APARICIÓN A LOS AMIGOS

A LÁZARO

 


#En el borde del camino, cerca de la Fuente del Sol, está Felipe. 

  #Lázaro lo llama amistosamente: "Felipe, ven. Amémonos por amor a Él.  

#El, lo juro ante la presencia de los coros celestiales, me dijo: "Las miasmas de la Jerusalén corrompida entorpecerán aun a mis discípulos. Ellos huirán y vendrán a ti" 

 #Creo, ¡oh Jesús! Pero para que éstos crean en todas tus promesas, en tu perdón, en todo lo que eres Tú, 

 #"Voy, Señor."  

#Llega a un lugar tupido de bojes a la manera de kiosco verde, cae de rodillas, con la cara al suelo, gritando: "¡Oh, Señor mío!"  

#le dice: "Todo está terminado, Lázaro. He venido a darte las gracias, amigo fiel. 

  #En este momento Lázaro vuelve de su feliz éxtasis, se levanta, corre velozmente donde sus compañeros, con una claridad de alegría en sus ojos y una luminosidad en su frente que tocó Jesús. Grita: "¡Ha resucitado, hermanos!

 


El sol de una mañana serena de abril llena con sus rayos los rosales, los jazmines del jardín de Lázaro. Los bojes, los laureles, la copa de una alta palma plantada en el borde de un camino, que levemente se mueve, el tupidísimo laurel cerca del estanque parecen como si una mano misteriosa los hubiera lavado, pues el rocío nocturno los ha limpiado y bañado sus hojas que parecen cubiertas de un nuevo esmalte, por lo brillantes y limpias que están. Por dentro, la casa parece un desierto. Aunque las ventanas están abiertas, no se oye ni un ruido de las habitaciones porque todas las cortinas están corridas.

En el interior, más allá del vestíbulo en que se ven muchas puertas abiertas -y es extraño ver que las salas que se emplean para convidados más o menos numerosos no están adornadas- hay un extenso patio rodeado de un portal con asientos. En estos y aun sobre petates, o sobre el frío mármol, se ven sentados numerosos discípulos. Entre ellos veo a Mateo, Andrés, Bartolomé, Santiago y Judas de Alfeo, Santiago de Zebedeo, a los discípulos pastores con Mannaén, además de otros que no conozco. No veo a Zelote, ni a Lázaro, ni a Maximino.

Este último entra con criados y distribuye a todos pan y alimentos: aceitunas, queso, miel y hasta leche fresca quien lo apetece. Pero nadie tiene ganas de comer, aun cuando Maximino les exhorta a hacerlo. El abatimiento es profundo. En pocos días las caras han enflaquecido, están pálidas por el llanto. Sobre todo las de los apóstoles, que fueron los primeros en huir, tienen un aire de abatimiento, entre tanto que las de los pastores y las de Mannaén no muestran tanto. La cara de Maximino refleja un dolor varonilmente soportado.

Casi de carrera entra Zelote y pregunta: "¿Está aquí Lázaro?"

"No. En su habitación. ¿Qué se te ofrece?"

 

En el borde del camino, cerca de la Fuente 

del Sol, está Felipe.

 

"En el borde del camino, cerca de la Fuente del Sol, está Felipe. Ha llegado de la llanura de Jericó. Está agotado. No quiere seguir adelante porque... como todos, se siente pecador. Pero Lázaro lo persuadirá."

Se levanta Bartolomé:"También voy yo..."

Van donde está Lázaro que, al oírse llamado, sale con una cara adolorida de una habitación sombría donde probablemente habrá llorado y orado.

Salen y atraviesan primero el jardín, después el pueblecillo por la parte que va hacia la falda del monte de los Olivos, llegan al límite del poblado, donde termina la llanura, donde ha sido edificado, para continuar con el camino montañoso que sube y baja, que lleva a la llanura oriental, y suben hacia la ciudad de Jerusalén, al oeste.

Aquí hay una fuente donde ganado y hombres calman su sed. A estas horas de la mañana el ambiente es fresco porque alrededor del manantial hay muchos árboles. El manantial rebosa de agua pura.

Felipe está sentado sobre el borde más alto de la fuente, con la cabeza baja, despeinado, polvoriento, con las sandalias rotas que le cuelgan del pie cruzado.

 

Lázaro lo llama amistosamente: 

"Felipe, ven. Amémonos por amor a Él.

 

Lázaro lo llama amistosamente: "Felipe, ven. Amémonos por amor a Él. Estemos unidos en su Nombre, lo que es también amarlo."

"¡Oh Lázaro, Lázaro! Huí... y ayer, más allá de Jericó, supe que había muerto... Yo... yo no me puedo perdonar el haber huido..."

"Todos hemos huido, menos Juan que le siguió fiel, y Simón que no ha reunido por órdenes suyas, después que cobardemente escapamos. Fuera de ellos ninguno de nosotros los apóstoles ha sido fiel" responde Bartolomé.

"¿Y puedes perdonártelo?"

"No. Pero pienso reparar mi cobardía con no caer en un abatimiento estéril. Debemos unirnos. Unirnos con Juan. Enterarnos de sus últimas horas. Juan siempre lo siguió" responde a Felipe su amigo Bartolomé.

"Y no dejar perecer su doctrina. Hay que predicarla al mundo. Mantenerla viva por lo menos, pues que demasiado tardos y necios, no supimos tomar las medidas necesarias para salvarlo de sus enemigos" dice Zelote.

"No podías salvarlo. Ninguna cosa podía haberlo hecho. El me lo dijo, y lo repito una vez más" afirma Lázaro.

"¿Lo sabías tú, Lázaro?" pregunta Felipe.

"Lo sabía. Mi tormento consistió en saber, desde la tarde del sábado, su muerte, sus pormenores, cómo nos habríamos comportado..."

"No, tú no. Tú sólo obedeciste y sufriste. Nosotros nos hemos comportado como unos cobardes. Tú y Simón os habéis sacrificado a la obediencia" prorrumpe Bartolomé.

"Sí. A la obediencia. ¡Oh qué duro es oponerse al amor por obedecer al ser amado! Ven, Felipe. En mi casa están casi todos los discípulos. Ven también tú."

"Me avergüenzo de presentarme ante el mundo, ante los compañeros..."

"¡Todos hemos sido iguales!" replica tristemente Bartolomé.

"Será verdad, pero yo tengo un corazón que no se perdona."

"Esto es orgullo, Felipe. Ven. El me dijo en la tarde del sábado: "Ellos no se perdonarán. Diles que los perdono porque sé que ellos no obrarán libremente. Es Satanás que los hará extraviar". Ven."

Felipe llora amargamente, pero cede. Encorvado como si en pocos días hubiera envejecido se va al lado de Lázaro hasta el patio donde todos lo están esperando. Y la mirada que lanza a sus compañeros, como la de estos a él, claramente muestra su completo abatimiento.

Lázaro lo nota y dice: "Una nueva oveja de la grey del Mesías. Una oveja atemorizada al ataque de los lobos, que huyó después que el Pastor fue aprehendido, y que un amigo suyo ha recobrado. Repito su testamento de amor a esta oveja extraviada que ha saboreado la amargura de estar sola, sin tener siquiera el consuelo de llorar igual error con sus hermanos.

 

El, lo juro ante la presencia de los coros 

celestiales, me dijo: "Las miasmas de la Jerusalén 

corrompida entorpecerán aun a mis discípulos. 

Ellos huirán y vendrán a ti" Me dijo: 

"Juntarás a todos. Animarás a mis ovejas dispersas. 

Les dirás que les perdono. Te confío mi perdón 

que a ellos darás.

 

El, lo juro ante la presencia de los coros celestiales, me dijo entre otras cosas que vuestra debilidad humana actual no puede soportar porque en verdad, son tan desconsoladoras que me destrozan el corazón desde hace ya diez días -y si no supiese que mi vida sirve a mi Señor, aun cuando sea pobre y defectuosa, me entregaría al dolor que experimenta por El un amigo y discípulo- me dijo, pues: "Las miasmas de la Jerusalén corrompida entorpecerán aun a mis discípulos. Ellos huirán y vendrán a ti". De hecho, ved que todos habéis venido. Todos podría decir. Porque fuera de Simón Pedro e Iscariote, todos habéis venido a mí casa y al corazón de un amigo. Me dijo: "Juntarás a todos. Animarás a mis ovejas dispersas. Les dirás que les perdono. Te confío mi perdón que a ellos darás. No podrán sentirse tranquilos por haber huido. Diles que no vayan a caer en un pecado mayor, que es desconfiar de mi perdón". 

Esto me dijo. Y yo os perdono en su nombre. Me siento corrido en daros esta cosa tan santa, tan suya propia, que es su perdón, esto es, su Amor perfecto, porque completamente ama quien perdona al culpable... Porque allí habría querido estar, como mis buenas hermanas María y Marta estuvieron. Y si a Él lo crucificaron en el Gólgota, yo os juro, que la obediencia me crucificó aquí, y es un martirio desgarrador. Pero si sirve para confortar a su Espíritu, si esto sirve para salvar a los discípulos hasta el momento en que Él los reunirá para perfeccionarlos en la fe, yo inmolo una vez más mi deseo de ir al menos a venerar la alma antes que el tercer día termine.

Sé que dudáis, pero no debéis hacerlo. Ignoro lo que dijo en la cena pascual, fuera de lo que vosotros me habéis referido. Entre más pienso en ello, tanto más recojo estos diamantes de su verdad, y más creo que todas esas cosas se refieren a un mañana inmediato. No pudo haber dicho: "Voy a donde el Padre y luego regresaré" si en realidad no volviese. No pudo haber dicho: "Cuando me volveréis a ver os llenaréis de alegría" si para siempre hubiera desaparecido. El siempre dijo: "Resucitaré". Vosotros me contasteis que dijo: "Sobre la semilla sembrada en vosotros pronto descenderá una lluvia que la hará germinar, y luego vendrá el Paráclito que la convertirá en un robusto árbol". ¿No es verdad que así habó? ¡Oh!, no queráis que esto sólo se realice en el último de sus discípulos, en el pobre Lázaro que muy raras veces estuvo con Él. Cuando regresará, procurad que encuentre que su semilla ha brotado al contacto de la lluvia de su Sangre.

En mí hay un encendimiento de luz, una erupción de fuerzas a partir de la hora tremenda en que subió a la cruz. Todo se me ilumina, todo nace y arroja su tallo. No hay palabra que siga teniendo su significado humano. Todo lo que oí de El o de El me dijeron, se reviste de vida, y en verdad mi corazón seco se transforma en un jardín donde cada flor tiene su Nombre y donde la savia obtiene su fuerza de su Corazón bendito.

 

Creo, ¡oh Jesús! Pero para que éstos crean en todas 

tus promesas, en tu perdón, en todo lo que eres Tú,

 te ofrezco mi vida. Acábala, pero haz que 

tu doctrina no muera. Haz lo que quieras 

de tu pobre Lázaro, pero reúne 

los miembros dispersos del núcleo apostólico.

 

Creo, ¡oh Jesús! Pero para que éstos crean en todas tus promesas, en tu perdón, en todo lo que eres Tú, te ofrezco mi vida. Acábala, pero haz que tu doctrina no muera. Haz lo que quieras de tu pobre Lázaro, pero reúne los miembros dispersos del núcleo apostólico. Todo lo que quieras, pero que en cambio viva para siempre tu palabra y que a ella vengan los que solamente por Ti pueden tener la vida eterna."

Lázaro parece como si estuviera fuera de sí. El amor lo transporta muy en alto. Y tanto lo es que contagia a sus compañeros. Unos lo llaman por una parte, otros por otra, como si fuese un médico, un padre, un sacerdote.

No sé por qué me hace pensar al ver el patio de la rica casa de Lázaro en los de los patricios romanos en los tiempos de persecución y de fe heroica...

 

"Voy, Señor."

 

Está inclinado sobre Judas de Alfeo que no logra encontrar razón alguna para convencerse de haber abandonado a su Maestro y primo, cuando, obediente, responde enderezándose al momento: "Voy, Señor." Y sale como siguiendo a alguien que lo llamase.

Todos sorprendidos se miran, se pregunta.

"¿Qué ha visto?"

"Si no hay nadie."

"Yo no."

"Yo tampoco."

"¿Y entonces? ¿Estará de nuevo enfermo Lázaro?"

"Tal vez... Ha sufrido más que nosotros, tanto que nos ha ayudado a nosotros que hemos sido unos cobardes. Tal vez delira."

"Será así. Está muy flaco."

"De sus ojos parece como que salían llamas."

"Habrá sido Jesús que lo ha llamado desde el cielo."

"Ha de ser así, pues Lázaro hace poco le ofreció su vida... Y la ha tronchado como una flor... ¡Ay de nosotros! ¿Qué haremos ahora?"

Los comentarios son diversos y reflejan la preocupación.

 

Llega a un lugar tupido de bojes a la manera de 

kiosco verde, cae de rodillas, con la cara 

al suelo, gritando: "¡Oh, Señor mío!"

 

 Lázaro atraviesa el vestíbulo, sale al jardín corriendo, sonriendo, hablando consigo. Toda su ansia se dibuja en su voz: "Voy, Señor." Llega a un lugar tupido de bojes a la manera de kiosco verde, cae de rodillas, con la cara al suelo, gritando: "¡Oh, Señor mío!"

Porque Jesús, con su belleza de resucitado, está en el límite de este verde kiosco, le sonríe... le dice: "Todo está terminado, Lázaro. He venido a darte las gracias, amigo fiel. He venido a decirte que digas a los hermanos que vayan inmediatamente a la casa de la Cena. Tú -otro sacrificio, amigo, por amor a Mí- quedas aquí por ahora... Sé que sufres por ello, pero sé que eres generoso. Esta mañana he visto a María, tu hermana, que está ya consolada."

"No sufres más, Señor, y esto me recompensa cualquier sacrificio. Tanto que sentí al saber que sufrías... y no haber podido estar contigo..."

"¡Lo estuviste! Tu espíritu estuvo al pie de mi cruz, y en la oscuridad de mi sepulcro. Tú, como todos los demás que me habéis amado con todas vuestras fuerzas, me llamasteis pronto, desde la profundidad donde estaba. Ahora te he dicho: "Ven, Lázaro", como cuando te resucité. Desde hace muchas horas decías: "Ven", y he venido. Te he llamado, para traerte, a mi vez, del abismo de tu dolor. Vete. La paz y la bendición sean sobre ti, Lázaro. Sigue amándome más. Volveré nuevamente.

Lázaro ha seguido de rodillas, sin atreverse a hacer algún gesto. La majestad del Señor, aunque nimbado de amor, es tan grande que impide a Lázaro hacer algo más.

Jesús, antes de desaparecer en un haz de luz que lo absorbe, da un paso y toca con su mano la frente del fiel amigo.

 

En este momento Lázaro vuelve de su feliz éxtasis, 

se levanta, corre velozmente donde sus 

compañeros, con una claridad de alegría 

en sus ojos y una luminosidad en su frente 

que tocó Jesús. Grita: "¡Ha resucitado, hermanos!

 

En este momento Lázaro vuelve de su feliz éxtasis, se levanta, corre velozmente donde sus compañeros, con una claridad de alegría en sus ojos y una luminosidad en su frente que tocó Jesús. Grita: "¡Ha resucitado, hermanos! Me llamó. Fui. Lo he visto. Me ha hablado. Me ha dicho que os dijera que fuerais inmediatamente a la casa de la Cena. ¡Id! ¡Id! yo me quedo aquí porque así lo quiere. Mi alegría es grande, completa..."

Lágrimas de felicidad caen por las mejillas de Lázaro que empuja a los apóstoles a que sean los primeros en irse.

"¡Id! ¡Id! ¡Os quiere! ¡Os ama! ¡No le temáis!... ¡Oh, más que nunca es el Señor, la Bondad, el Amor!"

También los discípulos se levantan...

Betania queda vacía. Se queda Lázaro con su fiel corazón lleno de consuelo...

XI. 668-672

A. M. D. G.