Las Apariciones de la Santísima Virgen María
en
San Sebastián de Garabandal

 

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Capítulo 200

Jesús, el Divino Prisionero

 

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Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh buen Jesús, óyeme!
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe, por los siglos de los siglos
.
Amén.

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Benedicto XVI,
durante la Santa Misa de Inauguración de su Pontificado

 

Entre las cosas importantísimas que el papa Benedicto XVI va a afrontar con toda decisión están las referentes a la Santa Misa, a la Santa Comunión y a la presencia de Dios en toda la Vida del Cristiano, las visitas al Santísimo en el Sagrario, donde Jesús, en su infinito amor, ha querido quedarse con nosotros.

En muchos sitios se da la paradoja que para la celebración de la Santa Misa, el Sacerdote da la espalda al Santísimo, al Santo de los Santos. Se han puesto altares enfrente del altar principal y se ha hecho del sacerdote el representante de la asamblea, de cara al pueblo y de espaldas a Dios, dejando al Santísimo a sus espaldas.

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P. Pío de Pietrelcina

El P. Derobert, hijo espiritual de san Pío de Pietrelcina, dice:

El santo P. Pío me ha explicado, poco después de mi ordenación sacerdotal, que celebrando la Eucaristía hay que comprender y darse cuenta, en primer lugar, que el Sacerdote en el Altar es Jesucristo. Desde ese momento Jesús en su Sacerdote, es víctima, revive la Pasión.

La Consagración es, místicamente, la crucifixión del Señor.

La Consagración nos da el Cuerpo entregado ahora, la Sangre derramada ahora. Es, místicamente, la crucifixión del Señor. Por esto San Pío de Pietrelcina sufría tanto en este momento de la Misa.

Nos reunimos enseguida con Jesús en la Cruz y ofrecemos desde este instante, al Padre, el Sacrificio Redentor.

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Es el sentido de la oración litúrgica que sigue inmediatamente a la Consagración:

El «Por Él, con Él y en Él» corresponde al grito de Jesús:

«Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu».

La Santísima Virgen dijo en Garabandal que pensásemos en la Crucifixión del Señor durante la Santa Misa.

En la Santa Misa recibimos a Jesús en la Santa Comunión. Es el beso de Dios a su criatura que tanto ama. Este es un momento de adoración y acción de gracias. La Santa Comunión debe recibirse de rodillas y la acción de gracias debe prolongarse de modo tal que no se pongan límites de tiempo al encuentro de Jesús con el alma.

Las niñas de Garabandal caían en éxtasis de rodillas y recibían la Comunión en la lengua. San Miguel Arcángel nos enseñó que éste es el modo como se debe comulgar.

 


 

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Dos niñas pequeñas de unos seis años fueron escogidas como almas angelicales para acompañar a las niñas en ocasiones especiales. Son Mari Carmen y Sari.

Dijeron las niñas videntes:

«La Virgen ha dicho que vengan Sari y Mari Carmen junto a nosotras; los demás, que estén lejos, para que no oigan lo que digamos.»

 

 

 

La Santísima Virgen explicó a las niñas el contenido de la frase del primer mensaje «ya se está llenando la Copa» por los pecados de los hombres. Se oscurecía el semblante de la Santísima Virgen y se apagaba notablemente su voz. Al oír el motivo, las ofensas contra Dios, las niñas lloraban.

Don Valentín, el párroco, llamó a una de las niñas testigo para saber lo que decían y le dijeron que decían a la Virgen que no las dijese cosas malas, refiriéndose a cosas tristes o que las hacían sufrir. Las niñas, que eran del todo felices con la bendita Madre, debían también conocer la totalidad del mensaje para después darlo a conocer.

La Virgen quedó contenta de que la gente obedeció este día. La gente quedó retirada a lo largo de la subida a los pinos tal como Ella lo pidió, sin acercarse a las niñas.

Todo esto recuerda el capítulo 24 del libro del Éxodo:

Dijo Dios a Moisés:

«Sube a mi presencia, en el monte, tú, con Aarón, Nadab y Abihú; también los setenta ancianos escogidos de Israel. Adoraréis desde lejos. Luego, te acercarás tú solo al Señor; ellos no se acercarán, ni subirá el pueblo contigo.»

Moisés subió con Aarón, Nadab y Abihú, con los setenta ancianos; pero luego, solo Moisés se adentró en la montaña de Dios, con Josué, su ministro, a los ancianos les dijo:

«No paséis de aquí, y esperad hasta que volvamos a vosotros.»

Dice el Éxodo (33, 18-20):

Moisés, que hablaba con Yahveh «como un hombre habla con su amigo», le suplica al Dios Invisible:

«Déjame ver tu Gloria, te lo suplico.»

El Invisible contesta:

«—Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad. Pero mi rostro no podrás verlo; no puede verme el hombre y seguir con vida.»

Esto mismo le sucedió al P. Luis con la visión del Milagro. ¿Cómo podrá la frágil criatura contemplar, sin deshacerse, la realidad de Dios, que infinitamente le desborda? Por esta causa murió de felicidad esa misma noche. Es por esto que, el día del futuro Milagro, la Santísima Virgen dijo que, por una gracia especial de Dios, los presentes podrán sobrevivir a la inmensa dicha de estar en la presencia del mismo Dios.

Este gran misterio de amor se realiza en la Santa Comunión y por esto el Ángel, desde el principio, enseñó a las niñas como recibir a Jesús.

Dice Conchita:

San Miguel Arcángel nos enseñó como prepararnos para recibir a Jesús en la Santísima Eucaristía y también lo que teníamos que hacer después.

El ángel vino y nos dijo que lo primero que teníamos que hacer era decir el Acto de Contrición, el «Señor mío, Jesucristo».

Después el ángel me decía:

«Piensa en Quién vas a recibir» y después me daba la Comunión y me dijo que dijera el «Alma de Cristo».

Esta oración nos la enseñó el Ángel. Él la rezaba delante de nosotras y nosotras le seguíamos. Yo no sé si esta oración la habría oído antes pero lo que si sé es que fue el Ángel quien me la enseñó.

El Ángel nos dijo que habláramos nosotras con Jesús, que le diéramos gracias personalmente de que Jesús había venido ese día a nosotras y que le pidiéramos. El Ángel nos dijo que hablemos a Jesús y escuchemos lo que nos diga.

Ahora, cuando voy a recibir la Eucaristía, trato de hacer exactamente igual, rezo el Señor mío Jesucristo y me preparo y después de recibir a Jesús le digo el Alma de Cristo y después le hablo y le escucho, que es muy importante pero que muchas veces se nos olvida.

 


 

El verdadero amigo de Jesús

El verdadero amigo de Jesús, que quiso quedarse en el Sagrario como Divino Prisionero, vuelve a verle, es decir vuelve a visitar al Santísimo en el Sagrario. Si en un pueblo Jesús se queda solo y encerrado, es como si Dios no existiese en el alma de sus habitantes, como si fueran insensibles a la presencia de Dios en el Sagrario que nos espera con tanto amor. Las Iglesias cerradas, la ausencia de visitas al Santísimo, la falta de exposiciones del Santísimo y su bendición, causan estragos en la vida de las almas. Toda la vida de un pueblo cambia notablemente a mejor cuando se adora a Jesús en el Santísimo Sacramento.

Jesús queda en el alma del que le ha recibido por amor y de este modo es un Sagrario viviente si se mantiene fiel a este amor. La Santísima Virgen dice en su primer mensaje que tenemos que visitar al Santísimo con frecuencia y le decía a Conchita:

«Conchita, ¿por qué no vas a menudo a visitar a mi Hijo al Santísimo?  ¿Por qué te dejas llevar por la pereza, no yendo a visitarle, cuando os está esperando de día y de noche?»

La veneración continua del Santísimo que se da en los sitios donde se adora continuamente al Señor, el Divino Prisionero por Amor, que con infinito amor quiso quedarse entre nosotros es otra de las cosas que quiere restaurar el papa Benedicto XVI, quien dijo que la Iglesia pertenece al Señor, que todas las acciones deben orientarse a Él y que por esto no debe quedar Jesús solo en el Sagrario nunca. No puede situarse el Sagrario a un lado para que la Iglesia sirva para otras actividades.

En Garabandal, desde antiguo, se reunía todo el pueblo en torno al Sagrario, al atardecer, después del trabajo, para un tiempo de oración y meditación de los misterios del Rosario. Esta es una de las formas mas hermosas de reunirse entorno a Jesús en el Sagrario.

San Pío X escribió en su Testamento:

«El Rosario es la Oración más hermosa y la más llena de gracias.»

El Rosario contiene las Oraciones más bellas:

El «Padre Nuestro», la Oración que Jesús nos enseñó para orar a Dios nuestro Padre. El «Ave María», según el saludo del Arcángel San Gabriel y el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios que hizo a María bendita entre todas las mujeres. Es una perfecta alabanza a la Santísima Trinidad a quienes se glorifica en el «Gloria». Es una meditación de los «Misterios de la Vida de Jesús», nuestro Redentor.

En los éxtasis, las niñas rezaban con frecuencia el Rosario y, cuando llegaba el «Gloria», la Virgen inclinaba la cabeza con «extraordinaria reverencia».

Dice Miguel, el hermano de Conchita:

«Cuando era joven y trabajaba en el campo, la campana de la Iglesia del pueblo de Garabandal tocaba al mediodía. Todos parábamos de trabajar, incluso los que estaban con el ganado, y rezábamos el Ángelus. Después, a la tarde, todos, hombres, mujeres, niños, todos volvían a sus casas para luego ir a rezar el Rosario en la Iglesia. Y esto sucedía cada día.»

Don Valentín, el párroco, decía que Garabandal, antes de las apariciones, era el pueblo «más religioso y más caritativo de la provincia».

En Cabuérniga, vino un día el Obispo y decía en el sermón:

«¡Cabuérnigos! ¿Dais palabra de ser como en San Sebastián de Garabandal, que no dejan una noche que no van al Rosario?»

 


 

San Miguel Arcángel se apareció a los tres Pastorcitos de Fátima como el Ángel de la Paz y les enseñó como debían adorar a Dios y en especial en la Santísima Eucaristía.

Primera Aparición del Ángel

Fue en la primavera de 1916 que se apareció el Ángel por primera vez en la cueva "Loca do Cabeço."

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Dice Lucía:

Subimos con el ganado al cerro en busca de abrigo, y después de haber tomado nuestro bocadillo y dicho nuestras oraciones, vimos a cierta distancia, sobre la cúspide de los árboles, dirigiéndose hacia el saliente, una luz más blanca que la nieve, distinguiéndose la forma de un joven transparente y más brillante que el cristal traspasado por los rayos del sol. Al acercarse más, pudimos discernir y distinguir los rasgos. Estábamos sorprendidos y asombrados. Al llegar junto a nosotros, dijo:

«—No temáis. Soy el Ángel de la Paz. ¡Orad conmigo!»

Y arrodillado en tierra inclinó la frente hasta el suelo. Le imitamos llevados por un movimiento sobrenatural y repetimos las palabras que oímos decir:

«—Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman.»

Después de repetir esto tres veces se levantó y dijo:

«—Orad así. Los Corazones de Jesús y María están atentos a la voz de vuestras súplicas.»

Y desapareció.

Tan íntima e intensa era la conciencia de la presencia de Dios, que ni siquiera intentamos hablar el uno con el otro, permanecimos en la posición en que el Ángel nos había dejado y repitiendo siempre la misma oración. No decíamos nada de esta aparición, ni recomendamos tampoco el uno al otro guardar el secreto. La misma aparición parecía imponernos silencio.

Segunda Aparición del Ángel

Ocurrió a mediados del verano, cuando llevábamos los rebaños a casa, hacia mediodía, para regresar por la tarde. Estábamos a la sombra de los árboles que rodeaban el pozo de la quinta Arneiro. De pronto vimos al mismo Ángel junto a nosotros.

«—¿Qué estáis haciendo? ¡Rezad! ¡Rezad mucho! Los corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia. ¡Ofreced constantemente oraciones y sacrificios al Altísimo!»

¿Cómo hemos de sacrificarnos?, pregunté.

«—De todo lo que pudierais ofreced un sacrificio como acto de reparación por los pecados por los que Él es ofendido, y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre vuestra patria la paz. Yo soy el Ángel de su guarda, el Ángel de Portugal. Sobre todo, aceptad y soportad con sumisión el sufrimiento que el Señor os envíe.»

Estas palabras hicieron una profunda impresión en nuestros espíritus como una luz que nos hacía comprender quién es Dios, como nos ama y desea ser amado, el valor del sacrificio, cuanto le agrada y como concede en atención a esto la gracia de conversión a los pecadores. Por esta razón, desde ese momento, comenzamos a ofrecer al Señor cuanto nos mortificaba, repitiendo siempre la oración que el Ángel nos enseñó.

Tercera Aparición del Ángel

Fue en octubre o a fines de septiembre. Pasamos un día desde Pregueira a la cueva Loca de Cabeço, caminando alrededor del cerro al lado que mira a Aljustrel y Casa Velha. Allí decíamos nuestro rosario y la oración que el Ángel nos enseñó en la primera aparición.

Estando allí, apareció por tercera vez, teniendo en sus manos un Cáliz, sobre el cual estaba suspendida una Hostia, de la cual caían gotas de sangre al Cáliz. Dejando el Cáliz y la Hostia suspensos en el aire, se postró en tierra y repitió tres veces esta oración:

«—Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de Su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.»

Después, levantándose, tomó de nuevo en la mano el Cáliz y la Hostia. Me dio la Hostia a mí y el contenido del Cáliz lo dio a beber a Jacinta y Francisco, diciendo al mismo tiempo:

«—Tomad el Cuerpo y bebed la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios.»

De nuevo se postró en tierra y repitió con nosotros hasta por tres veces la misma oración: «Santísima Trinidad, ...», y desapareció.

Durante los días siguientes nuestras acciones estaban impulsadas por este poder sobrenatural. Por dentro sentimos una gran paz y alegría que dejaban el alma completamente sumergida en Dios.

 


 

La Santa Madre Teresa de Calcuta nos enseñó que para ver en nuestros hermanos a Jesús debemos estar primero con Dios muchas horas de Oración. De sus largos ratos de Oración ante el Sagrario le venía tan grande amor a Dios y, por Él, el amor al prójimo.

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Dijo Jesús:

«—Lo que hiciereis a uno de estos mis pequeños, a Mí me lo hacéis.»

Con este espíritu, Madre Teresa salía al encuentro de los más necesitados, los más pobres de entre los pobres, entre ellos, sobre todo, las almas alejadas de Dios y en el caso de los niños suplía con su amor lo que faltaba para su bautismo en una ferviente Oración a Dios para que fuesen bautizados y, por el bautismo, hijos de Dios.

Dice Madre Teresa:

Empezamos nuestra jornada en Calcuta a las 4:30 de la mañana con la oración, la meditación y la Misa. Nuestra Comunidad está muy unida. Seguidamente, puesto que cada una de nosotras no dispone más que de un par de saris, uno de ellos tiene que lavarse cada día para recambio. A las 7:30 algunas de las Hermanas salen al «hogar del moribundo abandonado». Otras van a los dispensarios y hogares para leprosos. Otras van a trabajar en la cocina, para preparar nuestra comida y la de los pobres. Otras van a visitar a familias necesitadas y con enfermos. Otras a enseñar el catecismo. Y así sucesivamente, es decir, se esparcen por toda la ciudad.

Las hermanas se desparraman por toda la ciudad Rosario en mano. Tal es nuestro hábito de rezarlo: mientras caminamos por las calles. Nunca nos acercamos a la gente sin rezar. El Rosario ha constituido y constituye nuestra fuerza y protección.

 

A. M. D. G.

 


 

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