JUDAS Y LOS ENEMIGOS DE JESÚS

 


 

#Unos amigos de Judas quieren habla con él   

#Judas va camino de la casa donde se tiene que encontrar con sus amigos entre los que está Caifás   

#Caifás dice los nombres y yo los escribo. Termina: "... reunidos están aquí para juzgarte."   

#Bueno ¿Qué has hecho del dinero? ¿Qué cosa nos dices, sabio hombre, que todo lo puedes? ¿Habla pronto y bien?. ¿Dónde está tu trabajo? Eres mentiroso, charlatán, bueno para nada. ¿Dónde está la mujer?   

#Para arruinarme el alma, ¡asesinos de un alma! Para convertirme en un fraudulento, en uno que no tiene paz, en uno que sabe que sospechan de él tanto Jesús, como los compañeros.   

Lo prenden, lo sacuden, furiosos también ellos, como que lo aterrorizan... Caifás le grita en su cara: "Está bien. Así es. Y así son las cosas. Tenemos derecho de defender lo que es nuestro   

#Entonces, ¡lárgate de aquí, mujercilla vestida de hombre! ¡Malnacido, bestia, lárgate, lárgate! Lo haremos nosotros   

#"Mi padre no hablará más. Ha muerto" dice lentamente Simón.    

#"¿Y la mujer? ¿Dónde está la mujer? ¿Qué dijo? ¿Qué hizo? ¿Lo sabes?"   

#"Repite el mismo juramente de que nos servirás a nosotros solos..." ¡Ah, eso no, malditos! ¡Eso no! Os juro que no os he traicionado y que no os denunciaré al Maestro.   

#Para ellas el Galileo es uno de ellos, no más. Les sirve para matar sus ratos de ocio.¡Paciencia si queremos lograr algo! Paciencia y astucia. También valor.

 


 

No veo a Jesús, ni a Pedro, ni a Judas de Alfeo, ni a Tomás. Veo a los otros nueve que caminan en dirección del suburbio de Ofel.

La gente que hay por la calle, no es la multitud de las fiestas de Pascua, Pentecostés y Tabernáculos. Más o menos es la misma de la ciudad. Se ve que las Encenias no eran muy importantes y no exigían la presencia de los hebreos en Jerusalén. Sólo los que por casualidad se encontraban en la ciudad, o bien, los de las poblaciones cercanas, venían a la ciudad para subir al Templo. Los demás, sea por la estación o por el carácter propio de la fiesta, se quedaban en sus ciudades y en sus casas.

Pero muchos discípulos, los que por amor del Señor han abandonado casa u parientes, intereses y trabajos, están en Jerusalén y se han unido a los apóstoles. Con todo, no veo a Isaac, Abel, Felipe, Nicolás, que habían ido a acompañar a Sabea a Aera. Hablan amigablemente, contando y oyendo contar lo que pasó en el tiempo en que estuvieron separados. Se podría afirmar que han visto al Maestro, tal vez en el Templo, porque no se sorprenden de su ausencia. Caminan despacio, y de cuando en cuando se detienen como a esperar a alguien, mirando ya adelante, ya atrás, por los caminos que de Sión llegan al que conduce a las puertas meridionales de la ciudad.

 

Unos amigos de Judas quieren habla con él

 

Dos veces Judas, que viene atrás de todos haciendo de orador a un grupo pequeño de discípulos llenos de buena voluntad, pero no de ciencia, le llaman por su nombre algunos judíos que siguen el grupo pero sin mezclarse con él, no sé con qué intenciones o encargos. Y las dos veces Iscariote mueve los hombros sin volverse. Pero la tercera vez lo tiene que hacer, porque uno de ellos deja su grupo, y toma a Judas de la manga, obligándolo a detenerse: "Ven aquí por un momento, que tenemos que hablarte."

"No tengo tiempo, ni puedo" responde secamente Judas.

"¡Ve, ve! Te esperamos. Mientras que no veamos Tomás, no podemos dejar la ciudad" le dice Andrés que está cerca de él.

"Está bien. Seguid. Pronto os alcanzo" dice Judas sin ganas de hacer lo que se le pide.

Quedado solo, pregunta al que lo importunó: "¿Qué? ¿Qué se te ofrece? ¿Qué queréis? ¿No podéis dejar de molestarme?"

"¡Oh, qué aire te das! Pero cuando te llamamos para darte dinero, entonces sí que no te molestamos. ¡Eres un pedante! Pero hay alguien que te puede hacer bajar la cabeza... Recuérdalo."

"Soy libre y ..."

"No. No lo eres. Libre es al que de ningún modo podemos hacer esclavo. Tú sabes su nombre. ¡Tú!... Tú eres esclavo de todo y de todos, y en primer lugar de tu orgullo. En pocas palabras, si no vienes antes de la hora de sexta a casa de Caifás, ¡ya te podrás componer! ¡Ay de ti!" Es un "¡ay!" verdaderamente milagroso.

"Está bien. Iré. Pero sería mejor que me dejaseis en paz, si queréis..."

"¿Qué cosa? No haces más que prometer, pero, en la realidad, nada..." Judas se desprende de un tirón del que lo tenía de la manga, y al correr dice: "Hablaré cuando esté allí."

Alcanza a los de su grupo. Está pensativo y un poco de mal humor. Andrés preocupado le pregunta: "¿Malas noticias? ¿No, eh? Tal vez tu madre..."

Judas, que al principio le echó unos ojos, dispuesto a darle una dura respuesta, cortésmente le responde: "Es verdad. Pocas buenas noticias... Sabes... la estación... Ahora... que me ha llegado a la mente una orden del Maestro. Si ese hombre no me hubiera detenido, me hubiera olvidado hasta de ella... Me recordó el lugar donde vive, y al oír el nombre me acordé del encargo. Bueno, cuando vaya a cumplir el encargo, iré también a la casa de ese hombre y me enteraré mejor..."

Andrés que es sencillo y honrado, está muy lejos de sospechar que su compañero pueda mentir. Le dice afanoso: "Vete, vete al punto. Lo diré a los demás. ¡Vete, vete! Y quítate esa ansia..."

"No, no. Debo esperar a Tomás, por lo del dinero. Unos momentos más o unos momentos menos..."

Los otros que se habían parado a esperarlos, los ven venir.

"Judas ha tenido malas noticias" dice preocupado Andrés.

"Es verdad, pero cuando vaya al encargo, me enteraré mejor..."

"¿De qué cosa?" pregunta Bartolomé.

"Ved a Tomás que viene corriendo" dice al mismo tiempo Juan, y esto sirve para que Judas no responda.

"¿Os hice esperar? ¿Mucho? Es que quise hacerlo bien... Y lo logré. Mirad qué bonita bolsa. Para los pobres. El Maestro estará contento."

"La necesitábamos. No teníamos ni siquiera un céntimo que dar a los pobres" dice Santiago de Alfeo.

"Dámela" dice Iscariote tendiendo la mano para coger la bolsa que se columpia en la de Tomás.

"Jesús me encargó lo de la venta y tengo que entregarle el dinero en sus manos."

"Le dirás lo que valió. Ahora dámela, que tengo prisa de irme."

"No. No te la puedo dar. Jesús me dijo cuando íbamos por el Sixto: "Luego me das el dinero". Y así lo voy a hacer."

"¿De qué tienes miedo? ¿De que tome algo o de que te quite el mérito de la venta? En Jericó también vendí, y bien. Hace años que soy el encargado del dinero. Es mi derecho."

"¡Oh! Oye, si quieres pelear por esto, tenla. Cumplí con mi encargo y lo demás no me preocupa. Tenla, tenla. ¡Hay cosas mucho más hermosas que esto!..." y Tomás entrega la bolsa a Judas.

"Bueno... si el Maestro ha dicho..." objeta Felipe.

"¡No sutilices! Más bien vamos ahora que estamos todos juntos. El Maestro ordenó que estuviésemos en Betania antes de sexta. Apenas si alcanza el tiempo" sugiere Santiago de Zebedeo.

"Entonces os dejo. Adelantaos. Voy y regreso."

"¡No, después! Dijo muy claro: "Estad todos juntos" " objeta Mateo.

"Todos vosotros juntos. Pero yo tengo que irme. Ahora que tuve noticias de mi madre..."

"La cosa se puede interpretar también así, sobre todo si tuvo órdenes que no sepamos..." dice Juan con tono conciliador.

Menos Andrés y Tomás, todos los demás no quieren que se vaya. Al fin ceden diciendo: "Está bien, vete. Pero date prisa y sé prudente..."

Judas parte por un vericueto que lleva al monte Sión, mientras los otros continúan su camino.

"No estuvo bien eso. El Maestro había ordenado: "Estar siempre juntos y sed buenos". "Hemos desobedecido al Maestro. Siento remordimiento" dice después de unos pocos minutos Zelote.

"Lo mismo pienso yo..." confiesa Mateo.

Los apóstoles se reúnen en un grupo cuando tienen que decidir sobre algo. He notado que los discípulos se separan siempre con respeto, cuando se reúnen ellos a discutir.

Bartolomé propone: "Hagamos así. Digamos a éstos que nos siguen que se vayan. Sin esperar a que nos encontremos en el camino que lleva a Betania. Nos dividiremos en dos grupos y nos pondremos a esperar a Judas. Unos en la parte inferior, otros en la alta. Los más ligeros en la inferior, los otros en la superior. Si el Maestro nos precediere, nos verá llegar juntos, porque fuera de Betania un grupo esperará al otro"

Se acepta la proposición. Despiden a los discípulos. Siguen juntos hasta donde se puede doblar hacia Getsemaní y tomar el camino superior del monte de los Olivos. Costeando el Cedrón, se toma el camino inferior que lleva a Betania y Jericó.

 

Judas va camino de la casa donde se tiene que encontrar 

con sus amigos entre los que está Caifás

 

Entre tanto Judas corre como si lo persiguiesen. Por un tiempo continúa subiendo por el sendero que lleva a la cima de Sión en dirección al poniente, luego dobla por otro más estrecho, como una vereda, que en lugar de subir, baja hacia el sur. Lleva aire sospechoso. Corre, y de vez en cuando se voltea como asustado. Tiene miedo como de que alguien le siga. La vereda, tortuosa entre los recodos de las casas construidas sin ningún plan previo, conduce a un lugar extenso. Hay una colina al otro lado del valle, más allá de las murallas. Una colina baja cubierta de olivos, más allá del seco y pedregoso valle de Innón. Judas corre ligero pasando entre los cercados que sirven de límite a los huertecillos de las últimas casas que están cerca de la muralla, las pobres chozas de los pobres de Jerusalén. Pero no toma para salir de la ciudad por la puerta de Sión que tiene cerca, sino que corre hacia arriba, hacia otra puerta, un poco al occidente. Está fuera de la ciudad. Trota como un potro para darse prisa. Pasa como viento cerca de un acueducto; después cerca de las cuevas lúgubres de Innón donde viven los leprosos a cuyos lamentos se hace sordo. Es claro que busca los lugares que otros esquivan. Directo va hacia la colina cubierta de olivos, la única al sur de la ciudad. Lanza un suspiro de alivio cuando está a las faldas y apresura el paso, se arregla el capucho, la faja, los vestidos que se había levantado, se lleva la mano a la frente, como para hacer sombra y mirar mejor, porque el sol le da sobre los ojos. Mira hacia la parte oriental, donde está el camino inferior que lleva a Betania y Jericó. Pero no ve nada que lo perturbe. Antes bien un recodo de la colina le sirve de valla, entre él y el camino. Sonríe. Empieza a subir despacio, para no sofocarse. Entre tanto piensa. Y entre más piensa, su cara se oscurece más. Habla consigo mismo pero en voz baja. A un cierto punto se detiene, saca la bolsa del seno, la mira, y después de haber tomado una parte que mete en su bolsillo se la vuelve a meter. De este modo la bolsa se ve menos.

 

Caifás dice los nombres y yo los escribo. Termina: "

... reunidos están aquí para juzgarte."

 

Hay una casa entre los olivos. Es bella. La más bella de la colina, pues las otras casuchas que hay por la falda, no sé si dependan de ella o sean independientes, el caso es que son pobres. Llega a través de una cierta clase de sendero arenoso entre olivos, puestos a distancia y en orden. Llama a la puerta. Se hace reconocer. Entra. Seguro atraviesa el vestíbulo, va a un patio cuadrado a cuyos lados hay muchas puertas. Empuja una de ellas. Entra en una amplia sala donde hay diversas personas y se ve la cara socarrona y al mismo tiempo odiosa de Caifás, la del ultrafariseo Elquías, la de garduña del sanedrista Félix, junto con la viperina de Simón. Más allá está Doras, el hijo de Doras, que se parece cada vez más a su padre; con él están Cornelio y Tolmai. Están también los escribas Sadoc y Cananías, viejo en años, apergaminado, pero como si fuera un joven perverso, Colascebona el Anciano, Natanael ben Faba, y luego un cierto Doro, un tal Simón, un tal José, uno llamado Joaquín, personas que no había yo conocido. Caifás dice los nombres y yo los escribo. Termina: "... reunidos están aquí para juzgarte."

Judas tiene una cara rara: de miedo, odio, violencia. Pero calla. No hace gala de su altivez. Lo rodean burlones y casa uno habla lo que se le antoja.

 

¿Bueno? ¿Qué has hecho del dinero? ¿Qué cosa nos dices, 

sabio hombre, que todo lo puedes? Habla pronto y bien. 

¿Dónde está tu trabajo? 

Eres mentiroso, charlatán, bueno para nada. 

¿Dónde está la mujer? 

 

"¿Bueno? ¿Qué has hecho del dinero? ¿Qué cosa nos dices, sabio hombre, que todo lo puedes? Habla pronto y bien. ¿Dónde está tu trabajo? Eres mentiroso, charlatán, bueno para nada. ¿Dónde está la mujer? ¿Ni siquiera te quedaste con ella? Y así en lugar de servirnos, le sirves a Él, ¿no es verdad? ¿Es así como nos ayudas?" Son cargos pletóricos de ira, de amenaza. Son gritos de reproche, y se oyen otras cosas que no logro captar.

Judas los deja que se desgañiten. Cuando ya lo están y sin aliento, habla: "Hice lo que pude. ¿Qué culpa tengo si es un hombre a quien nadie puede hacer pecar? Dijiste que queríais conocer su virtud. Os he demostrado que no peca. Por esto os ayudé. ¿Lograsteis algo? ¿Lo pusisteis en la silla del acusado? No. De cada tentativa vuestra de hacerlo aparecer como pecador, de que caiga en el garlito, ha salido más victorioso que antes. Entonces si no lo habéis logrado, pese a vuestro odio, ¿debía lograrlo yo, que no lo odio, que soy un imbécil por seguir a un pobre inocente, demasiado santo para poder ser rey, y rey que destruya sus enemigos? ¿Qué mal me ha hecho Él para que yo se lo haga? Hablo así porque pienso que lo odiáis hasta verlo muerto. No puedo persuadirme que queráis sólo convencer al pueblo de que es un loco, y persuadirnos a nosotros, y a Él, de ello, de que le tenéis compasión. Sois demasiado venenosos conmigo y demasiado enfurecidos por verlo superior al mal, para que lo pueda yo creer. Me habéis preguntado que qué hice de vuestro dinero. Lo empleé  en lo que sabéis. Tuve que gastar y gastar dinero para convencer a la mujer... No lo logré con la primera y..."

"Cállate la boca. Nada de eso es verdad. Esa estaba loca por Él y no cabe duda que inmediatamente fue. Tú mismo dijiste que ella te lo había confesado. Eres un ladrón. ¡Quién sabe para qué usaste nuestro dinero!"

 

Para arruinarme el alma, ¡asesinos de un alma! 

Para convertirme en un fraudulento, en uno que no tiene paz,

 en uno que sabe que sospechan de él tanto Jesús, 

como los compañeros.

 

"Para arruinarme el alma, ¡asesinos de un alma! Para convertirme en un fraudulento, en uno que no tiene paz, en uno que sabe que sospechan de él tanto Jesús, como los compañeros. Tenedlo presente: Él me ha descubierto... ¡Oh, si me hubiera arrojado! Pero no lo ha hecho, no. ¡Me defiende, me protege, me ama!... ¡Vuestro dinero! Pero, ¿por qué tomé el primer céntimo?"

"Porque eres un malvado. Entre tanto te lo chupaste, y ahora gimoteas por habértelo acabado. ¡Vil habías de ser! Y ahora nada se ha logrado. Las multitudes aumentan a su alrededor y cada vez se sienten más atraídas. Nuestra ruina se aproxima, y ¡eso por culpa tuya!"

"¿Mía? ¿Por qué entonces no os atrevisteis a aprehenderlo y acusarlo de que quería hacerse rey? Me dijisteis que lo intentasteis, pese a que os había dicho que era inútil, porque Él no tiene hambre de poder. ¿Por qué no lo indujisteis a pecar contra su misión, si sois tan bravos?"

"Porque se nos escapa de las manos. Es un demonio que se esfuma como el humo, cuando quiere. Es como una serpiente: fascina, no se puede hacer nada, si mira a uno."

"Si mira a sus enemigos, a vosotros. Porque sé que si mira a los que no lo odian con todas sus fuerzas, como vosotros lo hacéis, entonces su mirada conmueve, impele a hacer al bien. ¡Oh, esa mirada! ¿Por qué me ha de mirar a mí así, yo que soy un monstruo por culpa mía y culpa vuestra que me hacéis lo sea diez veces más?"

"¡Cuánta palabrería! Nos aseguraste que tratándose del bien de Israel nos ayudarías. ¿No comprendes, maldito, que este hombre es nuestra ruina?"

"¿Nuestra? ¿De quien?"

"¡De todo el pueblo! Los romanos..."

"No. Es sólo la vuestra. Tenéis miedo de vuestra piel. Sabéis que Roma no intervendrá en contra nuestra por causa de Él. Lo sabéis como lo sé yo y como lo sabe el pueblo. Tembláis porque sabéis, porque tenéis miedo de que os arroje fuera del Templo, del reino de Israel. Y haría bien. Haría muy bien en limpiar su era de vosotros, hienas inmundas, apestosas, áspides..." Está furioso.

 

Lo prenden, lo sacuden, furiosos también ellos, 

como que lo aterrorizan... 

Caifás le grita en su cara: "Está bien. Así es. 

Y así son las cosas. 

Tenemos derecho de defender lo que es nuestro

 

Lo prenden, lo sacuden, furiosos también ellos, como que lo aterrorizan... Caifás le grita en su cara: "Está bien. Así es. Y así son las cosas. Tenemos derecho de defender lo que es nuestro. Se ha visto que las cosas pequeñas no bastan ya para persuadirlo a que huya, a que deje libre el campo. Ahora lo haremos nosotros mismos, sin servirnos de ti, pedazo de imbécil, charlatán. Y cuando hayamos dado a Él su merecido, no dudes que te daremos el tuyo..."

Elquías tapa la boca a Caifás, y con su flema fría, de sierpe venenosa, dice: "No, no así. Exageras, Caifás. Judas ha hecho lo que pudo. No debes amenazarlo. ¿En el fondo no son sus intereses los nuestros?"

"¡Pero eres un idiota, Elquías! ¿Qué yo tenga los intereses de éste? ¡Yo quiero que a Él se le arroje! Judas quiere que triunfe para que triunfe con Él. Tú dices..." aúlla Simón.

"¡Paz, paz! Siempre decís que soy riguroso. Pero hoy soy el único magnánimo. Hay que comprender y compadecer a Judas. Él nos ayuda como puede. Es buen amigo, pero, claro, también lo es del Maestro. Su corazón está afligido... Quisiera salvar al Maestro, salvarse a sí y salvar a Israel... ¿Cómo pueden conciliarse ciertas cosas opuestas entre sí? Dejémoslo que hable."

La jauría se clama. Judas puede finalmente hablar. Dice: "Elquías tiene razón. Yo... ¿Qué queréis de mí? Todavía no lo comprendo. He hecho lo que he podido. No puedo hacer más. Es demasiado grande Él para mí. Me lee el corazón... y no me trata como merezco. Soy un pecador y Él lo sabe y me absuelve. Si fuese menos vil, debería... Matarme debería para hacerme incapaz de causarle algún mal." Judas se sienta, abatido. Con la cara entre las manos, los ojos fuera de sus órbitas, fijos en el vacío. Se ve claramente que sufre, presa de instintos contrarios...

"¡Loco! ¿Qué quisiere que sepa? Haces así porque te has arrepentido de abrirte paso" exclama el llamado Cornelio.

"¿Y si así fuese? ¡Oh, si así fuese! ¡Si estuviese realmente arrepentido y fuese capaz de permanecer así!..."

"¿Lo veis? ¡Lástima de nuestro dinero!" grazna Cananías.

"Estamos con alguien que no sabe lo que quiere. Hemos escogido a alguien que es peor que un imbécil!" les echa en cara Felipe.

"¿Imbécil? ¡Un fantoche, deberías decir! Lo jala con un hilo el Galileo y se va con Él. Lo jalamos nosotros y se viene con nosotros" grita Sadoc.

"Bueno, si sois tan buenos y más bravos que yo, arreglaos vosotros mismos. De hoy en adelante no me intereso más. No esperéis ni un mensaje, ni una palabra. No podré hacerlo, porque sospecha ya de mí y me vigila..."

"¿No dijiste que te absuelve?"

"Así es. Y precisamente porque todo lo sabe. ¡Todo, todo, lo sabe, oh!" Judas se oprime la cara con las manos.

 

Entonces, ¡lárgate de aquí, mujercilla vestida de hombre!

 ¡Malnacido, bestia, lárgate, lárgate! Lo haremos nosotros

 

"Entonces, ¡lárgate de aquí, mujercilla vestida de hombre! ¡Malnacido, bestia, lárgate, lárgate! Lo haremos nosotros. Y ten cuidado, ten cuidado de chistarle una palabra, porque nos la pagarás."

"¡Me voy, me voy! ¡Hubiera sido mejor no haber venido! Pero acordaos de lo que ya os he dicho. Simón, El encontró a tu padre; y a tu primo, Elquías. No creo que Daniel haya hablado. Estaba yo presente y no los vi que hubiesen hablado aparte. ¡Pero tu padre! No habló nada, por lo que dicen mis condiscípulos. Ni siquiera ha revelado tu nombre. Se limitó a decir que su hijo lo había arrojado porque amaba al Maestro y no aprobaba tu conducta. Pero dijo que nos veíamos, que voy a tu casa... Y podría decir lo demás. Tecua no está en los confines del mundo... No digáis después que yo hablé, cuando ya muchos conocen vuestras intenciones."

 

"Mi padre no hablará más. Ha muerto" 

dice lentamente Simón. 

 

"Mi padre no hablará más. Ha muerto" dice lentamente Simón. 

"¿Muerto? ¿Lo has matado? ¡Horror! ¡Por qué te dije dónde estaba!..."

"Yo no he matado a nadie. No me he movido de Jerusalén. Hay muchas maneras de morir. ¿Te causa admiración que un viejo, y un viejo que va a exigir dinero de los comerciantes no sea amenazado? Por lo demás... fue su culpa. Si se hubiera estado quieto; si no hubiera abierto ojos y orejas, ni usado su lengua, todavía se le veneraría y se le serviría en casa de su hijo..." dice Simón con una lentitud que saca de quicio.

"En una palabra... ¡lo mandaste matar! ¡Parricida!"

"Estás loco. Al viejo le pegaron, se cayó, se pegó en la cabeza y murió. Una desgracia. Sencillamente una desgracia. Peor para él que le tocó pedir el peaje a un malandrín..."

"Te conozco, Simón. No puedo creer... Eres un asesino..." Judas está pálido.

El otro se ríe en su cara, repitiendo: Deliras. Ves crímenes donde sólo hubo una desgracia. Tan sólo ayer lo supe y tomé las providencias para el caso. Para vengarme, y para dar los honores. Si pude honrar su cadáver, no pude aprehender al asesino. Sin duda que fue algún ladrón, salido de Adomín a despachar a sus presas en las plazas... ¿Quién lo va aprehender ahora?"

"No lo creo... No lo creo... ¡Largo, largo! ¡Dejadme ir!..." Recoge el manto que se le había caído y hace por salir.

 

 "¿Y la mujer? ¿Dónde está la mujer? ¿Qué dijo? ¿Qué hizo? 

¿Lo sabes?"

 

Pero Cananías lo ase con su mano de rapiña: "¿Y la mujer? ¿Dónde está la mujer? ¿Qué dijo? ¿Qué hizo? ¿Lo sabes?"

"No sé nada... Dejadme ir..."

"¡Mientes! ¡Eres un fraudulento!" aúlla Cananías.

"No sé. Lo juro. Fue. Esto es verdad, pero ninguno la vio, ni siquiera yo que tuve que partir inmediatamente con el Rabí. Tampoco mis compañeros. Hábilmente les he preguntado... He visto las joyas destruidas, que Elisa llevó a la cocina... otra cosa no sé. ¡Lo juro por el Altar y el Tabernáculo!"

"¿Y quién te va a creer? Eres un vil. Como traicionas al Maestro, también puedes traicionarnos. Pero ¡ten cuidado!"

"No traiciono. ¡Lo juro por el Templo de Dios!"

"Eres un perjuro. Tu cara lo está diciendo. Sirves a Él y no a nosotros..."

"No. Lo juro por el Nombre de Dios."

"¡Dilo si te atreves a revalidar tu juramento!"

"¡Lo juro por Yeové!" y se pone negruzco al pronunciar el Nombre de Dios. Tiembla, balbucea, no sabe ni siquiera decir cómo se pronuncia. Parece como que la "jota" la pronuncie con fuerza. La "v" muy raspada, como si terminase en aspiración. Creo que sería más o menos de este modos: Keoqveh. De todos modos es una pronunciación rara.

 

"Repite el mismo juramente de que nos servirás 

a nosotros solos..." 

¡Ah, eso no, malditos! ¡Eso no! Os juro que no os he traicionado 

y que no os denunciaré al Maestro.

 

Un silencio de terror cunde por toda la sala. Hasta se han separado de Judas... Después Doras y otros dicen: "Repite el mismo juramente de que nos servirás a nosotros solos..."

"¡Ah, eso no, malditos! ¡Eso no! Os juro que no os he traicionado y que no os denunciaré al Maestro. Y ya cometo un pecado. Pero mi destino no lo uno al vuestro. Vosotros, que el día de mañana, aprovechando mi juramento,  podríais imponerme... cualquier cosa, hasta un crimen. ¡No! Denunciadme como sacrílego al Sanedrín, denunciadme como asesino a los romanos. No me defenderé. Dejaré que me maten... Y tendré una buena suerte. Pero no juro más... no más..." Se libra con esfuerzos violentos de quienes lo tienen asido, y huye gritando: "Tened en cuenta que Roma os sigue los pasos que Roma ama al Maestro..." Un fuerte aventón de puerta que retumba en la casa, es la señal de que Judas ha salido de la cueva de lobos.

Se miran mutuamente... La rabia... y tal vez el miedo, los ha puesto pálidos... Y como no pueden vomitar su ira y miedo contra nadie se trenzan entre sí. Cada uno trata de echar la responsabilidad sobre el otro de lo sucedido y de sus consecuencias posibles. Quien reprocha en una forma, quien en otra. Quien por lo que pasó, quien por lo que está por venir. Quien grita: "Fuiste tú el que quisiste seducir a Judas"; y quien: "Habéis hecho mal en haberlo tratado en esa forma. ¡Os habéis descubierto!"; quien propone: "Vamos detrás de él, con dinero, con excusas..."

"¡Ah, eso no!" chilla Elquías que es a quien más culpan. "Dejadme a mí y veréis que tengo pesquis. Judas sin dinero se pone manso. ¡Oh, manso como un cordero!" y lo dice con su sonrisa viperina. "Hoy, mañana, durante un mes mantendrá su palabra... Pero después... Es demasiado vicioso para poder vivir en la pobreza que le da el Rabí... y vendrá a nosotros... ¡Ja, ja! ¡Dejádmelo a mí! ¡Dejadme todo! Yo sé..."

"Bueno. Pero entre tanto... ¿Oíste, no? Los romanos nos espían. Los romanos lo aman. Y es verdad. Esta mañana, como ayer y antier, lo esperaron en el patio de los gentiles. Siempre están allí las mujeres de la torre Antonia... Vienen hasta de Cesarea a escucharlo..."

 

Para ellas el Galileo es uno de ellos, no más. 

Les sirve para matar sus ratos de ocio.

¡Paciencia si queremos lograr algo! Paciencia y astucia.

 También valor.

 

"¡Caprichos de mujeres! No me preocupan. Es hermoso. Habla bien. Ellas están locas por los charlatanes demagogos y filósofos. Para ellas el Galileo es uno de ellos, no más. Les sirve para matar sus ratos de ocio.¡Paciencia si queremos lograr algo! Paciencia y astucia. También valor. Pero no lo tenéis. Queréis hacer algo, pero no mostraros. Ya os he dicho lo que haría yo, pero no aceptáis...."

"Tengo miedo al pueblo. Lo ama mucho. Amor aquí, amor allí... ¿Quién lo va a tocar? Si lo arrojamos, nos arrojarán también... Es menester..."dice Caifás.

"Es menester no dejar pasar más la ocasión. ¡Cuántas hemos perdido! A la primera que se nos presente, hay que convencer aún a los que de nosotros están inciertos, y luego vérnoslas también con los romanos."

"Eso se dice en un instante, ¿pero cuándo y dónde tuvimos ocasión de hacerlo? Él no peca, no aspira al poder, no..."

"Si no hay motivo, se inventa... Ahora vámonos. Mañana lo vigilaremos... El Templo es nuestro. Afuera manda Roma. Afuera está el pueblo para defenderlo, pero dentro del Templo..."

IX.688-697

A. M. D. G.