EN BETANIA

 


 

#Jesús llega a la casa de Lázaro  

 #Marta dice: "¡Perdóname! Me diste la misma impresión que nos da Lázaro. Perdóname, Señor, que te haya amado como a un hermano mío que sufre."   

#"Maestro ¡cómo me amas! Ni siquiera esperaste a que cayese la tarde para venirme a ver. Con esta calor..."   

#"Nada me hace descansar más que vuestro amor. Haced que descansen los apóstoles y dejadme estarme aquí, con vosotros, así tranquilo..."  

 #"Primero debo ir a las playas del mar... Luego... iré a Galilea. Pero también allí me perseguirán..."   

#Dios había puesto el amor entre los hombres, pero estos lo han substituido por el odio... Y el odio divide no sólo a los enemigos entre sí, sino que también se introduce para separar a los amigos.   

#Debo dar el ejemplo a los presentes y a los futuros que en las cosas de Dios, en las cosas santas, no hay que ser cobardes..."

 


 

Cuando Jesús llega a Betania el sol enrojece el horizonte. Acalorados, llenos de polvo, vienen los suyos tras de El. Jesús y los apóstoles son los únicos que desafían el horno ardiente del camino, que para protegerse de él muy poco ayudan los árboles que hay desde el monte de los Olivos hasta las pendientes de Betania. Un ardiente verano, pero más ardiente y furioso es el odio. Los campos están desnudos de sus mieses, Queman. Son hornos que respiran tan sólo fuego. Pero los corazones de los enemigos de Jesús están todavía más desnudos, no digo de amor, sino de sinceridad, de elemental moral humana. Están encendidos en odio... Y no hay más que una casa para Jesús, que un refugio: Betania. Allí hay amor, frescura, protección, lealtad... El Peregrino, perseguido, con su vestido blanco, con rostro afligido, con su paso cansado, porque no puede estarse sin que por todas partes lo pinchen sus enemigos, con la mirada resignada de quien ya contempla la muerte que se le acerca a cada hora, a cada paso, y que la acepta por obedecer a Dios...

La casa, en medio de su extenso jardín, está cerrada. No se oye ruido alguno. Espera tan sólo que pronto llegue la frescura. En el jardín no hay nadie. Está mudo. Solo el sol reina despóticamente.

Tomás llama con su voz potente de barítono.

 

Jesús llega a la casa de Lázaro

 

Una cortina se corre. Se asoma una cara... luego un grito: "¡El Maestro!" y los siervos corren. Los siguen las dueñas sorprendidas, porque ciertamente no esperaban que Jesús llegase a esas horas.

"¡Rabboni!" "¡Señor mío!" Marta y María saludan a Jesús desde lejos, y al punto se postran, no apenas se abre el cancel y Jesús se acerca.

"Marta, María: la paz sea con vosotros y con vuestro hogar."

"La paz sea contigo, Maestro y Señor... Pero ¿cómo a esta hora?" preguntan las hermanas. Y despiden a los siervos para que Jesús pueda hablar con franqueza.

"Para que descanse mi cuerpo, para que repose mi corazón donde no se me odia..." dice con tristeza Jesús. Y tiende sus manos como para decir: "Vosotras que me amáis" y se esfuerza en sonreír, pero es una sonrisa triste, que desmiente la mirada de esos ojos en que se refleja el dolor.

"¿Te han hecho algún mal?" pregunta María, enrojeciendo de ira.

"¿Qué te ha pasado?" pregunta Marta. Y con voz maternal añade: "Ven que trataré de que descanses. ¿Desde cuándo estás caminando, que te ves así tan casado?"

"Desde las primeras horas del día... Y puedo decirte que todo el día, porque el breve espacio en casa de Elquías, el sinedrista, fue peor que un largo camino..."

"Sí... y antes, en el Templo..."

"Pero ¿por qué fuiste a la casa de esa sierpe?" pregunta María.

"Porque si no hubiera ido, se hubieran aprovechado para justificar su odio con el que me hubieran acusado de que desprecio a los miembros del Sanedrín. Pero ya ni modos... que vaya o no, la medida del odio de los fariseos ha llegado a su colmo... y no habrá ya tregua..."

"¿Con que esas tenemos? Quédate con nosotros, Maestro. Aquí no te causarán daño alguno..."

"Faltaría a mi misión... Muchas almas esperan al Salvador. Debo ir..."

"¡Pero te lo impedirán!"

"No. Me perseguirán, y me harán que me vaya para  poder estudiar cada paso mío, harán que hable para que examinen cada palabra, olfatearán todo como los sabuesos, para atrapar su presa... para tener un qué, que pueda parecer culpa... y todo servirá para algo..."

 

Marta dice: "¡Perdóname! Me diste la misma impresión 

que nos da Lázaro. Perdóname, Señor, que te haya amado

como a un hermano mío que sufre."

 

Marta, siempre respetuosa, se siente tan llena de compasión que levanta su mano como para acariciar esas enflaquecidas mejillas, pero se detiene, llena de vergüenza dice: "¡Perdóname! Me diste la misma impresión que nos da Lázaro. Perdóname, Señor, que te haya amado como a un hermano mío que sufre."

"Soy el hermano doliente... Amadme con amor puro de hermanas... ¿Y Lázaro qué hace?"

"Languidece, Señor..." responde María. Las lágrimas que estaban ya a punto de salírsele, con estas palabras se unen a la pena de ver a su Maestro tan adolorido.

"No llores, María, ni por Mí, ni por él. Cumplamos con la voluntad divina. Se debe llorar por quien no sabe cumplir con esta voluntad..."

María se inclina. Toma la mano de Jesús y le besa la punta de los dedos.

Han llegado a la casa. Entran al punto a donde está Lázaro. Los apóstoles aguardan, y se refrescan con lo que los siervos les ofrecen.

Jesús se inclina sobre el pálido, sobre el siempre más pálido Lázaro y lo besa sonriente para aliviar la tristeza de su amigo.

 

"Maestro ¡cómo me amas! 

Ni siquiera esperaste a que cayese la tarde 

para venirme a ver. Con esta calor..."

 

"Maestro ¡cómo me amas! Ni siquiera esperaste a que cayese la tarde para venirme a ver. Con esta calor..."

"Amigo mío, me siento feliz contigo, como tú conmigo. Lo demás no importa."

"Es verdad. No importa. Aun mi sufrimiento no es nada... Ahora sé por qué sufro y qué puedo hacer con mi sufrimiento." Lázaro sonríe con una sonrisa sincera, espiritual.

"Y es verdad, Maestro. Se podría decir que Lázaro ve con placer su enfermedad y..." un sollozo despedaza la voz de Marta.

"Dilo, no tengas miedo: y la muerte. Maestro, diles que deben ayudarme, como los levitas ayudan a los sacerdotes."

"¿Para qué, amigo mío?"

"Para consumar el sacrificio..."

 "Y sin embargo hasta hace poco temblabas ante el pensamiento de la muerte. ¿No nos amas más? ¿No amas al Maestro? ¿No quieres servirle?... " pregunta María con voz fuerte, pero pálida del dolor, acariciando la mano amarillenta de su hermano.

"Y me lo preguntas, tú, corazón ardiente y generoso? ¿No soy hermano tuyo? ¿No tengo la misma sangre y tus mismos santos amores: Jesús, las almas, y vosotras, mis dos queridas hermanas?... Pero desde la Pascua mi alma acaparó una gran palabra. Y amo la muerte. Señor, te la ofrezco por la misma intención que tienes."

"Luego ¿no pides más que te cure?"

"No, Rabboni... Te pido que me bendigas para que sepa sufrir y... morir... y si no es grande mi petición, para redimir... Tú lo dijiste..."

"Lo dije. Y te bendigo para darte las fuerzas que quieres." Le impone las manos y luego le besa.

"Estaremos juntos y me instruirás..."

"No ahora, Lázaro. No me voy a detener. Vine tan sólo por unas cuantas horas. Partiré en la noche."

"¿Por qué?" preguntan los tres hermanos, desilusionados.

"Porque no puedo quedarme... volveré en otoño. Y entonces... me estaré mucho y haré mucho por aquí... y en sus alrededores..."

Un silencio lleno de tristeza. Luego Marta: "Entonces por lo menos descansas, toma algo..."

 

"Nada me hace descansar más que vuestro amor. 

Haced que descansen los apóstoles 

y dejadme estarme aquí, con vosotros, así tranquilo..."

 

"Nada me hace descansar más que vuestro amor. Haced que descansen los apóstoles y dejadme estarme aquí, con vosotros, así tranquilo..."

Marta sale llorando. Regresa con tazones de leche fría y frutas primerizas....

"Los apóstoles ya comieron y cansados duermen. Maestro mío, ¿no quieres descansar?"

"No insistas, Marta. No se asomará todavía el alba y ya me habrán buscado aquí, en Getsemaní, en casa de Juana, en donde saben que pueden hospedarme. Pero al alba ya estaré lejos."

"¿A dónde vas, Maestro?" pregunta Lázaro.

"Hacia Jericó, pero no por el camino usual... Doy vuelta hacia Tecua, y luego torno hacia atrás en dirección de Jericó."

"Es un camino muy duro en la estación en que estamos..." murmura Marta.

"Precisamente por eso es solitaria. Caminaremos de noche. Las noches son claras aun antes de que se levante la luna... Y el alba llega muy pronto..."

"¿Y luego?" pregunta María.

"Luego al otro lado del Jordán. A la altura de Samaría, en la parte norte, pasaré el río que viene de esta parte."

"Vete pronto a Nazaret. Estás cansado..." dice Lázaro.

 

"Primero debo ir a las playas del mar... Luego... 

iré a Galilea. Pero también allí me perseguirán..."

 

"Primero debo ir a las playas del mar... Luego... iré a Galilea. Pero también allí me perseguirán..."

"Tendrás siempre a tu Mamá que te consuele..." dice Marta. 

"Sí, mi pobre Mamacita."

"Maestro, Mágdala es tuya. Lo sabes" le recuerda María.

"Lo sé, María... Sé todo el bien y todo el mal..."

"Separados así... ¡por tanto tiempo! ¿Me reencontrarás vivo, Maestro?"

"No tengas duda. No lloréis... Hay que acostumbrarse aun a las separaciones. Son útiles para probar la fuerza de los afectos. Se comprenden mejor los corazones amados, al verlos con ojos espirituales, desde lejos. Cuando el alma no está engañada por el placer humano que produce la cercanía física del ser amado, se puede pensar detenidamente en su espíritu, en su amor... se comprende mucho mejor la personalidad del que está lejos... Estoy seguro que al pensar en vuestro Maestro lo comprenderéis mejor todavía cuando veréis y contemplaréis en paz mis acciones y mis afectos."

"¡Oh, Maestro, nosotros no dudamos de Ti!"

"Ni Yo de vosotros. Pero me conoceréis mucho más. Y no digo que me améis, porque conozco vuestro corazón. Os digo sólo: rogad por Mí."

Los tres hermanos lloran... Jesús está muy triste... ¿Cómo no llorar?

 

Dios había puesto el amor entre los hombres, 

pero estos lo han substituido por el odio... 

Y el odio divide no sólo a los enemigos entre sí, 

sino que también se introduce para separar a los amigos.

 

"¿Qué queréis? Dios había puesto el amor entre los hombres, pero estos lo han substituido por el odio... Y el odio divide no sólo a los enemigos entre sí, sino que también se introduce para separar a los amigos."

Un largo silencio.

Luego Lázaro dice: "Maestro, vete de Palestina por algún tiempo..."

"No. Mi lugar está aquí. Para vivir, evangelizar, morir."

"Juan y la griega están bien porque te preocupaste por ellos. Vete allá."

 

Debo dar el ejemplo a los presentes y a los futuros 

que en las cosas de Dios, en las cosas santas, 

no hay que ser cobardes...

 

"No. Ellos se salvaron. Yo debo salvar. Esta es la diferencia que explica todo. El altar está aquí, aquí la cátedra. No puedo ir a otra parte. Y bien... ¿creéis que puede cambiarse lo que está decidido? No. Ni en la tierra, ni en el cielo. Tan sólo empañaría la pureza espiritual de la figura mesiánica. Sería Yo "el cobarde" que se salva con la fuga. Debo dar el ejemplo a los presentes y a los futuros que en las cosas de Dios, en las cosas santas, no hay que ser cobardes..."

"Tienes razón, Maestro" suspira Lázaro.

Y Marta, corriendo la cortina, dice: "Tienes razón... Ya atardeció. No hay ya más sol..."

María se pone a llorar angustiosamente como si esta palabra hubiese tenido la capacidad de acabar con su fuerza moral que contenía su llanto. Llora con más amargura que cuando lloró en la casa del fariseo, con esas lágrimas con que pedía perdón al Salvador.

"¿Porqué lloras así?" le pregunta Marta.

"Porque has dicho la verdad, hermana. No hay ya más sol... El Maestro se va... No hay ya más sol para mí... para nosotros..."

"Sed buenos. Os bendigo. Quede mi bendición con vosotros. Dejadme ahora con Lázaro que está cansado y tiene necesidad de silencio. Velando a mi amigo, descansaré. Ved porque nada falte a los apóstoles y haced que están prontos para cuando anochezca completamente..."

Las discípulas se retiran y Jesús meditabundo, se queda sentado junto a su amigo enfermo, que como para pagar la proximidad que siente, se adormece con una leve sonrisa en su cara.

VII. 655-660

A. M. D. G.