LAMENTO DE LA VIRGEN

 


#"Jesús, Jesús, ¿dónde estás? ¿Me oyes todavía? ¿Oyes a tu pobrecita Mamá? 

  #Tú, tan grande, Tú, el Potente reducido a un germen de hombre por la salvación del mundo.  

#Creía haber conocido el abismo del dolor... 

#Pero, ¡cómo! Tu que todo lo sabes, pues eres la Sabiduría infinita ¿no conoces lo acerbo del dolor de tu mamá?  

#Jesús, no puedo estar aquí sola, mientras tú allá lo estás. 

  #¿Quieres que te diga cómo dormías?  

#Mirad, ¡oh hombres!, con qué habéis atravesado a Dios, a mi Hijo. Os debo perdonar. Os debo amar. 

  #Simeón había dicho: "Una espada atravesará tu corazón. ¿Una espada? ¡Una selva de ellas!  

#¡Oh Dios, Dios! ¡Cuántas heridas tiene tu Hijo, mi Hijo! 

 #Una vez te caíste en el huerto de Nazaret y te heriste la frente.  

#Otra vez cuando aprendías a trabajar, te heriste con la sierra.  

#¡Oh, esos golpes! ¡Esos golpes! ¿Cómo no se desplomó el cielo ante aquellos golpes sacrílegos dados en la carne de un Dios?  

#Y cuando te levantaron en la cruz. ¡Cuánto debiste haber sufrido, Hijo santo! 

  #Hoy mismo lo dijiste: "¡Mamá, Mamá!". Pero tu Mamá no podía sino verte morir.  

#¡Vuelve, vuelve, querido Hijo, santo Hijo! Me muero.  

#Lo que me hace gritar es tu abandono. No te siento más. ¿Dónde estás, Padre santo? Era la "Llena de Gracia"  

#¿Pueden acaso los ángeles mentir? ¿Y Ana que me aseguró que me habrías enviado tu ángel en la hora del dolor? 

  #No debías...¡Oh, perdón, Padre! ¡Perdón, Padre santo! Perdona a una Madre que llora por su Hijo...  

#¡Pobre corazón de Jesús, que te amó tanto! ¿Dónde está la señal de la herida del corazón? Mírala. 

  #¡Jesús, piedad! ¡Una señal de tu parte! 

  #Un fuerte golpe a la puerta hace que todos se sobresalten.. Nique trae el Santo Sudario a la Virgen  

#"En el Calvario... Vi al Salvador en tal estado... Había preparado el velo con que se cubriese y no usase los harapos de los verdugos...  

#Al volver en mí, quise besar este lienzo he visto..., ¡oh! en él la Faz del Redentor..."  

#"¡Oh, un solo regalo me puede consolar! Y es la sonrisa de su rostro..." "¡Madre!" "El regalo es ese..." 

  #"¡Oh, Padre! ¡Dios Altísimo! ¡Hijo santo! ¡Eterno Amor! ¡Sed benditos! ¡La señal! ¡La señal que te había pedido! 

  #María de nuevo está sola. Su alma traba un coloquio con la Faz de su Hijo. Todos se retiran  

#¿pero quién nos da los aromas?"En nuestro palacio hay muchos vasos con esencias, y hasta incienso. Voy a traerlos" 

  #María llama a Juan."Madre, ¿qué te pasa?" "Estos golpes..." "¡Ah!... perdonad... no hagáis ese ruido... 

  #María contempla el rostro del sudario y se extasía  

#La Magdalena confiesa su fe "¡Eres fuerte!"dice Juan "Siempre. Lo fui cuando supe desafiar al mundo, y entonces estaba yo sin Dios.  

#Valeria viene a ofrecer a la Madre el homenaje de Plautina y también de Claudia  

#"Debo superarla. El ha llamado a su reino a los hijos de Israel y a los paganos. A todos ha llamado. 

  #Un gallo de alguna casa cercana alegre canta. Juan se estremece 

 


"Jesús, Jesús, ¿dónde estás? ¿Me oyes todavía? ¿Oyes a tu pobrecita Mamá que ahora invoca tu Nombre santo y bendito, después de haberlo tenido en el corazón por tantas horas? Tu Nombre santo, que ha sido mi amor, el amor de mis labios, que probaban el sabor de miel al pronunciarlo; de mis labios, que ahora, al contrario, al decirlo parece como si bebieran la amargura que de tus labios quedó. Lo amargo de la mezcla... Tu Nombre, amor de mi corazón que se hinchaba de alegría cuando yo lo gritaba, así como había dilatado para dar su sangre, acogerte y vestirte con él, cuando bajaste del cielo a mí, tan pequeñito, tan pequeñito, que podías haberte posado en el cáliz de la menta silvestre.

 

Tú, tan grande, Tú, el Potente reducido a un 

germen de hombre por la salvación del mundo.

 

Tú, tan grande, Tú, el Potente reducido a un germen de hombre por la salvación del mundo. Tu Nombre, ahora dolor de mi corazón, porque te han arrancado de las caricias que te daba Mamá, para echarte en los brazos de los verdugos, que te han atormentado hasta hacerte morir. Tengo el corazón triturado por este Nombre que tuve que encerrar por muchas horas, y cuyo grito crecía según crecía tu dolor, hasta quebrantarlo, como cosa aplastada bajo el pie de un gigante. ¡Oh, que mi dolor es gigante! Me quebranta, me desmenuza y no hay cosa que pueda consolarlo.

¿A quién diré tu Nombre? Ninguna cosa responde a mi grito. Aun cuando gritase, hasta romper la piedra que sirve de puerta a tu sepulcro, no me escucharías, porque estás muerto. ¡No me oyes más! ¡Cuántas veces, en estos treinta y cuatro años no te he llamado, Hijo! Desde que supe que debería ser Madre y que mi pequeñín sería llamado "¡Jesús!". Todavía no habías nacido y yo, al acariciarme mi seno, donde crecías, te llamaba en voz baja: "¡Jesús!", y me parecía que te movías para contestarme: "¡Mamá!" Te soñaba con un cierto timbre de tu voz. Lo oí antes de que nacieses. Y cuando lo oí, delicado como el de un corderito recién nacido, cuando oí que temblaba en la fría noche en que naciste, experimenté el abismo de la alegría... y creí haber probado el abismo del dolor, porque era el llanto de mi Hijo que tenía frío, que estaba mal, y que lloraba por primera vez como Redentor, y yo no tenía fuego, ni cuna, ni podía sufrir en vez de Ti, Jesús. No tenía más que mi seno por fuego y almohada, y mi amor para adorarte, Hijo mío santo.

 

Creía haber conocido el abismo del dolor...

 

Creía haber conocido el abismo del dolor... Era su amanecer. Era el principio. Ahora es el mediodía. Ahora es todo. Este es el abismo que ahora toco, después de haberme descolgado a él durante los treinta y cuatro años, empujada por muchas cosas, y postrada en la cima de tu cruz.

Cuando eras pequeño, te arrullaba cantando: "¡Jesús, Jesús!" Que armonía más santa y bella que este Nombre, que hace sonreír a los ángeles en el cielo. Para mí era más bello que el canto, tan dulce, de los ángeles de la noche de tu nacimiento. Veía dentro de él el cielo, todo el cielo veía a través de tu Nombre. Y ahora al llamarte con El, ahora que estás muerto y no me oyes, ni me respondes, como si nunca hubieras existido, veo el infierno. Todo el infierno. Y también comprendo qué cosa quiera decir ser condenado. Significa no poder decir más: "¡Jesús!" ¡Horror! ¡Horror! ¡Horror!...

¿Cuánto tendrá que soportar tu Mamá este infierno? Tú has dicho: "Dentro de tres días reedificaré este Templo". Hoy es lo que me repito, para no caer muerta, para estar pronta a saludarte cuando regreses y servirte una vez más... ¿Pero cómo lograré saber que estás muerto por tres días? Tres días en la muerte ¿Tú, Tú, Vida mía?

 

Pero, ¡cómo! Tu que todo lo sabes, pues eres la 

Sabiduría infinita ¿no conoces lo acerbo 

del dolor de tu mamá?

 

Pero, ¡cómo! Tu que todo lo sabes, pues eres la Sabiduría infinita ¿no conoces lo acerbo del dolor de tu mamá? ¿No te lo puedes figurar, recordando cuando te perdí en Jerusalén y me viste que me abría paso por entre la gente que te rodeaba, con el rostro de una náufraga que toca la costa después de haber luchado con las ondas, con la muerte; con el rostro de una que sale encadenada, sin sangre, envejecida, despedazada de una tortura? Entonces podía imaginar que estabas tan sólo perdido. Podía engañarme a mí misma que era así. Hoy no. Hoy no. Sé que estás muerto. No es posible engañarme más. He visto que te mataban. Mira: aun cuando el dolor me quitase la memoria, aquí está tu sangre sobre mi velo, que me dice: "¡Ha muerto! No tiene más sangre. ¡Esta fue la última que brotó de su corazón!" ¡De su corazón! Del corazón de mi Niño. ¡De mi Hijo! ¡De mi Jesús! ¡Oh Dios! Dios piadoso, no quieres que me acuerde de que le destrozaron el corazón...

Jesús, no puedo estar aquí sola, mientras tú allá lo estás. A mí que nunca me gustaron los caminos del mundo y las multitudes, lo sabes bien, desde que dejaste Nazaret te he seguido para no vivir lejos de Ti. Hice frente a la curiosidad y a los insultos. No enumero las fatigas porque desaparecían al volverte a ver, porque quería estar donde estabas. Y ahora estoy aquí sola. Y Tú allá también. ¿Por qué no me dejaron en tu sepulcro? Me hubiera sentado cerca de tu helado lecho, tomándote una mano entre las mías, para hacerte sentir que estaba yo cerca... No, para sentir que Tú estabas cerca de mí. Tú no sientes más. ¡Estás muerto!

 

¿Quieres que te diga cómo dormías?

 

Cuántas noches pasé cerca de tu cuna, orando, amando, sintiéndome feliz de Ti. ¿Quieres que te diga cómo dormías? Con los puñitos cerrados como dos capullos juntos a tu carita. ¿Quieres que te diga cómo sonreías en el sueño? Como acordándote de la leche de Mamá, y dormías y aprietas tus labios pequeñuelos como si estuvieran mamando. ¿Quieres que te diga cómo te despertabas y abrías los ojitos y reías al verme inclinada sobre tu rostro? Tendías tus manitas con la alegría impaciente de que se te tomase, y con un gritito dulce como el canto de una curruca, pedías tu alimento. ¡Oh, que si era yo feliz cuando tomabas mi pecho y sentía la tibieza de tus mejillas lisas, y las caricias que tus manecitas hacían a mi mama!

No podéis estar sin tu Mamá. ¡Y ahora estás sólo! Perdóname, Hijo, por haberte dejado solo. Por no haberme rebelado por primera vez en mi vida y por no estar allá. Es mi lugar. Me sentiría menos desamparada, si me hubiera quedado cerca de tu fúnebre lecho, para componerte las vendas como en otro tiempo y cambiártelas... Aun cuando no me pudieras sonreír y hablarme, me hubiera parecido tenerte otra vez cual pequeñín. Te tomaría sobre mi pecho, para que no sintieras el frío de la piedra, lo duro del mármol. ¿No acaso hoy mismo te tuve? El regazo de una madre es siempre capaz de acoger al hijo, aun cuando sea adulto. El hijo es siempre un niño para su madre, aun cuando si ha sido bajado de una cruz, cubierto de llagas y heridas.

¡Cuántas, cuántas heridas! ¡Cuánto dolor! ¡Oh, mi Jesús, mi Jesús herido! ¡Tan herido! ¡Muerto de este modo! No, no. ¡Señor, no! ¡No puede ser verdad! ¡Estoy loca! ¿Muerto Jesús? Deliro. No puede morir. Sufrir, sí. Morir, no. ¡El es la Vida! ¡Es el Hijo de Dios! Y Dios no muere.

¿No muere? ¿Entonces por qué se llamó: "Jesús"? ¿Qué quiere decir "Jesús"?" Quiere decir... ¡Oh, quiere decir: "Salvador"! ¡Ha muerto! Ha muerto, porque es Salvador. Tuvo que salvar a todos, perdiéndose a Sí mismo... No deliro, no. No estoy loca, no. ¡Si lo estuviera sufriría menos! El está muerto. Aquí está su sangre. Aquí su corona. Aquí los tres clavos. ¡Con éstos, con éstos me lo enclavaron!

 

Mirad, ¡oh hombres!, con qué habéis atravesado 

a Dios, a mi Hijo. Os debo perdonar. Os debo amar.

 

Mirad, ¡oh hombres!, con qué habéis atravesado a Dios, a mi Hijo. Os debo perdonar. Os debo amar. Porque El os ha perdonado, porque El me ha dicho de amaros. Me ha hecho vuestra Madre. ¡Madre de los asesinos de mi Hijo! Una de sus últimas palabras, luchando contra el estertor de la agonía... "Madre, he aquí a tu hijo... a tus hijos". Aun cuando no fuera quien obedece, habría debido obedecer hoy, porque fue la orden de un moribundo.

Mira, mira, Jesús. Perdono. Los amo. ¡Ah, se me rompe el corazón al perdonar, al amar! ¿Me oyes que los perdono y que los amo? Ruego por ellos. Mira, ruego por ellos... Cierro los ojos para no ver estos objetos con que te torturaron, para poder perdonarlos, amarlos, para poder rogar por ellos. Cada clavo sirve para crucificar mi voluntad de no perdonar, de no amar, de no rogar por tus verdugos.

Debo, quiero pensar que estoy cerca de tu cuna. Entonces rogaba por los hombres. Cosa fácil era hacerlo. Vivías entonces y yo, aun cuando imaginaba que los hombres podían ser crueles, jamás logré pensar que lo hubieran podido ser tanto, ellos a quien hiciste bien a manos llenas. Oraba, convencida que tu palabra los habría hecho buenos. En mi corazón, al verlos, les decía: "Sois malos; estáis enfermos ahora, hermanos. Pero dentro de poco El os hablará, dentro de poco vencerá en vosotros a Satanás. Os dará la vida perdida". ¡La vida perdida! Tú, Tú, Tú la perdiste la vida por ellos. ¡Jesús mío!

 

Simeón había dicho: "Una espada atravesará tu 

corazón. ¿Una espada? ¡Una selva de ellas!

 

Si cuando estabas en pañales, hubiese podido prever el horror de este día, mi dulce leche se hubiera cambiado en veneno por el dolor. Simeón había dicho: "Una espada atravesará tu corazón. ¿Una espada? ¡Una selva de ellas! ¡Cuántas heridas te han hecho, Hijo! ¡Cuántos gritos de dolor lanzaste! ¡Cuántas convulsiones dolorosas! ¡Cuántas gotas de sangre derramaste! Pues bien, cada una ha sido para mí una espada. Es una selva. En Ti no hay lugar donde tu piel no haya recibido un golpe. En mí no hay lugar que no haya sido atravesado. Las espadas me traspasan el cuerpo y llegan hasta el corazón.

Cuando esperaba tu nacimiento, te preparaba los pañales y las fajas, que hacia del lino más suave de la tierra. Jamás me puse a pensar en el precio, para tejerte lo más delicado. Qué bello eras con las fajas que te hacía tu Mamá. Todos me decían: "¡Oye, tu niño es hermoso!" ¡Eras bello! Por encima del lino blanco asomaba tu cabecita rosada. Tenías dos ojitos más azules que el cielo, y la cabecita parecía estar envuelta en una nubecilla áurea, pues tus cabellitos eran rubios y mórbidos. Se parecían a la flor del almendro que apenas se abre. Creían que te perfumaba. No. Mi tesoro no tenía otro perfume que las fajas que le lavaba su Mamá, caldeadas, besadas con su corazón y con sus labios. Jamás me cansé de trabajar por Ti.

¿Y ahora? No tengo nada que hacer por Ti. Hace tres años que te ausentaste de casa. Pero en este tiempo eras la meta de mis días. Pensar en Ti, en tus vestidos, en tu comida: desleír la harina y hacer pan, cuidar de las abejas para hacerte la miel, cuidar de las plantas, para que tuvieses fruta. ¡Cuánto te gustaban las cosas que te llevaba la Mamá! No hubo comida de rica mesa, ni vestido alguno más precioso que te hubiesen gustado tanto como mis tejidos, mis cosidas, mis cuidados, lo que recogía con mis manos. Cuando llegaba a Ti, al punto mirabas las manos, como cuando eras pequeñín, y yo y José te ofrecíamos nuestros pobres regalos, para mostrar que eres nuestro Rey. Jamás fuiste goloso, Niño mío. Amor era lo que buscabas. También ahora lo encontrabas, lo buscabas, ¡pobre Hijo mío, a quien el mundo amó tan poco!

Ahora no más. Todo está terminado. Mamá no hará ninguna otra cosa por Ti. No tienes más necesidad... Ahora estás solo... También yo... ¡Oh feliz José, que no vio este día. ¡Ojalá tampoco yo hubiera estado! Pero, ¡entonces no habrías tenido ni siquiera el consuelo de ver a tu pobrecita Mamá! Hubieras estado solo en la cruz, como lo estás ahora en el sepulcro. Solo con tus heridas.

¡Oh Dios, Dios! ¡Cuántas heridas tiene tu Hijo, mi Hijo! ¿Cómo pude verlas, sin morir, yo que me desmayaba cuando de pequeño te hacías mal?

Una vez te caíste en el huerto de Nazaret y te heriste la frente. Pocas gotas de sangre, pero yo, que me había sentido morir al ver tus gotas de sangre en la circuncisión -José tuvo que sostenerme porque temblaba como uno que está por morir- me parecía que aquella minúscula herida te fuese a quitar la vida, y más con mis lágrimas que con con agua y aceite te la curé, y no me sentí bien, hasta que no brotó más sangre. Otra vez cuando aprendías a trabajar, te heriste con la sierra. Fue un nada, pero para mí fue como si la sierra me hubiera dividido por en medio. No pude tranquilizarme, sino hasta cuando después de seis días, vi que tu mano había cicatrizado.

¿Y ahora? ¿Y ahora? Ahora tienes las manos, los pies, el costado abierto, ahora tu cuerpo cae a pedazos, y tienes el rostro golpeado, esa Faz que no me atrevía a tocarla con mis besos, y la frente como la nuca llenas de heridas. Y nadie te curó, nadie te consoló.

¡Oh Dios, mira mi corazón, que me has herido en mi Hijo! ¡Míralo! ¿No está acaso llagado como el cuerpo de mi Hijo y tuyo? Los azotes cayeron como granizada sobre mí, cuando era golpeado. ¿Qué es la distancia para el amor? ¡He padecido los tormentos de mi Hijo! ¡Los hubiese padecido yo sola! ¡Estuviese yo sobre la piedra sepulcral! Mírame, ¡oh Dios! ¿No gotea acaso sangre mi corazón? Mira la corona de las espinas. La siento. Es una cinta que me aprieta y perfora. Mira el agujero de los clavos: tres puñales clavados en el corazón.

 

¡Oh, esos golpes! ¡Esos golpes! 

¿Cómo no se desplomó el cielo ante aquellos 

golpes sacrílegos dados en la carne de un Dios? 

 

¡Oh, esos golpes! ¡Esos golpes! ¿Cómo no se desplomó el cielo ante aquellos golpes sacrílegos dados en la carne de un Dios? ¡Y no haber podido gritar! ¡No haber podido lanzarme para arrancar el arma a los asesinos y defender a mi Hijo que moría!... ¡Haber tenido que oírlos y no haber hecho nada! Un golpe sobre el clavo, y entra este en la carne viva. Otro golpe, y penetra más, un tercero, un cuarto, se despedazan los huesos  y nervios y la carne  de mi Niño era atravesada como lo era el corazón de su Mamá.

Y cuando te levantaron en la cruz. ¡Cuánto debiste haber sufrido, Hijo santo! Todavía me parece ver tu mano rasgarse con el golpe de la caída. Tengo el corazón rasgado como ella. He sido golpeada, desgarrada. azotada, punzada, atravesada como Tú. No estuve contigo en la cruz. Pero mira a tu Mamá. ¿Era diversa de Ti? No. No hubo diferencia en el martirio. Antes bien el tuyo ha terminado. El mío dura aun. No oyes más las acusaciones mentirosas, yo sí. No oyes más las horribles blasfemias, yo todavía sigo oyéndolas. No sientes más la pinchada de las espinas y de los clavos, la sed y la fiebre. Yo estoy llena de puntas de fuego y me siento morir de sed ardiente, de delirio.

¡Al menos me hubieran permitido darte una gota de agua! Te hubiera dado mi llanto, si la crueldad de los hombres hubiera negado al Creador del agua, dártela. Te di mucha leche, porque éramos pobres, Hijo mío, porque en la huida a Egipto perdimos muchas cosas, y tuvimos que conseguir un nuevo techo, muebles, vestidos, comida, y no sabíamos por cuánto tiempo duraría el destierro, ni lo que encontraríamos en nuestro pueblo, cuando hubiéramos regresado a él. Te di mucha leche, aun fuera del tiempo acostumbrado, para que no sintieras la falta de alimento. Hasta que no se te compró la cabrita, tu Mamá fue la cabrita, Hijo mío. Ya tenías grandes los dientecitos y mordías... ¡Oh, qué alegría verte reír cuando jugabas!... Querías caminar. Fuiste muy sano y fuerte. Te sostenía horas tras horas, y no sentía que se me acabaran los riñones estando inclinada contigo, que dabas tus pasitos, y a cada uno de ellos decías: "¡Mamá, Mamá!" ¡Oh, dicha la de sentirse llamar con este nombre!

 

Hoy mismo lo dijiste: "¡Mamá, Mamá!". Pero tu 

Mamá no podía sino verte morir.

 

Hoy mismo lo dijiste: "¡Mamá, Mamá!". Pero tu Mamá no podía sino verte morir. ¡No podía ni siquiera acariciarte los pies! ¿Los pies? ¡Oh, no habría podido, aun cuando si hubieran estado al alcance de mi mano, tocarlos para no aumentar tu dolor. Cuanto debieron haber sufrido tus pobres pies, ¡oh Jesús mío! Hubiera podido subir contigo e intercalarme entre el madero y tu cuerpo e impedir que en la convulsión de la agonía no te pegases contra el leño. Todavía me parece oír cómo golpeaba tu cabeza contra el madero en los últimos estremecimientos. Y ese choque, ese choque me hace enloquecer. Lo tengo en la cabeza como un martillo. 

¡Vuelve, vuelve, querido Hijo, santo Hijo! Me muero. No soporto esta desolación mía. Muéstrame de nuevo tu rostro. Llámame otra vez. ¡No puedo imaginarte sin voz, sin mirar, cadáver frío y sin vida! ¡Oh, Padre socórreme! Jesús no me oye. ¿No ha terminado acaso la pasión? ¿No se ha cumplido con todo? ¿No bastan estos clavos, estas espinas, esta sangre, este llanto? ¿Se necesita algo más para curar al hombre?

 

Lo que me hace gritar es tu abandono. 

No te siento más. 

¿Dónde estás, Padre santo? Era la "Llena de Gracia"

 

Padre, te he mencionado los instrumentos de su dolor y mi llanto. Pero esto es lo de menos. Lo que lo hizo morir sobrenaturalmente desgarrado, fue tu abandono. Lo que me hace gritar es tu abandono. No te siento más. ¿Dónde estás, Padre santo? Era la "Llena de Gracia". El ángel me lo dijo: "Ave, María llena de Gracia, el Señor es contigo y eres bendita entre todas las mujeres". ¡No, no es verdad! ¡No es verdad! Soy como una a quien hubieras maldecido por su pecado. No estás más conmigo. La gracia se ha retirado, como si fuese yo una segunda Eva pecadora.

Siempre te he sido fiel. ¿En que te he desagradado? Siempre he hecho lo que has querido y siempre te he dicho: "Sí, Padre, estoy pronta". ¿Pueden acaso los ángeles mentir? ¿Y Ana que me aseguró que me habrías enviado tu ángel en la hora del dolor? Estoy sola. No hallo más gracia a tus ojos. No te tengo más, Gracia, en mí. No tengo más al ángel. ¿Mienten acaso los santos? ¿En qué te he desagradado, si ellos mienten y yo he merecido esta hora?

¿Y Jesús? ¿En qué faltó tu Cordero puro y manso? ¿En qué te ofendimos, para que además del martirio sufrido a manos de los hombres, se tenga la tortura incalculable de tu abandono? Luego, El, El que es tu Hijo, que te llamó con esa voz que hizo estremecer la tierra y sacudirse en un gesto de compasión. ¿Cómo pudiste haberlo dejado solo en tan gran tortura?

¡Pobre corazón de Jesús, que te amó tanto! ¿Dónde está la señal de la herida del corazón? Mírala. Mira, Padre, esta señal. Aquí está la huella de mi mano que penetró en la cortadura que le hizo la lanza. Aquí... aquí... De tanto llorar tengo los ojos que me queman, de tanto besar, los labios me duelen. Pero ni mis lágrimas, ni mis besos borran esta huella. Esta señal grita y reprocha. Esta señal más que la sangre de Abel grita a Ti de la tierra. Tú, que maldijiste a Caín y tomaste de tu parte la venganza, no has intervenido por mi Abel, desangrado ya por sus Caínes y permitiste el último desprecio. Tú le trituraste el corazón con tu abandono, y permitiste que un hombre lo sacase al descubierto, para que yo lo viese y me sintiese triturada. Pero por mí no importa. Por Él, por El es por quien te pido e invoco a que respondas. No debías...

 

No debías...¡Oh, perdón, Padre! ¡Perdón, Padre santo! 

Perdona a una Madre que llora por su Hijo...

 

No debías...¡Oh, perdón, Padre! ¡Perdón, Padre santo! Perdona a una Madre que llora por su Hijo... ¡Ha muerto! ¡Ha muerto mi Hijo! Muerto con el corazón despedazado. ¡Oh, Padre, Padre, piedad! Te amo. Te hemos amado y también Tú muchísimo. ¿Cómo has permitido que fuese herido el corazón de nuestro Hijo? ¡Oh, Padre... piedad de una pobre mujer! Deliro, Padre. ¡Soy tuya, soy nada y tengo la osadía de reprocharte! ¡Piedad! Has sido bueno. La herida, la única herida que no le dolió, fue esa.

Tu abandono sirvió para que muriese antes del crepúsculo, para evitarle otros tormentos. Has sido bueno. Todo haces con fines de bondad. Somos nosotros, las criaturas, que no comprendemos. Has sido bueno. ¡Bueno lo has sido! Di, alma mía, esta palabra para que se aparte de ti lo amargo de tu sufrimiento. Dios es bueno y siempre te ha amado, alma mía. Desde la cuna hasta estos momentos, siempre te ha amado. Siempre ha querido que fueses feliz. El mismo se te dio. Ha sido bueno, bueno, bueno. Gracias, Señor. Sé bendito por tu infinita bondad.

Gracias, Jesús. También a Ti te doy las gracias. Yo sola lo experimenté en el mío cuando vi tu corazón abierto. Ahora está en el mío la lanza, y rasga y destroza. Pero es mejor así. Tú no la sientes.

 

¡Jesús, piedad! ¡Una señal de tu parte!

 

¡Jesús, piedad! ¡Una señal de tu parte! ¡Una caricia, una palabra para tu pobre Mamá que tiene el corazón destrozado! Una señal, una señal, Jesús, si me quieres encontrar viva a tu regreso.

 

Nique trae el santo sudario a la Virgen

 

Un fuerte golpe a la puerta hace que todos se sobresalten. El dueño de la casa huye valientemente. María de Zebedeo quisiera que su Juan la siguiese pero lo empuja hacia el patio. Las otras, menos Magdalena, se juntan llorando. Magdalena decidida se dirige a la entrada y pregunta: "¿Quién llama?"

Una voz femenina responde: "Soy Nique. Tengo algo que dar a la Madre. ¡Abrid! ¡Pronto! La ronda está cerca."

Juan, que se había soltado de su madre y había corrido donde Magdalena, abre y quita todas las cerraduras. Entra Nique con la criada y un hombre musculoso que la escolta. Cierran.

"Tengo una cosa..." llora Nique. No puede seguir hablando.

"?Qué cosa? ¿Qué cosa?" Todos curiosos le preguntan.

"En el Calvario... Vi al Salvador en tal estado... Había preparado el velo con que se cubriese y no usase los harapos de los verdugos... Pero iba sudando tanto, con la sangre en los ojos. Pensé dárselo para que se secase. El lo hizo... Me devolvió el velo. No lo he usado más... Quería tenerlo como reliquia con su sudor y su sangre. Al ver poco después con Plautina, Lidia y Valeria el encarnecimiento de los judíos, decidimos regresar por miedo de que fuesen a quitar el lienzo. Las romanas son mujeres de corazón varonil. A mí y a mi criada nos pusieron en medio y nos sirvieron de defensa. Es verdad que para Israel son ellas contaminación... y que tocar a Plautina es peligroso. Esto se piensa cuando todo es tranquilidad. Hoy todos estaban cual ebrios... En casa he llorado... por horas... Luego sobrevino el terremoto y quedé desmayada... Al volver en mí, quise besar este lienzo he visto..., ¡oh! en él la Faz del Redentor..."

"¡Déjame ver! ¡Déjame ver!"

"No. Primero a su Madre. Está en su derecho."

"¡Está casi muerta! No resistirá..."

"¡Oh, no lo digas! Le servirá de consuelo, lo veréis. Se lo voy a decir."

Juan llama suavemente a la puerta.

"¿Quién es?"

"Yo, Madre. Ha venido Nique... de noche... te ha traído un recuerdo... un regalo... Espera poder consolarte con ello."

 

"¡Oh, un solo regalo me puede consolar! Y 

es la sonrisa de su rostro..." 

"¡Madre!""El regalo es ese..."

 

"¡Oh, un solo regalo me puede consolar! Y es la sonrisa de su rostro..."

"¡Madre!" Juan la abraza por temor de que se vaya a caer, y dice como si fuera a decir un gran secreto: "El regalo es ese. La sonrisa de su rostro impresa en el lienzo con que Nique le secó en el camino al Calvario."

 

"¡Oh, Padre! ¡Dios Altísimo! ¡Hijo santo! 

¡Eterno Amor! ¡Sed benditos! ¡La señal! 

¡La señal que te había pedido! 

Haz que pase, que pase."

 

"¡Oh, Padre! ¡Dios Altísimo! ¡Hijo santo! ¡Eterno Amor! ¡Sed benditos! ¡La señal! ¡La señal que te había pedido! Haz que pase, que pase."

María se sienta porque no se puede sostener más y mientras Juan hace señal a las mujeres, que ojeaban, que Nique pase, Ella se arregla.

Nique entra, se arrodilla a sus pies con la criada a su lado. Juan, de pie, cerca de María, le pasa el brazo derecho por la espalda para sostenerla. Nique no dice una palabra. Abre el cofre, extrae el lienzo, lo desdobla. Es el rostro de Jesús, vivo rostro suyo, doloroso y sin embargo sonriente. Mira a su Madre y le sonríe.

María da un grito de amor doloroso y extiende sus brazos. Las mujeres le hacen eco desde la entrada donde están. La imitan al arrodillarse ante el rostro del Salvador.

Nique no sabe qué decir. Pone el lienzo en las manos de la Virgen, se inclina a besar la extremidad. Luego se retira, sin esperar a que María salga de su éxtasis.

Se va... Ha salido a la oscuridad, cuando se acuerdan de ella... No queda más que cerrar la puerta como antes.

María de nuevo está sola. Su alma traba un coloquio con la Faz de su Hijo. Todos se retiran

Pasa el tiempo. Luego Marta pregunta: "¿Cómo haremos para los ungüentos? Mañana es sábado..."

"Y no podremos comprar nada..." dice Salomé.

"Sin embargo hay que hacerlo.. Son necesarias muchas libras de áloe y mirra... lo lavaron tan mal..."

"Habría que tener todo preparado para la aurora del primer día después del sábado" observa María de Cleofás.

"¿Y las guardias? ¿Cómo haremos?" pregunta Susana.

"Se lo diremos a José, si no nos dejan entrar" responde Marta.

"No podremos quitar la piedra."

Magdalena interviene: "¿Dices que somos cinco y que no podremos? Tenemos fuerzas... y además el amor nos ayudará."

"Yo iré con vosotras" promete Juan.

"Tú no. No quiero perderte también a ti, hijo."

"No te preocupes. Nos las arreglaremos nosotras."

 

¿pero quién nos da los aromas?"

En nuestro palacio hay muchos vasos con esencias, 

y hasta incienso. Voy a traerlos" dice María Magdalena. 

Voy sola. No tengo miedo. 

Sé lo que significa caminar de noche por las calles. 

Por amor al pecado lo hice miles de veces... 

¿y voy a temer ahora 

que quiero servir al Hijo de Dios?"

 

"Bueno... ¿pero quién nos da los aromas?"

Todas se quedan abatidas... Marta dice. "Hubiéramos preguntado a Nique si era verdad lo de Juana... lo de los alborotos..."

"Tienen razón. Somos unas tontas. Podíamos hasta tener los aromas. Isaac estaba en la puerta cuando regresamos..."

"En nuestro palacio hay muchos vasos con esencias, y hasta incienso. Voy a traerlos" dice María Magdalena que se levanta y se pone el manto.

Marta grita: "Tú no vas."

"Yo iré"

"Estás loca. ¡Te aprehenderán!"

"Tu hermana tiene razón. ¡No debes ir!"

"¡Oh, que si sois unas mujeres inútiles y chillonas! ¡Qué valiente escuadrón de seguidores tenía Jesús! ¿Habéis acabado tan pronto vuestra reserva de valor? Al contrario, yo cuanto más lo uso, más tengo."

"Voy con ella. Soy hombre."

"Y yo soy tu madre. Te lo prohíbo."

"No os preocupéis, ambos. Voy sola. No tengo miedo. Sé lo que significa caminar de noche por las calles. Por amor al pecado lo hice miles de veces... ¿y voy a temer ahora que quiero servir al Hijo de Dios?"

"Pero hoy la ciudad está revuelta. Oíste lo que dijo él."

"Es una gallina como vosotras. Me voy."

"¿Y si te encuentran los soldados?"

"Les diré: "Soy la hija de Teófilo, siro, siervo fiel de César" y me dejarán seguir. Además el hombre ante una mujer joven y bella es un juguete más inofensivo que una paja. Lo sé, y para vergüenza mía..."

"¿Dónde quieres encontrar perfumes en el palacio, si hace años que nadie vive ahí?"

"¿Lo crees? Oh, Marta, ¿no recuerdas que Israel os obligó a dejarlo porque era uno de mis lugares de cita con mis amantes? Ahí tenía todo lo que bastaba para hacerlos más locos de lo que yo era. Cuando mi Salvador me tendió la mano, escondí en un lugar que yo sé los alabastros e inciensos que empleaba para mis orgías de amor. He jurado que únicamente el llanto por mis pecados y la adoración por Jesús el Santísimo habrían sido los líquidos perfumados y los ardientes inciensos míos. Y que aquellos restos de un culto profano a los sentidos y a la carne sólo servirían para que El los santificase y para ungirlo. Ha llegado la hora. Me voy. Quedaos. Y tranquilas. Conmigo viene el ángel de Dios y nada me pasará. Hasta pronto. Os traerá noticias. No le digáis a Ella nada... La afligirías más..."

María Magdalena sale sin miedo, valerosa.

"Madre, esto es una lección para ti... que te dice, que no permitas que el mundo se ría de que tienes un hijo cobarde. Mañana, mejor dicho, hoy, porque ya es la segunda vigilia, iré a buscar a los compañeros, como Ella quiere..."

"Es sábado... no puedes..." objeta Salomé para detenerlo.

" 'El sábado ha muerto' digo también como José. Ha empezado la nueva era. Otras leyes, otros sacrificios y ceremonias ha traído."

María Salomé inclina la cabeza sobre sus rodillas y llora sin protestar más.

"¡Oh, si pudiéramos saber algo de Lázaro!" gime María Cleofás.

"Si me dejas que me vaya, pronto lo sabréis, porque Simón Cananeo tuvo órdenes de llevar a los compañeros a la casa de Lázaro. Jesús se lo dijo, estando yo presente."

"¡Ay de mí! ¿Todos allí? ¡Entonces a todos les ha ido mal!" María Cleofás y Salomé lloran desconsoladas.

Pasa el tiempo bañado en lágrimas y envuelto en esperas. Regresa María Magdalena, triunfante, cargada con bolsas llenas de anforitas preciosas.

"¿Veis que nada me pasó? Ya estoy de vuelta. Aquí tenéis aceites de toda clase, nardo, olíbano y benjuí. No hubo mirra ni áloe... A mí no me gustaban las amarguras... Ahora las bebo todas... Pero entretanto desliamos estas, y mañana conseguiremos... ¡con dinero! También Isaac dará aunque sea sábado... Conseguiremos mirra y áloe."

"¿Te han visto?"

"Nadie. Ni siquiera un murciélago por la calle había."

"¿Los soldados?"

"¿Los soldados? Creo que estén roncando en sus camas."

"La revuelta... los arrestos..."

"El miedo hizo a ese hombre verlos..."

"¿Quién está en el palacio?"

"Leví y su mujer, tranquilos como unos niños. Los armados huyeron... ¡ah, ah! Valientes servidores tenemos, ¡por fe mía!... Huyeron tan pronto supieron que había sido condenado. No me equivoco en afirmar que Roma es dura y usa el azote... pero es para hacerse temer y servir. Tiene hombres y no conejos... ¡Oh, sí! El decía: "Mis seguidores probarán mi misma suerte". ¡Umh! Si muchos romanos se hacen seguidores de Jesús, pues así será, Pero si debe haber mártires entre los israelitas, ¡se quedará solo! Bueno. Esta es mi bolsa. Esta es de Juana que... sí. No sólo somos cobardes sino mentirosos. Juana no está más que abatida. Ella y Elisa se sintieron mal en el Gólgota. A Elisa se le murió hace tiempo su hijo, y al oír los estertores de Jesús la pusieron mal. Juana delicada, no está acostumbrada a caminar tanto y bajo un sol tan fuerte. Pero nada de heridas, ni de agonías. Llora como nosotras, es verdad. No otra cosa. Se lamenta de haber regresado. Mañana vendrá, y manda estos aromas. Los que tenía. Con ella está Valeria, por órdenes de Plautina, y ahora se ha ido con los esclavos a la casa de Claudia, porque tienen mucho incienso. Cuando venga, porque también, gracias al cielo, no es una gallina, no os vayáis a poner a gritar como si os estuviesen poniendo la espada en la garganta. Bueno. Levantaos. Tomemos los morteros. Trabajemos. De nada sirve llorar. O por lo menos: llorad y trabajad. Nuestro bálsamo se diluirá con las lágrimas. Y Él las sentirá sobre Sí... Sentirá nuestro amor." Y se muerde los labios para no llorar y para animar a las otras, que están abatidas.

Trabajan con fuerzas.

 

María llama a Juan.

"Madre, ¿qué te pasa?"

"Estos golpes..."

"¡Ah!... perdonad... no hagáis ese ruido... 

me parecen martillazos..."

 

María llama a Juan.

"Madre, ¿qué te pasa?"

"Estos golpes..."

"Están moliendo el incienso..."

"¡Ah!... perdonad... no hagáis ese ruido... me parecen martillazos..."

De hecho las machacas de bronce sobre el mortero hacen un ruido semejante al de martillos.

Juan lo dice a las mujeres y estas salen al patio para no hacer mucho ruido.

Juan regresa donde la Virgen.

"¿Cómo lo consiguieron?"

"María, la hermana de Lázaro, fue a su casa y a la de Juana... Traerán otros más..."

"¿Nadie ha venido?"

"Ninguno después de Nique."

 

María contempla el rostro del sudario 

y se extasía

 

"Míralo, Juan, ¡cuán bello es aun en su dolor!" María se extasía con las manos juntas ante el lienzo que ha colocado sobre un cofre y puesto algo para detenerlo.

"Bello, sí, Madre. Y te sonríe... No llores más... Han pasado ya algunas horas... y su regreso es más pronto..." Entretanto Juan llora...

María lo acaricia en las mejillas, mirando sólo el rostro de su Hijo. Juan sale con lágrimas en los ojos.

También Magdalena, que había regresado a tomar las ánforas, se encuentra en las mismas condiciones. Dice a Juan: "No está bien que nos vean llorar, porque si no esas no harán otra cosa. Se debe trabajar..."

"Y se debe creer" concluye Juan.

"Sí, creer. Si no se pudiese creer sería la desesperación. Yo creo. ¿Y tú?"

 

La Magdalena confiesa su fe "¡Eres fuerte!"

"Siempre. Lo fui cuando supe desafiar al mundo, 

y entonces estaba yo sin Dios. 

 

"También yo..."

"Lo dices mal. Todavía no amas mucho. Si amases con todo tu ser, no podrías no creer. El amor es luz, el amor es palabra. Contra la oscuridad de negación y el silencio de la muerte di "Creo"."

Magdalena es una mujer que con su presencia impone, admirable al declarar sin trabas su fe. Que tenga el corazón hecho pedazos, sus ojos hinchados del llanto lo están diciendo, pero su ánimo no se doblega.

Juan la mira admirado y entre dientes confiesa: "¡Eres fuerte!"

"Siempre. Lo fui cuando supe desafiar al mundo, y entonces estaba yo sin Dios. Ahora que lo tengo a Él, siento que puedo desafiar aun al infierno. Tú que eres bueno tendrías que ser más fuerte que yo, porque la culpa deprime ¡verdad!, más que la tisis. Pero tú eres inocente... Por eso te amaba tanto..."

"También a ti..."

"Yo no era inocente. Yo fui su conquista y..."

Llaman a la puerta fuertemente.

 

Valeria viene a ofrecer a la Madre el homenaje 

de Plautina y también de Claudia

 

"Será Valeria. Abre."

Juan lo hace sin temor, influenciado de la tranquilidad de Magdalena. Así es. Valeria llega con sus esclavos en la litera. Entra saludando a la latina: "Salve."

"La paz sea contigo, hermana. Entra" dice Juan.

"¿Puedo ofrecer a la Madre el homenaje de Plautina? También Claudia ha contribuido. Si no es para ella el dolor el verme."

Juan entra donde está la Virgen.

"¿Quién ha llamado? ¿Pedro? ¿Judas? ¿José?"

"No. Ha sido Valeria. Ha traído resinas preciosas. Te las quiere ofrecer... si no te causa pena."

"Debo superarla. El ha llamado a su reino a los hijos de Israel y a los paganos. A todos ha llamado. Ahora ... está muerto... Yo estoy aquí en su lugar. Y recibo a todos. Que entre."

Valeria entra. Se ha quitado el manto oscuro y aparece con su blanca estola. Se inclina profundamente. Saluda y habla: "Domina, sabes quiénes somos. Las primeras redimidas del oscurantismo pagano. Éramos fango y tinieblas. Tu Hijo nos dio alas y luz. Ahora... está durmiendo en paz. Conocemos vuestras costumbres y queremos que también los bálsamos de Roma sean derramados sobre el Triunfador."

"Dios os bendiga, hijas de mi Señor. Y... perdonad si no sé decir algo más."

"No te esfuerces, Domina. Roma es fuerte, pero sabe también comprender el dolor y el amor. Te comprende, Madre Dolorosa. Hasta pronto."

"¡La paz sea contigo, Valeria! A Plautina, y a todas vosotras mi bendición."

Valeria se retira dejando sus inciensos y otras esencias.

"¿Lo ves, Madre? Todo el mundo da por el Rey de los cielos y tierra."

"Sí" asiente María. "Todo el mundo. Y su Madre no pudo darle más que lágrimas."

Un gallo de alguna casa cercana alegre canta. Juan se estremece.

"¿Qué te pasa?" le pregunta la Virgen.

"Me acordé de Simón Pedro..."

"¿Pero no estaba contigo?" pregunta Magdalena que ha vuelto a entrar en la habitación.

"Sí. En la casa de Anás. Luego me acordé que tenía que venir aquí. Después no lo volví a ver."

"Dentro de poco amanecerá."

"Sí. Abrid."

Abren los bastidores y los rostros parecen más cenicientos a la luz verdecilla del alba.

La noche del viernes santo ha pasado.

XI. 614-627

A. M. D. G.