campos proclamaban: "No tendréis una vida cómoda, pero seréis libres y ganaréis lo suficiente". Los que buscan gente para un patrón infame prometían inmediatamente comida en abundancia, placeres, ocio, riquezas: "Basta con que aceptéis sus raros caprichos -que no son muy duros- y tendréis una vida como sátrapas".

Los peregrinos consultaron entre sí lo que decidirían. No querían separarse... Preguntaron: "¿Los campos, las minas, el palacio del que lleva una buena vida, y el del rey están vecinos?" "¡Oh, no!" respondieron los contratistas. "Venid a aquel cuatrivio y os enseñaremos los caminos".

Fueron.

"¿Veis aquel camino ancho, sombreado, con flores, parejo, con fuentes? Ese lleva al palacio del señor" dijeron unos contratistas.

"¿Veis aquel polvoriento, entre campos tranquilos? Ese lleva a ellos. Hace sol, pero como podéis ver es bueno" dijeron otros. 

Los de las minas dijeron: "Este sendero abrupto, tallado sobre las rocas que el sol quema, entre zarzales y espinos que dificultan el paso, pero en cambio defienden contra los enemigos, lleva al oriente, al castillo austero, digamos casi sagrado, donde los corazones se forman en el bien".

Los peregrinos miraban, miraban. Hechaban sus cálculos... De las cosas que les presentaban, una sola era buena. Poco a poco se dividieron. Eran diez. Tres fueron a los campos... dos a las minas. Los restantes se miraron y dos dijeron: "Vamos todos donde el rey. No ganaremos y no gozaremos en la tierra, pero seremos santos para siempre".

"¿Por aquel sendero? ¡Ni locos que fuéramos! ¿No ganar nada? ¿No gozar? Entonces no hubiera valido la pena haber dejado todo, venir al destierro y tener menos de lo que teníamos allá. Queremos ganar y gozar..."

"¡Perderéis el bien eterno! ¿No oísteis que es un patrón muy malo?"

"¡Tontería! Después de que hayamos gozado y héchonos ricos lo dejaremos".

"No podréis. Los primeros hicieron mal por ambición del dinero. Pero ¡vosotros! Vosotros anheláis el placer. ¡Oh, no cambiéis por una hora que pasa vuestro destino eterno!"

"Sois unos necios. Creéis en promesas ficticias. Nosotros vamos al grano, a la realidad. ¡Adiós!"... y corriendo tomaron por el hermoso camino, sombrado, lleno de flores, rico en aguas, emparejado. En su extremidad brillaba el castillo del hombre que vivía cómodamente.

Los dos restantes, entre lágrimas y oraciones, tomaron el abrupto sendero. Después de algunos metros estaban a punto de perder el ánimo, por lo difícil, pero siguieron adelante. Cuanto más avanzaban tanto más se sentían ligeros. La fatiga se cambiaba en júbilo. Llegaron jadeantes, rasguñados hasta la cima del monte y fueron llevados a la presencia del rey, quien les dijo todo lo que exigía de ellos para hacerlos sus bravos campeadores y terminó diciendo: "Pensadlo durante ocho días y luego me daréis la respuesta".

Mucho pensaron y duras luchas sostuvieron con el tentador que quería acobardarlos, con la carne que les decía: "Me sacrificáis", con el mundo que los seducía con sus recuerdos. pero vencieron. Se quedaron. Llegaron a ser héroes del bien. Llegó la muerte, esto es, la hora de su glorificación. Desde lo alto de los cielos vieron en lo profundo a los que habían ido donde el patrón malo. Encadenados lloraban en lo oscuro del infierno. Los dos santos comentaron: "¡Y querían ser libres y gozar!"

Los tres condenados los vieron, y llenos de rabia maldijeron a todos empezando por Dios. Gritaban: "¡Todos nos habéis engañado!"

"¡No! No es verdad. No podéis afirmarlo. Se os anunció el peligro. Quisisteis vuestro mal" respondieron los bienaventurados, serenos, aun cuando veían y oían las palabras obscenas, las blasfemias obscenas que les lanzaban.

Vieron a los de los campos y los de las minas en diversas regiones purgativas. Confesaron: "No fuimos ni buenos, ni malos. Ahora expiamos nuestra tibieza. ¡Rogad por nosotros!"

"¡Con gusto lo haremos! ¿Pero por qué no vinisteis con nosotros?"

"Porque fuimos no demonios, sino humanos... No tuvimos generosidad. Amamos más o transitorio, aunque honesto, que al Eterno y al Santo. Ahora aprendemos a conocer y a amar como se debe".

 

Bienaventurados los que son firmes y generosos 

en querer seguir el camino del bien.

 

La parábola ha terminado. Cada hombre se encuentra en el cuatrivio. En un perpetuo cuatrivio. Bienaventurados los que son firmes y generosos en querer seguir el camino del bien. Dios esté con ellos. Dios toque y convierta a quien no lo está todavía. Idos en paz."

 

Jesús cura a una mujer que tiene Fiebres malignas 

que le acaban los huesos

 

"¿Y los enfermos?"

"¿Qué tiene la mujer?"

"Fiebres malignas que le acaban los huesos. Ha ido hasta las aguas milagrosas del Mar grande, pero sigue igual."

Jesús se inclina sobre ella, le pregunta: "¿Quién crees que sea Yo?"

"Al que buscaba. El Mesías de Dios. ¡Ten piedad de mi que tanto te he buscado!"

 

Jesús cura a un hombre que tiene un cáncer 

en la lengua

 

"Tu fe te cure en el cuerpo como en el alma. ¿Y tú?"

El aludido es un hombre que no responde. Lo hace en su lugar una mujer que lo acompaña. "Cáncer en la lengua. No puede hablar y muere de hambre." En realidad el hombre es un esqueleto.

"¿Crees que te pueda curar?"

El hombre asiente con la cabeza.

"Abre tu boca" ordena Jesús. Acerca su rostro a la boca roja del cáncer. Sopla y dice: "¿Quiero!"

Un momento de espera y luego dos gritos: "¡Mis huesos están sanos!"; "¡María, estoy curado! ¡Mirad mi boca! ¡Hosanna! ¡Hosanna!" Quiere levantarse, pero por la debilidad no puede.

"¡Dadle de comer!" ordena Jesús. Y hace como que se va.

 

¡No te vayas! ¡Vendrán otros enfermos! 

 

"Todos los días, desde la mañana 

hasta la hora de siesta 

vendré aquí. 

 

Si alguien quiere acomedirse, 

procure reunir a los peregrinos."

 

"¡No te vayas! ¡Vendrán otros enfermos! Otros volverán... ¡También a ellos! ¡También a ellos!" grita la gente.

"Todos los días, desde la mañana hasta la hora de siesta vendré aquí. Si alguien quiere acomedirse, procure reunir a los peregrinos."

"¡Yo, yo Señor!" se ofrecen varios.

"¡Qué Dios os bendiga!"

Jesús regresa al poblado con sus compañeros de antes, con los otros que llegaron poco a poco cuando hablaba, y todos con la gente.

 

Los apóstoles refieren a Jesús 

lo que han hecho. 

 

Pedro y Judas salieron de compras

 

"¿Dónde están Pedro y Judas de Keriot?" pregunta Jesús.

"Se fueron a la población cercana. Llevaban mucho dinero. Dijeron que iban de compras..."

"Judas está de fiesta. ¡Hizo milagros!" sonriente dice Simón Zelote.

"También Andrés. Le regalaron una oveja en recuerdo. Le curó a un pastor su pierna rota, y agradecido este se la regaló. Se la daremos a Ananías. La leche hace bien a los ancianos..." dice Juan acariciando al anciano que se siente verdaderamente feliz.

Entran en casa. Preparan un poco de comida...

Van a sentarse a la mesa cuando, cargados como borricos y seguidos de una carreta cargada de esos petates que sirven de cama a los pobres de Palestina, llegan Pedro y Judas.

"Perdona, Maestro, pero necesitábamos esto. Ahora estaremos mejor" dice Pedro.

Judas: "Mira. No compramos sino lo necesario. Pobre pero limpio. Así como te gusta" y se ponen a descargar. Una vez que terminan, dicen al carretero que se vaya.

"Doce camas y doce esteras. Alguna que otra cosa más. Las semillas. Aquí están los palomos. Aquí el dinero. Y mañana mucha gente. ¡Uf, que calor! Pero ahora todo está mejor. ¿Qué hiciste en la mañana, Maestro?"

Y mientras cuenta todo, se asientan contentos a la mesa.

VII. 495-500

A. M. D. G.