JESÚS HABLA EN EMMAÚS DE LA 

MONTAÑA

 


 

#Los niños piden a Jesús que les diga alguna parábola La parábola del rapazuelo  

  #traerme a ese pequeñuelo   

#Yo quiero a este niño. Y no sólo esto, sino que quiero llevarlo también al lugar de mis tesoros para que escoja lo que quiera y se lo daré   

#"¿No vas a escoger las mejores piedras y los rollos de más valor?" El niño dijo que no ¿Por qué? no sé leer los rollos y las piedras no son más que una piedrecillas   

#"No quiero, ¡oh rey!, nada. Quisiera otra cosa..." No es algo de acá abajo ¿No hay algún libro que lo enseñe, que nos haga entender qué es Dios?   

#"¡Oh, esto es lo que quiero! Si conozco a Dios, tendré todo, pues que lo tengo a Él. Dame este rollo, oh rey, y seré feliz".   

#Este niño es el verdadero sabio en mi reino  

  #Este niño se quedará conmigo, y juntos nos esforzaremos en leer el libro que es amor, esto es, Dios. No tendremos los resplandores fatuos de las piedras sin calor, ni el sabor dulzón de paja de las obras del saber humano.   

#Por qué razón, oh Israel, estás en tierra enemiga,   

#Profecía sobre lo que le espera a Israel y cuál es su causa   

#La Sabiduría está en Dios. Es Dios mismo Dios abre su pecho para que descienda a vosotros.   

#Yo soy la Sabiduría que os habla. Tres cuartas partes de Israel no me acogen. La Sabiduría se aleja y se alejará cada vez más, dejándolo solo...  

  #Lo que es menester para comprender las lecciones de la Sabiduría  

  #Para poseer la sabiduría es menester comprarla con dinero viviente: las virtudes.  

  #Yo vine a explicar la sabiduría a conversar con los hombres a introduciros en la sala de los tesoros eternos a tomar mi esposa, la Humanidad, para que esté conmigo en el cielo para que se embriague con la verdadera Vid de la que los racimos absorben la Vida.   

#Los caminos falsos por los que navega Israel   

#Una sola cosa es necesaria, Israel: poseer la sabiduría, aun a costo de la vida. Porque la vida no es la cosa más preciosa. Vale más perder cien vidas que perder la propia alma." 

 


 

La plaza de Emmaús está llena de gente. En el centro está Jesús que apenas si puede moverse, oprimido por la multitud, en medio del hijo del sinagogo y de otro discípulo, y como para protegerlo en caso de que lo fuesen a atacar, los apóstoles y discípulos lo rodean, entre ellos han logrado llegar hasta Él niños y niños.

Es maravilloso el atractivo que Jesús ejerce sobre los pequeñuelos. No hay lugar, conocido o desconocido, donde al punto no le rodeen, felices con pegarse a sus vestidos, y todavía más si los llega a acariciar aunque sea levemente; pero mucho más felices, si sentado Él, donde quiera que sea, sobre una silla, sobre una valla, sobre una piedra, sobre un tronco o aun sobre la hierba misma, al estar casi a su altura, poder abrazarlo, recostar su cabecita sobre su espalda o sobre sus rodillas, metérsele bajo el manto para estar cerca de sus brazos cual polluelos que han encontrado la protección más amorosa. Siempre Jesús los defiende contra los adultos, que piensan que le faltan de este modo al respeto, cuando son ellos por otros motivos más serios los que le faltan, y quieren alejarlos del Maestro...

Las acostumbradas palabras de Jesús vuelven a escucharse en favor de sus amiguitos: "¡Dejadlos en paz! ¡Oh, no me molestan! ¡No son éstos los que me causan amargura y aflicción!"

Jesús se inclina hacia ellos con una sonrisa que le rejuvenece y hace aparecer como hermano mayor, benigno siempre con ellos aun en sus travesuras. Les dice: Estad quietos, callados, callados, de otro modo os echan fuera. Estaos silenciosos, ya que estamos juntos."

 

Los niños piden a Jesús que les diga alguna parábola 

 

La parábola del rapazuelo

 

"¿Nos dices alguna hermosa parábola?" dice el más... atrevido.

"Sí. La diré y será para vosotros. Luego hablaré a vuestros padres. Escuchad todos lo que sirve a pequeñuelos como a grandes.

Un día, un hombre oyó que un gran rey le hablaba de este modo: "He sabido que eres digno de un premio. Eres sabio y honras a tu ciudad con tu trabajo y con tu saber. No te daré, pues, esto o aquello, sino que te conduciré a la sala de mis tesoros y lo que escogieres será tuyo. De este modo también me convenceré si eres digno de la fama que te circunda".

 

traerme a ese pequeñuelo

 

Dicho esto, se asomó por la terraza de su palacio, echó una mirada por la plaza que tenía ante sus ojos y vio pasar a un pequeñuelo desarrapado, a un pequeñuelo de familia paupérrima, tal vez un huérfano, tal vez un mendigo. Volviese a sus siervos y les dijo: "Id a traerme a ese pequeñuelo"

Fueron los siervos y trajeron al pequeñuelo que temblaba de miedo al ver al rey, aun cuando los dignatarios de la corte le decían: "Inclínate, saluda, di: 'Honra y gloria a ti, rey mío. Doblo ante ti mi rodilla, poderoso que la tierra alaba como al ser más grande que sobre ella exista' ",  pero el niño no quiso arrodillarse, ni repetir esas palabras. Los dignatarios sorprendidos lo sacudían duramente y dijeron: "¡Oh rey, este muchacho zafio y sucio es una vergüenza para tu palacio. Vamos a echarlo afuera, a la calle. Si deseas tener un niño a tu lado, iremos a buscarlo entre los ricos de la ciudad, si es que estás cansado de los nuestros, y te lo traeremos. ¡Pero no este zafio que no sabe ni siquiera saludar!...

El hombre rico y sabio que se había deshecho en profundas inclinaciones serviles, como si estuviese ante un altar, dijo: "Tus dignatarios tienen razón. Por la majestad de tu corona no debes permitir que no se tribute a tu persona el homenaje debido" y al decir estas palabras se postró a besar el pie del rey.

 

Yo quiero a este niño.

 Y no sólo esto, sino que quiero llevarlo también 

al lugar de mis tesoros 

para que escoja lo que quiera y se lo daré.

 

Este replicó: "No. Yo quiero a este niño. Y no sólo esto, sino que quiero llevarlo también al lugar de mis tesoros para que escoja lo que quiera y se lo daré. ¿Acaso no puedo, pues soy rey, hacer feliz a un pobre rapazuelo? ¿No es acaso mi súbdito como lo sois vosotros? ¿Tienen acaso culpa de haber nacido en el estado en que vive? No. ¡Vive Dios que quiero darle contento, por lo menos una vez! Ven, niño, y no me tengas miedo". Le extendió la mano que el niño tomó sin mucha ceremonia y a la que dio un beso espontáneo. El rey sonrió. Entre dos hileras de dignatarios, que se inclinaban a cada momento, sobre alfombras de púrpura con adornos de oro, se dirigió a la sala de los tesoros. A su derecha iba el hombre rico y sabio, a su izquierda el pequeño, ignorante y pobre. El manto real contrastaba con los harapos y pies descalzos del pequeñín.

Entraron a la sala del tesoro, cuyas puertas dos grandes de la corte habían abierto. La sala era grande, redonda, sin ventanas. La luz se filtraba por el techo a través de una enorme placa de mica. Una luz dulce que hacía brillar las chapas de oro de los cofres y las cintas purpurinas de tantos rollos como había sobre facistoles, que estaban adornados con precioso cuero y cuyos cierres las engalanaban piedras preciosas. Obras rarísimas que sólo un rey podía poseer. Como olvidado, había sobre un facistol un rollo de aspecto ordinario, oscuro, amarrado con un hilo corriente, lleno de polvo.

El rey dijo señalando las paredes: "Aquí están todos los tesoros de la tierra y otros mayores que los terrestres, porque aquí están todas las obras del ingenio humano. Están también las obras que vienen de fuentes sobrehumanas. Tomad lo que os guste". Se puso en medio de la sala con los brazos cruzados para observar.

El hombre sabio y rico se fue primero a los cofres, levantó sus tapas con ansia cada vez más febril. Oro en lingotes, oro en collares, plata, perlas, zafiros, rubíes, esmeraldas, ópalos... De todas partes resplandores salían... gritos de admiración al levantarse cada tapa... Luego se dirigió a los facistoles. Y al leer los títulos de los rollos, nuevos gritos de admiración salieron de sus labios. Finalmente repleto de entusiasmo, le dijo al rey: "Posees un tesoro sin igual. Las piedras rivalizan en valor con los rollos y éstos con ellas. ¿Puedo en realidad escoger lo que me plazca?"

"Lo he prometido. Como si todo fuese tuyo".

El hombre se postró en el suelo diciendo: "Te adoro, ¡oh gran rey!" Se levantó. Corrió primero a los cofres, luego a los facistoles. y tomó lo que mejor le pareció.

 

"¿No vas a escoger las mejores piedras 

y los rollos de más valor?" 

 

El niño dijo que no 

¿Por qué? 

no sé leer los rollos y las piedras 

no son más que una piedrecillas

 

El rey, entre cuya barba se había vislumbrado una sonrisa al ver el ansia con que el hombre corría de cofre en cofre, cuando se echó por tierra adorándolo, y por tercera vez al ver la ambición con que escogía piedras preciosas y libros, se volvió al niño que no se había movido de su lado y le preguntó: "¿No vas a escoger las mejores piedras y los rollos de más valor?"

El niño movió su cabeza para decir que no...

"¿Por qué?"

"Porque no sé leer los rollos y en cuanto a las piedras no conozco su valor. Para mí no son más que una piedrecillas".

"Te harían rico..."

"No tengo padre, ni madre, ni hermanos. ¿De qué me sirve ir con ellas a mi refugio?"

"Podrías comprarte una casa..."

"Viviré yo solo".

"Podrías comprarte vestidos".

"Tendría frío porque me falta el amor de mis padres".

"Alimentos".

"No me podrían llenar como los besos de mi madre, que no pueden comprarse a ningún precio".

"Podrías tener maestros que te enseñasen a leer..."

"Esto me gustaría más. Pero leer ¿qué cosa?"

"Obras de poetas, filósofos, sabios... los escritos antiguos, la historia de los pueblos".

"Cosas inútiles, vanas y ya pasadas... No merecen la pena".

"¡Qué niño más necio!" exclamó el sabio cuyos brazos estaban cargados de  rollos y sobre su cintura la túnica abultada y llena de piedras preciosas.

Una nueva sonrisa apareció entre los bigotes del rey. Tomó al niño del brazo, lo llevó a los cofres y metió su mano en las perlas, en los rubíes, topacios, amatistas, haciéndolos caer como lluvia brillante.

 

No quiero, ¡oh rey!, nada. 

Quisiera otra cosa...

 

 No es algo de acá abajo 

 

¿No hay algún libro que lo enseñe, 

que nos haga entender qué es Dios?

 

"No quiero, ¡oh rey!, nada. Quisiera otra cosa..."

El rey lo llevó a los facistoles y le leyó estrofas de poetas, episodios de héroes, descripciones de tierras desconocidas.

"¡Oh, leer es más bello! Pero no es esto lo que quisiera leer..."

"¿Qué cosa? Dímela y te la daré".

"No creo que lo puedas hacer, pese a tu poder. No es algo de acá abajo".

"¡Ah, quieres obras que no son de la tierra! Entonces mira: aquí están las obras que Dios dictó a sus siervos. Escucha" y le leyó trozos inspirados.

"Esto es mucho más bello. Para entenderlo hay que conocer primero muy bien el lenguaje de Dios. ¿No hay algún libro que lo enseñe, que nos haga entender qué es Dios?"

El rey hizo un gesto de sorpresa y su sonrisa desapareció. Estrechó al niño contra sí.

El sabio con burlona sonrisa dijo: "¿Ni los más sabios saben lo que es Dios, y tú, muchacho ignorante, quieres saberlo? ¡Si quieres hacerte rico con ello!..."

El rey le lanzó una mirada dura, mientras respondía el niño: "No busco riquezas, busco amor, y me dijeron un día que Dios es Amor".

El rey tomó del facistol el rollo que estaba ligado con un hilo ordinario, lo desenrolló y leyó las primeras líneas: "Quien es pequeño venga a Mí y yo, Dios, le enseñaré la ciencia del amor (Prov.9,1-12). En este libro está ella, y Yo..."

 

"¡Oh, esto es lo que quiero! 

Si conozco a Dios, tendré todo, 

pues que lo tengo a Él. 

 

Dame este rollo, oh rey, y seré feliz".

 

"¡Oh, esto es lo que quiero! Si conozco a Dios, tendré todo, pues que lo tengo a Él. Dame este rollo, oh rey, y seré feliz".

"¡Pero no vale nada! ¡Ese muchacho de veras que es un tonto! No sabe leer y escoge un libro. No es sabio y no se quiere instruir. Es pobre y no toma riquezas".

"Yo me esforzaré en poseer el amor, y este libro me lo enseñará. ¡Bendito seas, rey, que haces que no me sienta más huérfano ni pobre!"

"Por lo menos adóralo como he hecho yo, ci crees que gracias a él eres muy feliz".

"Yo no adoro al hombre, sino a Dios que lo ha hecho tan bueno".

 

Este niño es el verdadero sabio en mi reino

 

Este niño se quedará conmigo, 

y juntos nos esforzaremos en leer el libro 

que es amor, esto es, Dios. 

 

No tendremos los resplandores fatuos 

de las piedras sin calor, 

 

ni el sabor dulzón de paja 

de las obras del saber humano. 

 

"Este niño es el verdadero sabio en mi reino, óyelo bien tú que usurpas la fama de sabio. Te has embriagado de orgullo y de ambición hasta el punto de que adoras a la criatura, en lugar de ofrecer tu adoración a Dios. Y esto porque un hombre te regalaba piedras y obras humanas. Dios las creó. La inteligencia que Dios entregó al hombre escribió esas cosas en los rollos raros que escogiste. Este pequeñuelo que tiene hambre y frío, que está solo, sobre quien los dolores se han encarnizado, que se le perdonaría si se embriagase de la ambición de las riquezas, ha sabido dar gracias a Dios por haber hecho bueno mi corazón, y no busca sino la única cosa necesaria: amar a Dios, conocer el amor para tener las verdaderas riquezas acá en la tierra y más allá. Te prometí que te habría dado lo que escogieres. La palabra del rey es cosa sagrada. Vete, pues, con tus piedras y tus rollos: que son piedrecitas de colores y... paja del pensamiento humano. Tu vida conocerá el temor de los ladrones y la preocupación de la polilla. Que los fatuos resplandores de las joyas te desilusionen y el sabor de la ciencia humana, que solo es sabor, pero no alimento, te llene de disgusto. Vete. Este niño se quedará conmigo, y juntos nos esforzaremos en leer el libro que es amor, esto es, Dios. No tendremos los resplandores fatuos de las piedras sin calor, ni el sabor dulzón de paja de las obras del saber humano. Las llamas del Espíritu Eterno nos darán desde acá el éxtasis del paraíso y poseeremos la sabiduría que da más fuerzas que el vino, y que es más nutritiva que la miel. Ven, niño, a quien la sabiduría ha mostrado su rostro para que la desease cual esposa veraz".

El hombre sabio fue echado fuera y se quedó el niño, a quien instruyó en la tierra, y un ciudadano del Reino de Dios en la otra vida.

Esta es la parábola que prometí a los pequeñuelos que también es para los adultos.

 

Por qué razón, oh Israel, estás en tierra enemiga,

 

Profecía sobre lo que le espera a Israel 

y cual es su causa

 

¿Recordáis a Baruc?(Bar.3, 9-4,4) Dice: "Por qué razón, oh Israel, estás en tierra enemiga, envejeces en país extranjero, te contaminas entre cadáveres y eres contado entre los que bajan al sepulcro?" Y responde: "Porque has abandonado la fuente de la sabiduría. Si hubieras caminado por los caminos de Dios habrías vivido en paz y para siempre".

Escuchad, vosotros que os quejáis con frecuencia de estar en el destierro, aun cuando estáis en la patria, que a decir verdad no es nuestra, sino del dominador. Os quejáis de esto y no sabéis que respecto a lo que os espera en lo futuro, es semejante a una gota de posca en comparación del cáliz embriagador que se da a los condenados, y que es amarguísimo, como lo sabéis. El pueblo de Dios sufre porque ha abandonado la Sabiduría. ¿Cómo podéis poseer prudencia, fuerza, inteligencia; cómo podéis siquiera llegar a saber dónde se encuentran, para poder como consecuencia conocer las cosas menores, si no bebéis más en las fuentes de la sabiduría?

 

La Sabiduría está en Dios. 

Es Dios mismo 

Dios abre su pecho para que descienda a vosotros.

 

Su Reino no es de esta tierra, pero la misericordia de Dios os la concede. Ella está en Dios. Es Dios mismo.  Dios abre su pecho para que descienda a vosotros. Israel, que con necia soberbia cree tener prodigios que ha despilfarrado o que se cree todavía rico y exige respeto creyéndose tal, cuando no es más digno que de compasión y burla, ¿tiene todavía el único tesoro, fuera de las riquezas, conquistas, honores que tuvo o tiene?  No. Y pierde los que tiene porque quien pierde la sabiduría, pierde la capacidad de ser grande. Cae de error en error quien no conoce la sabiduría. Israel conoce muchas cosas, aun demasiadas, pero no la Sabiduría.

Dice bien Baruc: "Los jóvenes de este pueblo vieron la luz, habitaron en la tierra, pero no la han conocido los caminos de la sabiduría ni sus senderos. Sus hijos no la han aceptado, y ella se fue lejos".

 

Yo soy la Sabiduría que os habla. 

Tres cuartas partes de Israel no me acogen. 

La Sabiduría se aleja y se alejará cada vez más, 

dejándolo solo...

 

 

Lo que es menester 

para comprender las lecciones de la sabiduría

y poseer la sabiduría

 

¡Lejos de ellos! ¡Los hijos no la acogieron! ¡Palabras proféticas! Yo soy la Sabiduría que os habla. Tres cuartas partes de Israel no me acogen. La Sabiduría se aleja y se alejará cada vez más, dejándolo solo... ¿Y qué harán los que se creen gigantes, y por lo tanto capaces de forzar al Señor a que los ayude, a que les sirva? ¿Serán gigantes útiles a Dios para que funde su Reino? No. Yo con Baruc digo: "Para que funde el verdadero Reino, no escogerá a estos soberbios, sino que los dejará que mueran en su necedad" fuera de sus caminos. Porque para subir al cielo con el espíritu y comprender las lecciones de la sabiduría es menester un espíritu humilde, obediente y sobre todo "amor" porque la Sabiduría habla con su lenguaje, esto es, lenguaje del amor, porque ella es Amor. Para conocer sus senderos es menester una mirada limpia y humilde, libre de la triple concupiscencia. Para poseer la sabiduría es menester comprarla con dinero viviente: las virtudes. 

 

Yo vine a explicar la sabiduría,  

a conversar con los hombres, 

a introduciros en la sala de los tesoros eternos, 

a tomar mi esposa, la Humanidad, 

para que esté conmigo en el cielo, 

para que se embriague con la verdadera Vid 

de la que los racimos absorben la Vida.

 

Esto no tenía Israel y Yo vine a explicar la sabiduría, para llevaros a su camino, para sembrar en vuestro corazón las virtudes. Porque Yo todo lo conozco y todo lo sé, y he venido a enseñar esto a Jacob, mi siervo, y a Israel, mi amado. He venido a la tierra a conversar con los hombres, Yo, Palabra del Padre, a tomar de la mano a los hombres, Yo, el Hijo de Dios y del hombre, Yo, Camino de Vida. Vine a introduciros en la sala de los tesoros eternos. Yo, a quien el Padre ha dado todo. He venido, Yo Amante eterno, a tomar mi esposa, la Humanidad, a quien quiero elevar hasta mi trono para que esté conmigo en el cielo y para introducir en las salas del vino para que se embriague con la verdadera Vid de la que los racimos absorben la Vida. Pero Israel es la esposa holgazana y no se levanta del lecho para abrir al que ha llegado. Y el Esposo se va. Pasará. Está por pasar. Israel después lo buscará en vano, y no encontrará la caridad misericordiosa de su Salvador, sino los carros de guerra de los dominadores y será aplastado con su soberbia y extinguida su vida, después que quiso aplastar aun el misericordioso querer de Dios.

 

Los caminos falsos por los que navega Israel

 

Una sola cosa es necesaria, Israel: 

poseer la sabiduría, 

aun a costo de la vida. 

 

Porque la vida no es la cosa más preciosa. 

Vale más perder cien vidas que perder la propia alma."

 

¡Oh, Israel que pierdes la verdadera Vida por conservar una ilusión mentirosa de poder! ¡Oh, Israel que crees salvarte y quieres salvarte por caminos que no son de la sabiduría y te pierdes vendiéndote a la mentira y al delito. ¡Israel náufrago que no te aferras al sólido salvamento que se te arroja, sino a restos de tu quebrantado pasado, y la tempestad te arrastra a otras partes, lejos, a un mar espantoso y tenebroso. Oh, Israel, ¿de qué te vale salvar tu vida, o presumir de salvarla por una hora, un año, diez años o varios decenios, a costa de un crimen, para luego perecer para siempre? ¿Qué son la vida, la gloria, el poder? Burbuja de agua sucia en la superficie de un desagüe de lavadero, iridiscente, no porque haya sido hecha de piedras preciosas, sino de la grasa sucia que con el nitro se infla en espuma destinada a reventar, sin que nada quede, fuera de una mancha de agua puerca. Una sola cosa es necesaria, Israel: poseer la sabiduría, aun a costo de la vida. Porque la vida no es la cosa más preciosa. Vale más perder cien vidas que perder la propia alma."

Jesús ha terminado en medio de un silencio de admiración. Trata de abrirse paso y de irse... Pero los niños le piden que les dé el beso de despedida. Y los adultos le dicen que los bendiga. Después de esto, se va acompañado de Cleofás y Hermas de Emmaús.

IX. 522-528

A. M. D. G.